BLOGGER TEMPLATES AND TWITTER BACKGROUNDS

viernes, 27 de abril de 2012

Si es cuestión de elegir... Cap. 19


El papel, escrito con la letra pulcra de Martín había acabado con todos los restos de buenas cosas que sentía el día de hoy. Una lágrima se fue rodando lentamente por mi mejilla hasta tocar su punto final en mi barbilla…
Oculté la cara entre las manos por temor a que mi expresión pudiera delatar cuánto daño me habían hecho esas palabras. Ordené una botella de agua pura, siempre lo hacía cada vez que estaba a punto de llorar. Me tomé un cuarto de la botella de un solo trago y traté de ordenar mis sentimientos. Había huido, literalmente, del departamento de mi padre para tratar de solucionar algo que yo sabía que no tenía solución; le había fallado a Martín, en todas las maneras posibles sin contar que Sebastián no sabía nada sobre lo del café y no me convenía que lo supiera.
Ahogué todas mis penas con otro trago de agua, en mi cuerpo sentía que necesitaba algo más fuerte que eso, pero no me podía dar ese lujo… no ahora. Salí del café y me dirigí con paso diligente hacia mi casa, pensando cómo diablos se lo iba a explicar a mi madre. Entré por la puerta y me encontré con lo que realmente estaba esperando: mi madre estaba sentada en un sofá que ella misma había acomodado de manera en que le diera la cara a la puerta. Supe que, al verme, no se esperaba una expresión tan demacrada en mi rostro como la que supuse que tendría. Me limité a entrar tímidamente a la sala y ella escrutaba mi rostro tratando de mantenerse seria.
-¿Algo que quieras decir en tu defensa? –interrogó.
Negué con la cabeza. ¿Qué le diría? La verdad era que, aunque hablara, no tendría excusa suficiente ni en un millón de vidas, no desde su perspectiva. Las acciones que me llevaron a dejarlos solos en ese departamento no tendrían justificación… ni aunque lo que intentara hacer me hiciera sentir mejor persona.
-Nunca pensé que podrías hacer eso, Kate. Tu papá en serio contaba con esa cena para hablar, para aclarar las cosas. Y tú, lo alejas de ese modo –sus palabras ardían de un modo tan corrosivo que sentía que cada uno de mis órganos pronto no serían más que ceniza. Y mi orgullo estalló, tanto así que decidí tragarme las lágrimas que sentía que pronto se desbordarían por mis ojos. Me hice un ovillo mental, una especie de escudo ante aquellas palabras que tenían un  corte más profundo que el de una espada recién envainada. Fui alejándome poco a poco de la realidad hasta que mis oídos lo único que podían escuchar era un silencio tranquilizador, que me susurraba que debía afrontar lo que fuera, pero con la cabeza en alto. Cuando lo comprendí, salí de mi ovillo para toparme con las duras palabras de mi madre, esta vez más fuertes que antes –. No pensé que llegaras a ser tan egoísta, yo no te crié así…
Estaba tan cansada de ser yo la mala siempre, y de que en ningún caso me dejaran por lo menos explicar mi versión de la historia. Me limpié una lágrima que rodaba por mi mejilla con la manga de mi suéter, mientras dije:
-¿Algo más que desees agregar? –repuse, molesta ya que sentía que mi opinión no sería escuchada, pero no porque no se me haya dado la oportunidad, sino porque la conozco y pensaría que todo esto es tan absurdo.
-No –contestó en seco –. Te puedes ir.
Asentí y subí a mi habitación. Me topé con Julia cuando iba a entrar al baño, y me hizo señas para que no hablara ni una sola palabra. Recordé que todo este asunto de la cena con Stuart era su culpa, o al menos había sido cómplice.  La fulminé con la mirada, pero noté que no era capaz de defenderse con palabras ahí afuera, así que la empujé a su cuarto.
-Tienes cinco segundos para defenderte –hablé sentándome en su cama, mientras hacía acto de “ofendida”.
Y empezó a hablar. Habló de cómo mi mamá le había pedido favor de que me llevara al departamento de Stuart, y que ella no tenía idea de que iba a terminar tan mal, pero lo asumió al ver la expresión en la cara de mi madre cuando llegó de una reunión sobre la universidad. Y al oír lo que acabábamos de discutir, asumió que yo debería haber hecho algo bastante malo, así que me interrogó.
-No creo que en realidad valga como una excusa –repuse mientras me dirigía hacía su ventana, solamente para disimular la dejadez en mi voz y la nostalgia que despedía.
-Oye, no eres cobarde como para huir –me causó risa la ironía de su comentario. Se acercó hacía mí, esperando en silencio.
-Quiero creer eso –susurré –, pero a veces ya no sé qué es lo que creo.
-¿Qué es lo que quieres decir?
-Planté a Martín. Y por eso huí del departamento de mi padre –me paré en seco para corregir esa frase –, no huí precisamente.
-¿Martín es ese chico que conoce a Sebastián de algún otro universo paralelo? –cuestionó.
-Se podría decir.
-Pues qué pena que hayas hecho eso, Kate, pero tú no podrías haberlo planeado –me justificó.
-Lo sé –dije con un hilo de voz –, pero presiento que me no me creerá.
-Razones suficientes tenías, Kate –habló viendo a algo más allá del horizonte que teníamos en frente de nuestros ojos –. Ofrécele una disculpa sincera, cuéntale la verdad obviamente… Y si no te cree o no te perdona, simplemente es una persona que no merece estar en tu vida.
Sus palabras me calaron en los huesos. Era totalmente cierto lo que estaba diciendo, y no había que quitarle que mi deber era disculparme. Aún así no sabía por qué me sentía como si fuera mala persona.
-¿Y considerarías que fuera mala idea contarle todo esto a Sebastián? –pregunté cómo quién no quiere la cosa.
-¿No se lo has dicho? –preguntó atónita.
-¿Y cómo? Ellos apenas y se soportan en pintura –torcí los ojos porque estaba harta de guardar ciertas distancias.
-Tienes razón –acordó –, pero Sebastián por lo que sea, es tu novio; sin embargo, Martín es un muchacho a quién acabas de conocer, y no sabes si es bueno confiar en él.
Asentí más para mí misma.
-A menos que… -se interrumpió con un abrupto silencio.
-¿Qué?
Nada. No decía nada, se quedó mirando fijamente el suelo y cuando por fin me vio, sus ojos denotaban cierta excitación o emoción.
-¿Qué? –volví a preguntar, tomándola por los brazos temiendo que se desplomara.
-A menos que… –repitió – a ti te guste él.
Su idea era realmente tonta, era imposible que a mí me gustara. Solamente lo encontraba interesante y había algo realmente extraño que nos unía, si es que así se le podía decir: Sebastián. Por él era todo este asunto, así que era loco que a mí me gustara un sujeto que se lleva las riñas con alguien a quién amo.
-Necesito saber qué fue lo que fumaste –dije en tono serio, pero terminé riéndome mientras ponía mi mano en su frente para fingir que tomaba su temperatura dramáticamente.
-¡Oye! –se sacudió mi mano y yo reí.
-Por favor, Julia –exclamé mientras me tumbaba en su cama –, eso es realmente…
-¿Tonto? –preguntó.
-Ridículo –acordé –. Yo quiero a Sebastián, más que a nada en este mundo.
-Pero por Sebastián conoces a Martín –hizo una pausa –, y saliste corriendo del apartamento de tu padre para ver si el todavía estaba en la cafetería. Todo tiene sentido.
-Sí, si eres una loca maniática –se acercó a la cama, pero me limité a mirar al techo –. Corrí porque… por raro que suene, quiero mantener una amistad con él.
Julia enarcó una ceja. Me levanté sobre un codo para verla.
-Es en serio –repuse, aunque me reí y no pareció muy convincente –. Piénsalo así: me conviene –las palabras que repuse eran solamente para callar a Julia, no tenía ganas de explicarle por qué en realidad quería seguir manteniendo vínculo con Martín, puesto que ni yo sabía –. Tiene toda la información que deseo, independientemente de si duela o no… Algún día tendré que saber.
-¿O sea que lo estás usando?
Dicho de ese modo, me parecí una persona descabellada y sin sentimientos, tanto como Jasmine. Me espanté al darme cuenta de semejante comparación, pero visto desde otro punto no parecía más que eso. Me insistí a mí misma que en realidad no era ese motivo por el cual persistía en hablar con Martín, pero el motivo principal era algo que no sabía y no estaba dispuesta a descubrirlo, al menos no pronto. Decidí posponer ese asunto con Martín.
-No, no –repuse –, no soy un monstruo egoísta –acaché mi mirada en caso de que así fuera, pero no lo era –. No soy capaz de ponerle nombre a lo que estoy haciendo por él, así que no me preguntes.
Ella solamente esbozó una simple sonrisa malvada, como diciendo “sé lo que estás pensando”, y se limitó a asentir.
-Si me preguntas –continuó ella –, no es algo que yo haría, pero no le digas nada a Sebastián sobre todo esto. Sé que no hay que ocultar cosas porque supuestamente se tienen confianza, pero si es alguien a quién Sebastián no soporta, no veo el sentido de que se dé por enterado.
-¿Me estás incitando a que mienta? –pregunté irónicamente.
-No es algo que me guste practicar, pero sí –asintió –, pero tienes que hallar un modo en que ellos se hablen o resuelvan sus problemas… dejándote afuera, claro.
Tenía mucho sentido lo que Julia decía, y la verdad no me preocupaba ahora la reacción de Sebastián, lo que más quería era saber cómo lograr que Martín luego de haberlo dejado plantado. Mi plan era contarle absolutamente la verdad, otra cosa fuera que me escuchara. Mientras charlábamos con Julia, quedamos profundamente dormidas en su cuarto. A la mañana siguiente, salí de puntitas pues no quería despertarla; me duché, me cepillé el pelo y lo desenredé cuidadosamente. Me vestí con lo primero que encontré en el armario: pantalón de mezclilla, una camiseta morada, y tenis. Halé mi suéter cuando bajé las escaleras, y no me di cuenta de lo temprano que era hasta que vi la hora en el reloj de la cocina. Eran apenas las seis y media de la mañana, y no sabía qué hacer con el tiempo sobrante.
Preparé varios huevos estrellados, hice café, tosté panes y exprimí unas cuantas naranjas. Me sentía eficiente y feliz, no sabía exactamente por qué y rogué a Dios por permanecer de ese humor durante todo el día. Tal vez era la comida o algo, pero el simple hecho de probar bocado alguno me dio cierta nausea, así que solo cociné para mi tía, mi prima y mi mamá. No quería estar ahí cuando despertaran y empezara el cuestionario, y había recordado que habíamos tenido una cierta discusión con mi madre la noche anterior, así que tomé mi termo y lo llené de café. Le escribí una nota a mi madre susurrando un “Lo siento” y lo metí debajo de su plato, y salí, no sin antes morder un pan tostado con mantequilla y jalea.
Era viernes, último día de la semana y último día de ir a esa cárcel llamada Instituto. Eso realmente llenaba mi cabeza de alegría. No tenía ningún plan para esta noche, y la verdad preferiría quedarme en mi casa. Vi la hora en el reloj del tablero del carro en cuanto iba a una cuadra del Instituto que marcaban las siete, todavía tenía media hora. Decidí meterme en un pequeño centro comercial que había ahí a buscar algo de comer puesto que el estomago ya me había empezado a rugir. Me aparqué y el lugar parecía bastante solitario, pero había una pequeña cafetería abierta y eso iluminó mi esperanza.
Entré viendo hacia todos lados, había una que otra persona, pero me pregunté si ese negocio prosperaba. Me acerqué a la barra y me senté dejando caer mis manos sobre la loza que cubría la barra. Tamborileé los dedos mientras esperaba a que algún mesero llegara y cuando lo hizo lo observé fijamente por varios segundos.
-¿Deseas ordenar algo? –repitió, y hasta que no volvió a hablar no parecí reconocerlo.
-¿Te conozco de algún lado? –pregunté ignorando completamente lo que había dicho.
Era de complexión normal, era alto de cabello cobrizo y ojos oscuros. Supe que me había reconocido al ver que su mirada se ensombrecía, pero actuó como si no.
-No, no –negó rotundamente –Si te conociera de algún lado, supongo que lo hubiera…
Y su voz me lo dijo todo. Era el mesero que trabajaba en el café a unas cuadras de mi casa, lo supe por el tono en que habló, un tono sutil como queriendo ocultar desagrado y tratando de ser amable a la vez.
-Trabajas en el Café –repuse. Era la única cafetería llamada así en varios kilómetros de distancia. Al ver que su expresión seguía dura, continué –, me viste anoche y me diste un papel que alguien te había dado –a ese punto, dudé si este sujeto y Martín se conocían o si tenían alguna conexión –, que Martín te había dado.
Su rostro cambió por completo, pero fue debido a que una voz resonó de algún cuarto detrás del mostrador, como que de la bodega. Me miró con terror y de la misma manera miró a la persona que salía de la bodega, hablando graciosamente.
-Te digo, hermano: si seguimos así, pondré mi negocio de fumigador… Odio a esas malditas ratas.
Su voz me cortó todos los pensamientos posibles. Llevaba cajas apiladas sobre sí y no pude ver su rostro, pero su voz era lo único que necesitaba para reconocerlo. El chico de cabello cobrizo no había logrado articular palabra alguna y hasta ese momento me di cuenta de su complexión: era mucho más pequeño que yo, le calculaba unos quince años si mucho, y su expresión de terror en el rostro lo hacía parecer mucho más joven.
-¿Qué no escuchas lo que digo? –repitió el muchacho mientras dejaba las cajas en el piso y se erguía perezosamente y el rostro de Martín se asomaba por encima, enrojecido por el esfuerzo –. Esa plaga me tiene harto.
Se carcajeó incluso cuando el chico parecía un intento muy vago por seguirle la corriente. Yo, sentada enfrente del mostrador, no moví un solo dedo, ni siquiera respiré. El chico me volteó a ver y para cuando Martín siguió su mirada, ya había desaparecido cualquier rastro de alegría en su rostro.
-¿Cómo me encontraste? –cuestionó tan toscamente que el chico volteó a verlo, imagino para asegurarse de si era él quien hablaba, porque su voz sonaba irreconocible.
-No lo hice –susurré, pues era verdad.
-Entonces, ¿qué haces aquí? –me fulminó con la mirada, y podía sentir como poco a poco me penetraba.
Abrí la boca para hablar, pero la cerré en el mismo intento. ¿Qué le diría? Eran solamente casualidades, y tampoco tenía fe en que me creyera.
-Quiero hablar contigo –oí cómo hasta mi voz sonaba extraña.
-¿Para dejarme plantado de nuevo? –Repuso –No, gracias.
Empezó a caminar de nuevo hacia la bodega.
-No, Martín –hablé, pero parecía que mis palabras no lo alcanzaban –. ¡Por favor!
Había gritado lo bastante alto como para que me oyera él y el resto de la cafetería, pero al menos funcionó. Se detuvo, pero no se giró para verme.
-Por favor –susurré.
Agachó la cabeza, como lamentándose por lo que iba a hacer, y se volteó. Sus ojos se clavaron en los míos, sombríos y oscuros, y no sé si fue la desesperación en mi mirada, pero la suya cambió drásticamente: ya no era fría y dura.
-Ven –me dijo llevándome hacía una esquina de la cafetería, los comensales, los pocos que habían, nos siguieron con la mirada. Retiró una silla en la última mesa y luego fue al otro extremo de ésta y se sentó. Me miró y me señaló la silla con impaciencia. El silencio era demasiado incómodo.
-¿Trabajas aquí? –pregunté pues fue lo primero que se ocurrió para romper el hielo.
-¿En serio quieres hablar de eso? –preguntó toscamente.
-Entiendo que estés enojado conmigo, Martín, pero tienes que darme la oportunidad de explicártelo.
-Adelante.
-Tú tal vez no lo sepas, pero mis papas están divorciados –comencé, pero fue lo único que él me permitió decir.
-Sí, sí, lo sé –habló como quién no quiere la cosa –. Tú papá es un famoso abogado que se casó con una de las mujeres más hermosas de la ciudad, y que hasta la fecha lo sigue siendo… ¿Algo más?
Me sorprendió que él describiera a mi madre de ese modo, pero me molestó que le quitara importancia.
-Si no me escucharás, que se quede así entonces –hablé secamente mientras me levantaba de mi silla.
Me sostuvo firmemente de la muñeca, y cuando volví mi mirada hacía él, tenía la suya clavada en la mesa, como reprendiéndose por algo.
-Lo siento –susurró –, no estoy siendo civilizado.
Su mano bajo lentamente hacia la mía. Su tacto con mi piel era cálido, y casi placentero. Tomó mi mano entre las suyas y me obligó a sentarme de nuevo en la silla.
-¿Prometerás limitarte a no hablar hasta que termine? –pregunté.
-Lo prometo.
Mientras hablaba y le explicaba cada una de las cosas que había hecho mal en el día, me di cuenta de muchas cosas sobre él. En el momento en que un rayo de sol entró por una ventana cercana, su cabello pareció mucho más claro; cada vez que lo miraba a los ojos me daba cuenta de cuán largas eran sus pestañas; ese tic nervioso que tenía de tronarse los dedos; se halaba el pelo unas dos o tres veces cada vez que lo miraba… sentía que él y toda su forma de ser era mitigante e interesante de conocer.
-Así que te pido perdón, desde el fondo infinito de mi corazón –dije exagerando la frase –. No quise hacerte daño, y no lo tenía planeado. Yo…
Se me quebró la voz debido a la frustración, debido a que todo él era una máscara y no podía descifrarlo, no como lo hacía con Sebastián. ¡Oh Dios! Sebastián. ¿Era esto una traición? No podría serlo. Estaba claro que no se llevaban bien, pero aún así… ¿estaba yo obligada a alejar a Martín de mi vida? Re formulé esa pregunta en mi cabeza, debido a que no lo conocía: ¿estaba yo obligada a no dejarlo entrar a mi vida? Y si no lo estaba, ¿lo dejaría entrar? ¿Lo permitiría mi corazón?
Todos mis pensamientos se vinieron abajo en el momento en que acunó mis manos entre las suyas, no me imagino que expresión habría de haber tenido en mi rostro para que no reprochara absolutamente nada… Era eso, o realmente me había creído.
-Oye, no te preocupes –me susurró con voz tranquilizadora, imagino que realmente creyó que iba a romper a llorar –, creo que fui muy duro contigo. Creí que… Sebastián había influido en tu decisión de aparecer o no…
La frase se quedó flotando por el aire, y la comisura derecha de sus labios se curvó hacia arriba, parecía arrepentido de haber pensado eso.
-Soy lo suficientemente grande como para tomar mis propias decisiones –articulé cada palabra cuidando mi tono sin sonar enojada.
-Y lo sé –repuso él –, y por eso también te pido perdón. Asume que te juzgué mal.
Agaché la vista, pues no quería ver su rostro y menos sus ojos.
-Independientemente de qué sea lo que tienes con Sebastián –hablé con la vista clavada en nuestras manos –, quiero que lo olvides. Quiero decir, si no me lo vas a decir es mejor que todo desaparezca. Si es un pasado que no hará más que lastimar, no le veo sentido a que siga el rencor ardiendo dentro de ti, y por lo tanto, dentro de Sebastián también.
Se irguió, pero no soltó mis manos. Clavé mi mirada en su rostro, esta vez para tratar de descifrarlo de nuevo.
-Te lo estoy pidiendo de la manera más amable posible –musité, pero no hizo movimiento alguno y no articuló palabra alguna –. Por mí, te lo pido.
Su expresión cambió a una que tal vez cualquier ser humano hubiera puesto al ser torturado.
-No te prometo nada –habló con voz ronca –, pero lo intentaré. Si es que él no me molesta.
Con eso estaba más que satisfecha. Le sonreí debido a que realmente ya no me sentía mala persona, y ya había cumplido mi propósito del día de hoy. Miré mi reloj y decidí irme para el Instituto.
-Mejor me voy –le dije mientras me levantaba de la silla y sacaba las llaves del carro del bolsillo del suéter –, ¿quieres que te lleve? Porque irás a clases, ¿cierto?
-Sí –se rió –, luego de aquí me voy, pero no gracias. Asumo que a tu noviecito no le gustará vernos llegar juntos.
Acordé con ese pensamiento, y me sentía mal al hacer todo esto a escondidas de Sebastián.
-¿Tienes planes para esta noche? –me preguntó.
-No, hasta el momento –hablé con sinceridad –. ¿Por qué?
-Unos amigos harán una fogata en la playa –se rascó un poco la cabeza, dubitativo, mientras se paraba de su silla –, es una playa segura, no sé si quisieras ir.
-Le preguntaré a mi madre –repuse –, en todo caso, podrías irme a buscar a la casa, ¿si?
Anoté en una servilleta la dirección y se la entregué.
-Me parece una buena idea –acordó.
Salí de la cafetería aún con la duda de si todo eso estaba predestinado; preguntándome qué lo hacía trabajar ahí y quién era ese chico. Se parecía un poco a él, pero no me imaginaba a Martín con hermanos. Arranqué el auto y fui directamente al parqueo del Instituto. Me apresuré a llegar a clases y saludé a Luisa y a Natalia cuando me las encontré en el casillero.
No me encontré a Sebastián hasta el almuerzo, y ahí recordé por qué me solía gustar cada átomo de su ser. Iba vestido con una camiseta azul que marcaba su tornada figura, unos jeans negros y tenis. Sonreía despampanante y mostraba sus dientes tan blancos como siempre. En cuánto me vio, su mirada cambió de un modo que lo hacía ver incluso más atractivo. Me sonrojé ante la idea de recordar cómo me hacía sentir cuando todavía no éramos nada. Luisa y Natalia notaron lo roja que estaba y soltaron risitas. Él tomó de mi mano, y me guió hacia afuera de la cafetería del Instituto, llegando al parqueo.
-Hola –musitó mientras nos deteníamos y me miraba con sus ojos pardos que tanto me encantaban.
-Hola –respondí nerviosa.
-¿Sabes? Extrañaba que te sonrojaras –me acarició una mejilla.
-Yo no –reí –, me siento tonta.
-No eres tonta –susurró tan bajo que me tuve que acercar a él para escuchar sus palabras –, eres lista.
-¿Y tú desde cuándo con tantos cumplidos? –repuse en tono gracioso.
-¿Qué no puedo? –repuso.
Me reí y me abalancé sobre él.
-Claro que puedes.
Tenía tantas ganas de abrazarlo, de sentir el calor de su cuerpo alrededor de mí, protegiéndome como siempre había prometido hacer. Sus brazos me rodearon y me besó la coronilla varias veces. No me quería alejar de él, pero tenía que ir a gimnasia. Me dio un beso rápido en los labios y se fue corriendo al gimnasio.
Y ahí me encontraba yo, frustrada como estaba, deseando tenerlo una vez más en mis brazos, y que sus labios... Me sacudí las ideas de mi cabeza porque no iba a lograr nada con imaginar si él no estaba aquí para plasmar todo a la realidad. El día pasó lentamente. Vi a Sebastián en Historia, pero no me había dado cuenta que también tenía Historia con Martín, lo cual lo hacía incómodo. Tuve que concentrarme plenamente en la clase para evitar voltear a ver a cualquiera de los dos.
Para cuando terminó el día, ni Martín ni Sebastián hicieron su aparición así que me dediqué a irme directamente a la casa. Cuando llegué encontré algo qué devorar en el refrigerador, comí un poco y luego me cepillé los dientes. Cepillé mi pelo y, si en todo caso mi madre me daba permiso, iría a la famosa fogata con la misma ropa. Aunque para ser sincera, no tenía gana alguna de salir.
Me mantuve cambiando de canales en lo que decidía llamar a mi madre, pero me di cuenta que había dejado olvidado el teléfono en el carro. Salí a mala gana a traerlo y tenía cinco llamadas pérdidas: dos de mi madre, una de Luisa, una de Sebastián y otra de Julia. Las que más me asustaban eran las de mi madre, pero era algo que tendría que solucionar cuando ella llegara. Cerré la puerta del carro cuando salí y subí lentamente las graditas. Justo en el umbral de la puerta, oí que alguien me gritó:
-¡Kate!
Me volví y vi a ese sujeto de camiseta azul corriendo hacia mi casa. En cuanto llegó hacía mi lado en el umbral, su aroma había inundado el pequeño espacio. Llevaba una bolsa de comida china: mi favorita.
-Oye, ¿qué haces aquí?
-¿Qué no puede tu novio perfecto venir a hacerte compañía? –Alardeó, pero luego se interrumpió – ¿O vas a salir?
-No, no –negué –, no creo que mi madre me deje salir, pero me hubieras avisado. Al menos, para arreglarme, o parecer un poco más sociable.
No tenía rímel, me había hecho una cola de caballo y tenía mis lentes de lectura puestos… era claro que no me miraba atractiva.
-Para mí, hoy más que nunca, te ves hermosa –repuso mientras dejaba la bolsa de comida en el suelo y me atraía a su cuerpo.
-¿Sabes?
-¿Qué? –apoyó su frente sobre la mía.
-Te extrañaba –sonaba raro decirlo, porque no se había ido nunca, pero él y yo sabíamos que había estado muy tosco estos últimos días.
-No me he ido –rodeó mi cintura con sus brazos, lentamente, haciendo que su tacto con hacía mí me provocará electricidad.
-Y no quiero que lo hagas –rodeé su cuello con mis brazos, acercándome más a él y lo besé. Lo besé como no lo había besado en días. Sus labios eran cálidos y gentiles, mientras los míos eran desesperados y arrogantes, pero aún así él sabía manejarlos. El beso me provocó cosquillas en cada extremidad de mi cuerpo, y no estaba satisfecha. Pero poco a poco, me retiró. Me decepcioné porque no esperaba eso de su parte, pero todo cambió cuando me susurró:
-¿Te parece si continuamos adentro? –en su rostro de dibujó una sonrisa traviesa, a la cual no pude no responder con un asentimiento. Abrí la puerta y él entró con la bolsa de comida. Algo me retuvo en el umbral de la puerta, pero no sabía qué. Me giré y empecé a ver en todas direcciones, y cuando vi la espalda de Martín yendo en dirección a la cafetería lo supe: había visto mi escena con Sebastián y se había alejado. Me cuestioné si Sebastián lo vio y por eso quiso entrar; me pregunté cómo Martín se habría sentido cuando nos vio, y por qué me volvía a sentir como una cucaracha.
Me puse un alto a mis pensamientos, esto estaba tan mal. Yo quería con mi vida a Sebastián, y nadie tenía que cambiarlo. Nadie. Si era cuestión de elegir, elegía a Sebastián… por sobre muchísimas cosas.





---------------------------------------------------------------
Hace aproximadamente un mes publiqué, así que logré cumplir con el plazo establecido(?). Okno, el chiste es que ya publiqué.

Hello mi gente, ¿cómo están? Se estarán preguntando por mí y de cómo sobreviví a Los Juegos del Hambre, verán... ¡No lo hice! Terminé la saga como una semana después de mi última publicación y les digo que fuí un mar de lágrimas, me deshidraté completamente y en el epílogo me mataron, fue tan perfecto y tan safjsdkfasdfs que tuve que leerlo como cinco veces y las cinco veces volví a llorar. No cabe duda que es una saga bastante hermosa, por lo que a mí respecta: perfecta. 

Y desde ese entonces, he tratado de hacerme la trenza de Katniss, pero ya lo dije: estoy calva so... Eso. Okno, solo tengo el pelo corto. 

Otra cosa que quería decirles, en especial a un anónimo que anda por aquí, que YO NO SOY LA AUTORA DE THE RENEESME CULLEN STORY. Me confunden si así lo creen. Yo solamente era socia de Mari (la autora original) con un blog que creamos juntas, pero nada más. No soy ella. 

Este cap me gusto bastante, incluso cuando salió de una noche de desvelo. Me gusta a lo que lleva todo y ya vamos a saber pronto a qué se refiere Kate con decir "Los Restos de Mi vida". 

Les cuento, en Mayo, el 14 para ser exactos, cumpliré años... otra vez, como todos los años. Ja. Así que vayan pensando bien en su comentario que pondrán por aquí ese día, ah no se crean. También pueden postearme en facebook ^^

Gracias por seguir fieles a esto, gracias por seguir leyendo y por opinar. Les quiero decir que ustedes y sus comentario alegran mis días, así sin mentiras ni nada. Un día estaba tan enojada y de casualidad me puse a leer los comments que no había leído y me sacaron la sonrisa, gracias infinitas por eso. 

¡Lean, lean, lean! Y si no leen un libro, lean mi blog; y si no leen mi blog, lean un artículo; y si no leen un artículo, lean aunque sea la etiqueta de atrás del Shampoo... ¡Pero lean! Es tan lindo leer. 
Gracias de nuevo. Besos y siganme en mi nueva cuenta: @IamDreaming_ me reconocerán por una foto de Josh Hutcherson con su perrito -babas-.

Besos, mi gente.
Majo.

                                                  I'm in a love affair, without a love song.

lunes, 26 de marzo de 2012

Viviendo en la ignorancia. Cap. 18

-¿Qué te sucede? ¿Acaso estás…?

-¿Loca? –Terminé la frase por él –Sí, bastante.

-¿Qué quieres? –exigió saber.

-Necesito que me digas específicamente todas y cada una de las cosas que sabes de Sebastián Anderson…

Su rostro cambió inmediatamente en cuanto la intención salió a flote. Relajó sus músculos y se retiró de mi cuanto pudo, tensó el rostro y pareció un poco más serio de lo que yo esperaba.

-¿Por qué te interesa saber eso? –Enarcó una ceja –Me refiero a que, ¿por qué ahora? Te quise contar todo, pero te negaste… ¿Qué ha cambiado?

No sabía exactamente qué podía responder ante tal pregunta, y tampoco le iba a revelar la situación incómoda que acababa de pasar con Sebastián. Pero en sus ojos yacía esa duda, y ese orgullo que me dio a entender que no hablaría hasta que le explicara exactamente mis razones. En ese momento, varios estudiantes salieron del gimnasio hablando armoniosamente, pero desde su punto sí podían observarnos. Callaron en el momento en que nos dirigieron la mirada y empezaron a murmurar cosas, asumí que era debido a la cercanía que nuestros cuerpos tenían. Me alejé de él tan rápido como pude e ignoré a esos muchachos, mientras Martín solo los fulminaba con la mirada.

-Como podrás ver, no puedo hablar aquí –dije, rendida.

-Lo noté –sonrió sarcástico –, ¿en dónde quieres que nos veamos?

Sonó tan seguro de sí mismo, tan pacifico, tan tranquilo… Iba a debatirle que nunca le había ofrecido algo así, pero ya estaba cansada de debatir todo lo que el planeta entero dijera.

-¿Recuerdas el café de ayer en la tarde? –insinué buscando mi teléfono en el bolsillo de mi pantalón.

-¿A las cinco? –no afirmó nada, solo planteó la hora.

-Suena bien –musité mientras le pedía su número y yo lo copiaba en mi celular; él repitió mis acciones y guardo su teléfono en su mochila, y agachaba su cabeza en el acto mismo. Un mechón se atravesó por su frente, haciéndolo ver atractivo a mis ojos. Tuve un impulso horrible de querer quitarlo de ahí, de colocarlo nuevamente en su cabellera despeinada, y sonreír en el acto. De poder perderme en sus ojos claros con tranquilidad, pero cada vez que los miraba siquiera, recordaba a Sebastián, y el corazón se me acongojaba…

-Bueno, nos vemos entonces –replicó despidiéndose mientras besaba mi mejilla. Cuando habló, me sacó de mis pensamientos, pero al despedirse de esa manera no pude hacer otra cosa que no pensar. Sabía que si me permitía pensar, iba a llegar a una conclusión no muy buena. Partió de ahí entonces, dejándome entumecida, no sabía si era por rabia hacía mí o, o… la verdad era que no sabía nada.

El timbre nasal del Instituto me sacó totalmente de mis cavilaciones al sonar y al hacerme entrar en razón de que tenía clases. Corrí apresuradamente hacía Química con temor de llegar tarde, zigzagueé hasta llegar a mi casillero, saqué rápidamente mis libros mientras sentía que mis manos se volvían torpes conforme más veloces las necesitaba. Me di cuenta que no iba tan retrasada, pues había bastante gente en los pasillos, y por bastante me refiero a casi todos. En cuanto cerré mi casillero y noté la presencia de tanta gente, me relajé un poco y me concentré en irme directo a clases. Mientras me acercaba a mi clase, pasé por el pasillo en donde estaba el casillero de Sebastián, seguí de largo, pero me detuve al ver una silueta con cabellera rubia.

Regresé a paso dubitativo y vi a Sebastián en su casillero, aparentemente no lo había visto ahí. Y a su lado, de espaldas hacia mi vista, estaba Jasmine, con su mochila colgando en el hombro y su espesa cabellera sujetada en un chongo en su otro hombro. Ese pasillo no estaba solitario del todo, así que Jasmine le hablaba a Sebastián en susurros, agudicé el oído para poder oír, pero su voz era muy queda. En cambio, pude perfectamente distinguir el tono ronco de Sebastián cuando le respondió toscamente:

-No me pasa nada –habló serio.

Jasmine trato de controlar su frustración, pero su tono no lo aparentó pues logré escuchar algo de lo que le respondía.

-Cuánto apuesto a que tiene que ver con tu noviecita –empleó la palabra con cierto desprecio.

-Ya te dije que se llama Kate –replicó él un poco harto de la conversación.

-Lo que sea –se echó el flequillo para atrás en un solo movimiento de la cabeza. Me pareció extraño de que Sebastián no se percatara de mi presencia, pues estaba a los ojos de cualquiera. Me escondí detrás de un muro, asomando la cabeza con discreción –Ella ha sido muy prepotente conmigo, ¿sabías?

Sebastián no prestó mucha atención a lo que decía, podía notar por su semblante que estaba muy ausente. Cerró la puerta de su casillero, lo que hizo que Jasmine diera un salto en su lugar, por la sorpresa. Ella le tomó el brazo y lo cruzó con el de ella, sonriendo como si nada. Empezaron a caminar hacia su clase, pero él retiró su brazo con la excusa de ver su teléfono. Se dieron la vuelta y yo me espanté. Corrí lo más rápido hacia mi clase y no me detuve, pues sentía que los tenía detrás de mí. Llegué a Química y me senté lo más rápido que pude, mientras el profesor entraba justo después que yo. Traté de acompasar mi respiración mientras la clase pasaba, pero pensar en todo lo que había visto no me facilitaba las cosas.

Primero estaba el punto de que Martín quería hablar conmigo, y no era cualquier cosa: era algo sobre Sebastián. Estaba preocupada en el sentido de que sabía que no era algo bueno, y tenía miedo en el sentido de que no quería que me cambiaran mi punto de vista de Sebastián. Y agregarle a todo eso el hecho de que había estallado en el periodo libre, cuando le dije que conocía a Martín y que lo trataba, no mejoraba mi condición. Lo amaba con todo mí ser, y él lo sabía, y no quería que la opinión de alguien cambiara mi modo de quererlo, pero era algo muy difícil de pedir luego de su conducta.

Se podría decir que mis uñas murieron en ese periodo, estaba tratando de concentrarme, pero no podía. Estaban hablando de conversiones de temperatura, o algo por el estilo, pero es muy vago lo que puedo recordar. Mi teléfono me sacó de mis pensamientos en el momento en que vibró en mi bolsillo trasero, quise ver de quién se trataba, pero tenía enfrente al profesor y me estaba viendo con mirada acusativa, así que tuve que retener mis impulsos. El timbre sonó y salté en mi lugar. El profesor gritó la tarea y la garabateé en una de las últimas hojas de mi cuaderno. Guardé todo y saqué mi teléfono.

“Lo siento…” se leía en la pantalla. Sebastián lo había mandado hace casi más de veinte minutos, no sabía qué contestar precisamente y estaba tan aturdida y tan cansada que se me llenaron los ojos de lágrimas.

-¿Nos vamos? –preguntó Luisa con discreción mientras pasaba por mi asiento.

-Vamos –repliqué mientras me cargaba la mochila al hombro y trataba de disimular mi frustración.

-¿Te puedo preguntar qué tienes? –habló Luisa mientras íbamos de camino hacia la cafetería, no me había dado cuenta de cuánta hambre tenía.

Hablé con tono pasivo, sentía que si explicaba detalle a detalle en serio estallaría en llanto, y no necesitaba tener los ojos rojos. Le conté de todo lo que había pasado hasta el momento, y ella escucho con atención.

-Dime qué hago –musité, sonando casi al borde de la desesperación y de las lágrimas –. No sé qué hacer, no sé qué pensar, ni cómo actuar al respecto. Tampoco quiero que esto afecte mi relación con Sebastián, nos costó tanto llegar a donde estamos para que algo del pasado arruine todo.

-Yo soy de la idea –habló quedamente mientras entramos a la cafetería y Natalia se nos unía, paró la oreja para tener idea de qué estábamos hablando – que no te encuentres a Martín; digo, tú misma lo dijiste: No hay que dejar que algo del pasado arruine tu presente con futuro. Independientemente de lo que sepa Martín o no, eso ya no importa. Aunque eso no le de excusa a Sebastián de comportarse así, se disculpó y eso es algo de agradecer.

-Sólo fue un mensaje…

-Pero se siente mal, y tú lo viste cuando hablaba con la rubia oxigenada –soltó sus palabras como veneno en cuánto vio a Jasmine sentada en la cafetería riendo como hiena. Natalia rió ante la comparación, mientras me decía:

-Creo que tengo idea de qué hablas, Kate –se sentó en una silla dejando su mochila al lado de ella, mientras nosotras hacíamos lo mismo –. Y creo que Luisa tiene razón. Yo sé que la curiosidad te ha de matar, pero a veces la ignorancia se agradece. Es peor no saber nada, que arrepentirte de saber todo.

Las palabras de las dos me calaron hasta los huesos. Tenían toda la razón, y no me sentía mal al pensar que la tenían puesto que solamente necesitaba saber qué hacer. En mi cabeza planeé solamente ir a ver a Martín para decirle que, aunque agradecía su colaboración, no me interesaba en nada saber del pasado de Sebastián. Me importaba poco si me consideraba la persona más bipolar del planeta, pero quería luchar por lo que quería y quería a Sebastián.

Mencionando su nombre en mi cabeza, lo busqué con la mirada entre toda la multitud, pero no lo encontraba.

-No está –repiqueteó una voz detrás de mí, una voz chillona –, por si lo buscas, claro. ¿Qué le hiciste? Él está muy destrozado.

Fulminé con la mirada a Jasmine pero me limité a que mi boca fuera una línea cuando hablé.

-¿En dónde está? –exigí saber –Tú qué crees saberlo todo…

-Yo solamente sé que ustedes dos van de picada –el tono de voz que empleó me provoco un sentimiento de rabia, quería levantarme y arrastrar sus rubias extensiones por toda la cafetería; sonreí ante el pensamiento.

-¿Te importa eso? –me paré de mi asiento y la vi directamente a los ojos.

-Si es por Sebastián, sí. Lo que menos quiero es que lo lastimes, cosa que estás haciendo –enarcó una fina línea arriba de su ojo derecho, su ceja era tan delgada que parecía dibujada.

Y no pude. Me contuve, pero no pude. Mi mano, en un fiero impulso, rozó con violencia su mejilla y me arrepentí en el momento. Su cara se torció debido al impacto, y mis ojos se abrieron como platos ante mi violencia. Los ojos de los demás se posaron sorprendidos sobre nosotras, más aún en mí. No sabía qué hacer, así que solamente tomé mi mochila y salí de ahí corriendo, incluso cuando Natalia y Luisa gritaron mi nombre a mis espaldas. Corrí y corrí, desesperada y con lágrimas en los ojos. Me sentía un poco mal por haber rematado de ese modo, independientemente de cuánto se mereciera esa cachetada, Jasmine estaba conmocionada. No podía evitar sentir que era como la revancha, ella había hecho lo mismo conmigo, pero siempre era de la idea que todas las cosas que la gente hacía se les regresaba por si solos.

Había corrido ya una gran cantidad de metros, y fue cuando vi que había llegado al gimnasio, y me fui a esconder detrás de él, justo en donde había hablado con Martín hace unas horas. Me senté de espaldas al muro más cercano del gimnasio y hundí mi cara en mis rodillas. Y pude ver a qué nivel había llegado, llorando de la desesperación. Las palabras de Jasmine retumbaban en mi cabeza “Ustedes dos van en picada”, “¿Qué le hiciste?”, “Lo que menos quiero es que lo lastimes, cosa que estás haciendo”. ¿Cómo era posible todo aquello? Me parecía más una terrible pesadilla, un mal sueño y sentía tanta desesperanza por despertar.

Oí unas pisadas cerca, lo más lógico que hubiera hecho en otro momento sería levantarme, secar las lágrimas e irme. Huir, justo como lo había hecho antes. Pero algo me dijo que no lo hiciera, tal vez era la vergüenza de que fuera quién fuera, me vería con los ojos hinchados. Pensé en que podría ser Natalia o Luisa, me podrían haber seguido, pero nunca las vi detrás de mí. Cuando una pequeña ráfaga de viento llegó hacía mí, pude sentir ese aroma tan adictamente inconfundible, levanté mi rostro, aún con lágrimas, y Sebastián se arrodilló enfrente de mí. Su rostro denotaba preocupación y remordimiento, tristeza y ansiedad. Me tomó en sus brazos y yo me lancé a él. Hundí mi cabeza en su pecho y me dediqué a soltar cada lágrima cargada de frustración que tenía en mí ser.

Me acarició el pelo suavemente, y me besó la coronilla de la cabeza más de una vez. Susurraba algo, pero mis sollozos no me dejaban entenderlo.

-Lo siento, Kate, lo siento mucho –repetía una y otra vez, como una plegaria.

-Yo… yo… –no sabía honestamente qué decir. Me retiré para verlo a los ojos, pero su expresión se entristeció aún más.

-Todo es mi culpa –musitó inclinándose sobre mi frente –, y lo siento tanto, mi pequeña Kate. No sé cómo fui capaz de reaccionar así, no… no sé. Yo… yo solo sé que lo siento, y que te amo. Y que no quiero perderte, no por una tontería –no sé si fue mi cabeza, pero tuve la idea de que remarcó la palabra “tontería” con la voz.

Precisamente, no estaba llorando por eso. Tenía tanto adentro de mí, de la noche anterior con mis padres, e incluso con Martín… todo estaba mal a mi alrededor. No quería arruinar el momento, así que me quede callada y me acurruqué en sus brazos, esperando que mis sollozos se tranquilizaran un poco mientras apoyaba mi oído en su pecho, para oír sus latidos.

-¿Por qué tan callada? –insinuó luego de unos minutos.

-¿Qué acaso no puedo callarme por un tiempo? –pregunté mientras me retiraba de él y me sentía más tranquila al ver que su expresión era la misma de antes.

-Sí, pero prefiero oírte hablar –me sonrió.

Solamente me reí ante eso, cualquiera preferiría callarme con cinta adhesiva antes que oírme hablar. Noté que él había llegado justo en el momento correcto, pues tenía gimnasia luego del almuerzo. Se levantó más rápido que yo, y me ayudo con sus manos tibias.

-¿Estás segura que quieres irte sola? –me debatió la idea de irme sola hasta Español, pero le aseguré que estaba bien. Solamente pasaría a un baño para lavarme la cara y luego me dirigiría hacia mi clase. Tenía en claro que él no sabía absolutamente sobre el incidente con Jasmine, pero se lo quería contar. Estábamos en una etapa dura de confianza, y no quería que por mí se arruinara todo.

Pase al baño más cercano y me lavé la cara. Salí disparada hacia mi clase, y también por miedo de que se me pudiera aparecer Jasmine en algún lugar. Llegué a Español cabizbaja, y me senté hasta atrás. Un lugar que casi nunca frecuentaba, pero me quería evitar las miradas perforando mi espalda. Luisa llegó y se sentó delante de mí. Se volteó, un poco desorientada:

-¿Me puedes explicar qué diablos fue todo eso? –exigió saber.

-¿Qué?

-¿Lo de la cafetería? –Dijo como si estuviera pasando por alto lo obvio –Te digo que después de eso, eres la heroína de muchos, incluso de Natalia. Pero no entiendo por qué salir huyendo.

-Porque es lo mejor que puedo hacer –repliqué con la vista pérdida en el suelo, más para mí que para ella.

Luisa iba a debatir algo, pero el timbre sonó y ella se espantó.

-¿Qué quieres decir? –preguntó cuando se hizo silencio.

Ignoré su pregunta.

-Hablé con Sebastián.

Quiso saber todo, solamente le conté lo principal pues me ardían un poco los ojos. Sentí que el sueño me iba a aturdir poco a poco, pero “Español” era una clase que disfrutaba así que esperé a que no fuera un desastre. Necesitaba distraerme un poco, necesitaba al menos dormir un poco… no sé. El periodo pasó demasiado rápido para mi gusto, no me dio tiempo de siquiera pensar un poco en qué hacer.

Decidí ir a la enfermería, ausentarme de “Historia”, incluso aunque fuera una clase que compartía con Sebastián. Llegamos hasta el casillero con Luisa, y Natalia estaba en el suyo sacando varios libros. Les dije que no me sentía bien y que iría a enfermería, y que las vería en Educación Física. Saqué mi pantaloneta y mi camisa del casillero, los metí en mi mochila y saqué los libros que no iba a necesitar. Luisa y Natalia se fueron juntas a su siguiente clase, mientras yo iba hacia la enfermería. El timbre anunció el comienzo de otro periodo, respiré profundo al sentir que me podría librar de pensar siquiera un rato.

Crucé la esquina directamente yendo hacia enfermería, en el momento en que una mano se aferró a mi cabello, halándolo fuertemente y haciéndome gritar.

-Grita, pequeña zorra –escupió con veneno Jasmine –. A ver si esto te duele.

Haló muchísimo más de mi cabello y me hizo caer al suelo, cayendo sobre mis rodillas.

-Eres una estúpida y lo sabes –se dirigió a mi cuando habló; me limité a quedarme callada, no quería que alguien saliera y viera semejante escena, igual y era culpa de ella, pero no me gustaba que este tipo de cosas llegara a más bocas de las necesarias.

-Dime una buena razón para pensar eso –le debatí.

-Te crees tanto –me fulminó con sus ojos claros –, y no eres nada.

-¿No te estarás describiendo a ti misma, cariño? –solté la frase con cierto sarcasmo. Haló más mi cabello, y me odie tanto por ser tan pequeña y tan débil.

-Cuida tus palabras, zorrita –se acercó hacía mí, haciéndome respirar su hediondo aliento, todo en ella me resultaba repugnante.

-¿Kate?

Una voz, por detrás de ella, habló sorprendida. Una voz varonil. Pude ver en su rostro que sintió miedo, y se sobresaltó; soltó el gran mechón de pelo que tenía agarrado y se volteó al instante. Yo sabía, desde luego, que esa no era la voz de Sebastián, nunca lo sería… pero ella no. Me arrastré por el suelo, tan lejos de ella como me fue posible y mientras me alejaba, miraba la expresión horrorizada de Martín quién parecía haber visto algún tipo de criatura mitológica. Jasmine, aunque todavía no estaba segura, agazapada como estaba, realmente parecía una criatura temible.

Me puse en pie de un salto, mientras Martín corría hacia mí y me tomaba en brazos mientras yo quería abalanzarme sobre ella. Tomo suavemente, pero rígida al mismo tiempo, mi cintura mientras me impedía destrozarle todo lo que se llamaba cara. Seguía repitiendo una y otra vez las palabras “Tranquilízate, no vale la pena”, pero él no entendía mi furia ni mi enojo. Era algo llamado “Orgullo de mujeres”.

-Suéltame –le pedí.

-No –respondió y me apegó a su cuerpo en resistencia, haciendo que nuestra piel tuviera contacto. Me estremecí, al igual que él… pero no fue gran cosa.

-No siempre tendrás al querido Martín para que te defienda, Kate –siseó Jasmine –. Y tampoco creo que esa idea le agrade mucho a tu querido Sebastián.

Era una serpiente, una zorra, un animal despreciable… me causaba odio y solamente eso.

-No sabes lo que dices –escupí.

-Tal vez tú no sabes lo que oyes –debatió –, pero Martín sí.

Miró al susodicho y noté como él se tensaba en mi espalda, pero aun así mantenía sus brazos sujetándome. Al notar su reacción, me di a comprender que ellos sabían algo que yo no, que ellos compartían información… y que la única tonta ignorante era yo. Mire a Martín levantando mi cabeza para verlo puesto que, desafortunadamente, era muchísimo más alto que yo. Jasmine rió por lo bajo, se compuso un poco la ropa desarrugándola, y dándose la vuelta como si nada hubiera pasado. Me enfurecí aún más y me deshice de la armadura de Martín.

Estaba al borde de todo lo que se llamara perder la cordura. Entré al baño más cercano sin dirigirle palabra alguna a Martín y no me molesté en ver cuál era su reacción. Me miré al espejo y estaba hecha un desastre: mi pelo estaba enmarañado, tenía perlas de sudor en mi frente que hacían que un poco de mi pelo se apegara a mi cara, tenía un poco de rímel corrido y mi labio inferior rojo… supuse que me había mordido con fuerza en algún momento en un intento de callar mi boca de algo que pudiera arrepentirme. Me lave la cara y apoyé las manos en el lavamanos, clavando la vista en el piso… pensando. Detestaba a Jasmine, pero no iba a dejar que ella ni nadie arruinaran mi felicidad. Las cosas ya estaban bien en cierto punto, y no quería que algo malo pasara, en serio que no quería.

Salí del baño dándome una pequeña sorpresa: Martín me esperaba del otro lado del pasillo sentado, ahora poniéndose de pie al ver que salí. No sabía qué actitud tomar con respecto a él, quería seguir hablando con él porque se notaba a simple vista que era una buena persona, un buen amigo, o incluso… un buen pretendiente. Me miró con ojos turbios mientras yo caminaba como si no lo hubiera visto, era cruel de mi parte, pero no tenía las palabras necesarias para decirle todo lo que había ocurrido. Estaba más que claro que no le agradaba Sebastián, o al menos a Sebastián no le agradaba él, pero las dudas eran las que me mataban.

Para que no se agradaran tendría que haber pasado algo entre ellos en algún punto de su existencia, algo que implicara que se conocieran en algún punto de la historia y esto sin contar que Jasmine estaba un poco al tanto de lo sucedido. Me negaba a creer que ella supiera más que yo, pero precisamente era eso lo que me frenaba: Si ella estaba al tanto, tendría que haber sido algo grande… algo de tamaños proporcionales o incluso, la podría involucrar a ella. Y me quería limitar a la ignorancia.

Martín me pisaba los talones y no sabía qué hacer. Me paré en seco y me di la vuelta para verlo a la cara; sorprendido, él también paró y se limitó a verme.

-¿Qué haces? –pregunté un poco indiferente y sarcástica.

-Oh, descuida –su comentario rebosaba en sarcasmo –, solamente me cercioro de que nadie más te ataque. Podría venir un atacante del jardín de niños y terminar de hacerte trisas.

Su comentario no me ayudo mucho.

-Muy gracioso –me limité a decir mientras me daba la vuelta y seguía mi camino a la enfermería, el lugar a donde se supone que iba desde un principio.

-Pues no es que espere algo a cambio –habló como quien no quiere la cosa –, pero esperaba al menos un “gracias”, ¿sabes?

Y era cierto, no porque lo esperara sino porque se lo merecía. Me paré en seco de nuevo y cuando me volví pude notar que él no se había movido ni un solo centímetro. Caminé hacía él y lo vi directamente a los ojos cuando hablé:

-Gracias –dije casi sin aliento y besé su mejilla en su acto que me diera crédito y que le diera a entender que no lo decía solamente por decir. Cuando me retiré para verlo, su rostro estaba sonrojado completamente y me pareció totalmente tierno; no miraba razón alguna como para alejarme de él, simplemente no podía. Reí ante su expresión y suspiré al verlo una vez más, me decidí por decirle de una vez por todas que no quería saber nada.

-Oye, por lo de esta tarde… –empecé.

-Oh sí –me interrumpió –, mira entiendo que quieras saberlo, pero creo que hay cosas que no son conveniente que sepas porque…

La bomba estalló en mi cabeza, eso afirmaba muchas sospechas y aumentaba mi curiosidad un cien por ciento. Pero tome fuerza de voluntad.

-No –lo frené –, pienso que todo este asunto es algo que no creo conveniente saber.

Mi mirada estaba perdida en algún lugar por encima de su hombre y pude notar cómo se enderezó, como si le cambiara el humor de repente.

-Te arrepentiste, ¿cierto? –escupió con amargura.

Sus palabras me obligaron a verlo a los ojos, hablaba como si ya supiera qué era lo que iba a pasar. Me sentía confundida y agobiada al mismo tiempo mientras que él sostenía mi mirada en todo momento, de una manera desafiante.

-Debí imaginarlo –soltó y apartó sus ojos de los míos y por un momento creí que se iría, pero se quedó ahí, en el mismo lugar en el que estaba hace cinco segundos.

-Es solamente una decisión que tomé, que decidí por mi propio bien. Creo que deberías entenderlo, tú que hablas de omitir cosas “por mi bien” –tracé las comillas con mis dedos en el aire.

-No sabes lo que dices –no me miró –, impedir que lo sepas no te hará ningún bien, Kate.

-Acabas de decir que habían cosas que…

-Pero eso es diferente –tomó mis brazos, haciendo me nuestros rostros estuvieran cerca, en un gesto de desesperación –, hay cosas que de verdad necesitas saber.

-Mira, Martín –retiré sus brazos bruscamente, puesto que había intentado de una manera civilizada y su fuerza brutal me lo había impedido, y ya me estaba lastimando –soy feliz, ¿sí? Soy feliz con lo que sé y con lo que no sé, y no quiero arruinar mi felicidad por simple curiosidad. Si mi felicidad depende de saber o no saber, entonces me limitaré a vivir en la ignorancia.

-No sabes lo que dices –masculló, alejándose de mí… como si le causara repugnancia.

-Y tú no sabes lo frustrada que estoy –traté de civilizar mi tono. Se hizo silencio en el pasillo, obviando el hecho de que solo estábamos él y yo ahí, y se me ocurrió, tal vez, no negar del todo lo del café en la tarde –, pero creo que igual aceptaré el café.

Me miro con ojos confundidos.

-No me conoces y yo no te conozco a ti, y honestamente quisiera tener algo más en común que el simple hecho de conocer a Sebastián –mis palabras suavizaron su expresión porque relajó su ceño y se acercó a mí lentamente –. ¿A las cinco?

Asintió levemente y la sombra de una sonrisa parecía curvar su rostro. Me despedí de él con un suave beso en la mejilla. En cuanto me di la vuelta para avanzar, me gritó desde atrás:

-¡Cuídate las espaldas!

Y se fue. Ahora me hallaba sola en el pasillo, así que corrí a enfermería. Louis me dio unas pastillitas para los mareos y me recomendó que si seguía el malestar, fuera a casa. Y le haría caso, de lo contrario me acusaría con Sebastián. El resto del día transcurrió normal: Sebastián quiso saber por qué falté a Historia y le dije la verdad para no angustiarlo, las clases siguieron y cuándo menos sentí, ya era hora de irnos.

Arranqué el carro, despidiéndome de Natalia y de Luisa, mientras entraba a la carretera en el camino hacía mi casa. La verdad era que no me quería quedar mucho tiempo con Sebastián, tenía una urgencia por llegar a casa, por ver a mi madre… Pero cuando llegué no había nadie en casa, me fui hasta el último rincón posible y ni Julia estaba ahí. Me paseé por la casa decidiendo qué hacer con el resto de mi tarde, al menos en lo que esperaba a las cinco. No tenía mucha hambre como para almorzar así que subí torpemente las escaleras hacia el baño, me duché y deje que el pelo se secará solo. Entré a mi habitación y, como era de esperarse, el baño me relajó demasiado. Acomodé mi cabeza en la almohada y me prometí que solo descansaría los ojos… Solamente eso.

Abrí los ojos de golpe cuando Julia me estaba sacudiendo por los hombros. Mi sentido auditivo parecía estar un poco retardado porque lo único que podía hacer era ver su rostro mientras me gritaba algo que no podía oír. Y, como si le estuvieran subiendo volumen a una televisión, comencé a oir.

-¡Kate! ¡Despierta! ¡Despierta! –me gritaba.

-¿Qué? –logré decir, con la mirada ida.

-Nos tenemos que ir –me haló de la mano y no noté a qué hora me había calzado los tenis.

-¿A dónde?

-Tú solo sígueme –insistió. Bajamos a trompicones y pude notar que había oscurecido ya. El sueño hacía que la cabeza me pesara y no me dejara pensar. Solo recuerdo haber halado mi suéter y entrar al carro de Julia. Arrancó y me explicó que me llevaría al hotel en donde estaba mi padre, que ahí se encontraba mi madre y que querían hablarme. Una emboscada fácil para una presa fácil, pensé para mis adentros. La pesadez en mis ojos me impedía lanzarle una mirada venenosa a Julia, pero no me quería arriesgar. Me dejó en la entrada al lobby y ni me despedí llena de coraje. Entré y pase directo a la señorita de recepción, no le quería ver la cara. Me paré enfrente del ascensor y presioné unas mil veces el botón, se abrió y ahí estaba el señor que me había hablado la última vez que yo había bajado por ese ascensor.

-Oye, yo te conozco –me habló. Vi su rostro, era alguien ya mayor, con unos ojos azules profundos y pelo canoso –. ¿Cómo seguiste?

Me hubiera encantado decirle: “Muchísimo mejor”, pero esa sería una gran mentira.

-Sobreviviendo –musité. No había nadie más en el elevador.

-Ánimo –y me guiño un ojo en forma paternal; de repente, extrañe tener a mi abuelo cerca –. ¿A qué piso, linda?

-Seis –el elevador subió en silencio, y se detuvo de la misma manera. Le sonreí al señor antes de bajar del ascensor y dirigirme a la habitación de mi padre. Cuando llegué, antes de tocar pude oír unas risas así que dude seriamente de que esa fuera la habitación correcta. Cuando lo comprobé toqué dos veces, temerosa. Mi madre abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, ¿qué había pasado aquí? En cuánto me vio, me abrazó y me besó la frente. Traté con todo mi cuerpo no poner una cara de confusión, pero me fue imposible.

-Kate está aquí –anunció al interior de la habitación. Entré lentamente, analizando lo que tenía alrededor. La tele prendida mostraba un programa viejo, tal vez de los tiempos de mis padres; la cocina mostraba residuos de vegetales y otras cosas, señal de que alguien estaba cocinando; mi padre estaba del lado de la sala secando sus manos con un trapo y estaba sonriendo, señal de que había hablado con mamá. Estos dos eran unos inmaduros, y no soportaba estar cerca de ellos cuando los miraba así. ¿Por qué narices se separaron si está más que claro que disfrutan estar juntos? Esa pregunta me aturdía la cabeza una y otra vez cada vez que los miraba bromear, justo como dos jóvenes hormonales en la secundaria. Lo detestaba en serio.

-Y… ¿te vas a quedar a cenar? –preguntó Stuart entre risas.

-¿Tengo otra opción? –respondí escupiendo sarcasmo. Su sonrisa se desdibujo poco a poco y yo me di cuenta del daño que había hecho, una vez más. No había estado cuidando mis palabras, y estaba arruinando de pasar un poco de tiempo de familia –Lo… lo siento. Me encantaría quedarme –respondí con una sonrisa arrepentida.

Una cena y un poco de tiempo en familia no me haría olvidar lo que había estado pensando durante todo el día, podría hablar con mi madre cuando llegara a casa, pero con mi padre estaría un poco difícil. Yo no soy de las personas que evado las situaciones, yo pienso que mientras más rápido salgo de ellas, mejor. Ellos se mantenían charlando animosamente mientras yo los observaba. Me sentía tan ajena y tan pequeña en aquella habitación, que mi rabia empezó a aflorar.

-Stuart.

-Dime –habló con tono acogedor, a pesar de que no le dije “papá”.

-¿Me podrías decir cómo se llama la recepcionista? –se puso rígido en cuestión de segundos.

-¿Por qué lo preguntas, Kate? –insinuó. Mi madre nos miraba como si no entendiera, y en efecto no entendía.

-Curiosidad –enarqué una ceja.

Pero no habló. Se quedó callado mientras agachaba la mirada, un poco avergonzado. Saqué mi teléfono y, por inercia, vi la hora. Eran casi las siete de la noche.

-¿Por qué haces esto, Kate? –preguntó con voz dolida.

Mientras su voz amortiguada por el dolor entraba por mis oídos, hacía conciencia de la hora. Siete de la noche. Y dormí demasiado. ¿Tenía algo que hacer a las cinco? Sí, pero no recuerdo qué…

“¿Recuerdas el café de ayer?”. Las palabras de Martín resonaron en mi cabeza. Martín. Salí disparada de mi silla y me dirigí a la puerta. Luego, recordé en donde estaba. Regresé mi mirada, y mis padres estaban ahí sentados, observándome confundidos. Y la cara de mi padre, oh Dios. Se me partió el corazón.

-Lo… lo siento –me disculpé con una mano en el picaporte –, no me puedo quedar… yo… lo siento, en serio –abrí la puerta y antes de salir les dirigí una última mirada –. No me odien, por favor.

Salí corriendo hacía el ascensor, tuve que esperarlo un momento y me sorprendió mucho que no salieran inmediatamente a buscarme. Subí al ascensor en cuanto se abrió antes de dejar salir a dos parejas, le sonreí al señor para tratar de ocultar mi dolor. Me despedí de él y salí disparada para la calle. El café estaba a unas cuantas calles, así que empecé a correr. Llegué a mi casa en cuestión de unos minutos, pero el café quedaba más lejos que eso. Seguí corriendo, a un menor paso, pero traté con todo lo que quedaba de mí. Los pulmones me ardían y mi cuerpo empezaba a dar arcadas. Las lágrimas empezaron a salir de mis ojos, y ni siquiera sabía por qué.

Cuando vi el letrero de “Café” a lo lejos, sentí un gran alivio. Sudorosa como estaba, entré al café. Varios fijaron su mirada en mí, supuse que mi pelo y la expresión en mi rostro ya daban en sí bastante de qué hablar. Busqué a Martín en todas direcciones, pero no estaba. Me senté en la mesa del rincón, en donde nos habíamos sentado la última vez. Solamente se encontraba ahí una taza vacía y una porcelana, parecía que el cliente anterior había ordenado un pastel de zanahoria, mi favorito. Me senté en dirección a la puerta, mientras frotaba mis manos nerviosamente un mesero llegó a recoger los platos sucios y me miró de reojo varias veces. Luego de unos minutos, me empecé a convencer de que Martín no llegaría… o que tal vez ya se había ido. La sola idea lleno de confusión mi mente y me hizo sentir una mala persona.

De repente, el mesero que me había visto varias veces se acercó hacía mí, temeroso.

-Disculpa, ¿tú eres Kate? –su voz era un poco tenue, pero era ronca lo que le daba un poco de seguridad, aunque su exterior dijera lo contrario.

-Sí, soy yo –asentí, un poco aturdida.

-El chico que se sentó antes que tú en esta mesa parecía conocerte –empezó y la cabeza me empezó a dar vueltas –, y me pidió que te diera esto antes de irse. Dijo que te sentarías en esta mesa.

La garganta se me cerró en el momento en que el joven extendió un pequeño troco de papel entre sus dedos y me veía obligada a estirar la mano para tomarlo. El papel estaba frío al tacto, áspero y sentí una oleada de sentimientos en cuanto lo sostuve con mis dedos, fríos y poco seguros. Asentí y le di las infinitas gracias al joven, quién me sonrió y reanudó su trabajo en las otras mesas. El corazón me palpitaba de manera sobrenatural al abrir el papelito…

“Tenía el leve presentimiento de que no ibas a venir… pero decidí confiar en ti.”

El papel, escrito con la letra pulcra de Martín había acabado con todos los restos de buenas cosas que sentía el día de hoy. Una lágrima se fue rodando lentamente por mi mejilla hasta tocar su punto final en mi barbilla…





---------------------------------------

Aló (?)

*aparece con un vago escudo, tratando de defenderse*

Sí, bueno... no tengo perdón de Dios, lo sé. Prometí publicar desde enero y cuando sentí ya era Marzo. Entiendanme. El colegio me quiere matar o algo parecido, no lo sé. Mis días desde enero no han sido precisamente de color de rosa y les juro que hasta encontré a una Jasmine en mi vida, y justo la encontré para el día de San Valentín, lo cual es un milagro que me haya resistido a partirle la cara. Y a él también (si entienden lo que digo). También me fuí de viaje por parte del colegio y fue una de las mejores semanas de mi vida (?) Y ya me sobrepuse a cualquier caída que haya tenido en estos tres meses. Estoy de vacasiones, así que eso demuestra mi reciente aparición... Les pido me disculpen y les mando miles de besos a todas las que siguen leyendo, comentando, etc. Son lo mejor que me pudo haber dado Blogger.


Otra cosita, ¿alguién aparte de mí ya vió Los Juegos del Hambre? En lo personal, estoy traumada. Leí el libro hace unas semanas y el viernes fui a ver la película. Ya estoy leyendo el segundo y oh Dios, es una saga totalmente diferente: es sádica, es romántica, es trágica, es tan REAL. Mi mamá ya los leyó y ella opina que, a como soy yo de hormonal, luego de que los termine necesitaré ayuda psicologica. Así que si alguien de aquí ya los leyó, solo necesito que esté para mí en cuanto la termine, que sea mi psicóloga, o mi hombro en dónde llorar (?)

Bueno, si de verdad quieren comentar los Juegos del Hambre, o si quieren hablar de los libros, o de cualquier libro o si solamente quieren hablar, siganme en Twitter: @IamDreaming_

Gracias por todo chicas *se lleva los tres dedos centrales a los labios y luego hacía ustedes* Se les quiere, se les admira y se les respeta (eso significa los tre deditos)


Nos vemos... Y que la suerte esté siempre, siempre con ustedes.

Majo.

domingo, 1 de enero de 2012

Huir es de cobardes. Cap. 17



Y sofoqué un grito. Abrí los ojos como platos. Tenía esos mismos ojos delante de mí. Martín. Él estaba ahí, en el Spring Break. Y me daba por ignorante sobre todo lo que paso esa noche, si es que sabe realmente lo que paso esa noche. Martín era el bar ténder…

-Estuviste ahí –tartamudeé. Es más, creo que con dificultad me entendió.

No dijo ninguna palabra, se quedó mirando fijamente su taza de café que en ese momento el mesero había llevado en ese momento. Tal vez solamente esperó a que éste se fuera para hablar, porque en el momento en que él se retiro hacía la cocina, me miró a los ojos.

Pero justo cuando creí que iba a hablar, solamente me sonrió tímidamente. Así que me quedé exactamente igual a como estaba en el principio, lo que sí sabía era que tal vez el secreto que compartía entre Sebastián y yo, lo supiera alguien más. Y yo no salía del asombro… y del miedo. Sí, no había ocurrido algo de mayor proporción entre Sebastián y yo, pero aún así: el temor de que alguien más supiera un secreto que creías a salvo, era una relación bastante cuestionable. Las dudas agolparon mi cabeza, mis pensamientos empezaron a correr a velocidad y empecé a imaginar cosas que…

-¿Qué fue lo que viste? –exigí saber.

Y con un rostro prepotente, insinuó:

-¿Qué quieres decir? –alzó una ceja, sarcástico.

-No estoy para bromas, Martín –me estaba exasperando.

-¿Y esa noche si estabas para bromas con Sebastián, verdad Kate? –habló subiendo el tono y varios nos voltearon a ver.

-Que paso o no esa noche no es de tu incumbencia –solté las palabras arrepintiéndome en el mismo instante. Yo estaba cien por ciento segura de que él entendía que la situación había pasado a mayores en esa noche, o en peores casos: que de lo tan ebria que estaba, Sebastián hasta pudo haber abusado de mí. Sabía que la mente de Martín corría rápido, tan así si fue capaz de hacerme recordar cosas que me había limitado a omitir.

Quería explicarle que nada había pasado y que tal vez su odio hacia Sebastián provenía de ahí. Pero luego entendí que no tenía que explicarle absolutamente nada, ni aunque él lo quisiera. Otra cosa fuera si me lo pedía con amabilidad, pero ese no era el caso. Su rostro denotaba furia, tristeza, y sobre todo confusión.

-Yo sé que estás consciente de eso, Kate –escupió con odio.

-Deja de meterte en mi vida, ¿quieres? –Grité casi exasperada, y fue casi inevitable que varios me voltearan a ver cuando me paré de mi silla de un salto –Olvídalo de una vez por todas. Si no me afecta a mí, no le tiene por qué afectar a alguien más. ¡Es mi vida!

Y salí de la cafetería, como había estado saliendo últimamente de cualquier lugar: con alguien gritando mi nombre en mi espalda. Ya estaba cansada de la situación, pero esta vez no tenía por qué detenerme, Martín no era nadie en mi vida y no lo sería si seguía insistiendo con eso.

Aún no podía darme el lujo de llegar a mi casa como si nada, por lo que marqué rápido a Julia mientras caminaba en la oscura calle, con varias personas yendo a casa, o caminando por ésta misma por simple placer.

-¿Diga?

-¡Julia! –grité cuando al fin me contesto.

-¿En dónde andas metida? –susurró y me pareció oír un portazo.

-¿Ya se fue Stuart? –pregunté mientras disminuía el paso cuando me acerqué a mi casa, me giré para ver si Martín por si acaso me había seguido, y aparentemente no lo había hecho.

-Ya –me advirtió Julia –, pero tu madre está furiosa contigo.

-¿Se dio cuenta?

-¿Y cómo no lo iba a hacer? –habló con sarcasmo.

-Ya estoy enfrente, te veo arriba.

Y admito que tuve que armarme de suficiente valor para poder siquiera meter la llave en la cerradura, pero la puerta se abrió de golpe y tenía a mi madre, un poco molesta. Mi madre no era de esas que se enojan y ponen cara de estreñidas, no; primero le gustaba oír cómo me sentía y la razón del por qué actué como había actuado, y luego con calma me decía que no tendría que haberlo hecho y blah blah.

Pero su rostro estaba demasiado confundido, y su expresión aún más. Lo que estaba haciendo era hacerme sentir mal, y lo estaba logrando.

-Kate… –pronunció.

-Mamá, si quieres que me compadezca por papá, no lo vas a lograr –solté mientras entré esquivándola y yendo hacía la cocina. Oí como me seguía con pasos lentos cuando se recostó en una pared del comedor viendo cómo rebuscaba en el refrigerador. En ese silencio incómodo me pregunté en dónde estaría metida mi tía, para un poco de ayuda. Calenté un poco de pollo que había en un hermético y lo miré fijamente mientras giraba en el microondas, intentando no darme la vuelta para verle la cara a mi madre.

-En más de algún momento tendrás que verme a los ojos –soltó.

Era casi escalofriante la conexión que teníamos, pero a veces le daba gracias a Dios de que no fuera tan profunda y de ese modo, a veces, y solo a veces, pudiera disfrazar mis sentimientos.

-¿Y qué quieres que diga? –dije sin girarme.

-¿Por qué huiste? –quiso saber con su voz natural llena de duda.

-Yo no huí –bufé.

-¿Y entonces cómo se llama eso que hiciste hace unas horas? –exigió una respuesta, incluso cuando no tenía respuesta para tal pregunta. Se hizo silencio y lo único que lo interrumpió fue el pitido del microondas finalizando su ciclo. –Y aún no entiendo de qué era exactamente de lo que huías, porque tú padre solo…

¿Así que no le había dicho? Ese hecho me enfureció un poco más, pero a la vez me tranquilizó porque no se armó gran escándalo como yo esperaba.

-¿Qué dijo papá exactamente? –pregunté mientras incontrolablemente me giré para ver su rostro. Estaba un poco apagado y ahora ella estaba sentada en las sillas del desayunador.

-Dijo que quería pedirte una disculpa –dijo frotándose las manos. Era increíble que llegáramos a extremos para que mi padre cediera un poco de su orgullo y se disculpara. Mi madre añadió –: Yo creo que se refería a su reacción con Sebastián.

Y bueno, sí. También él tenía que ver con todo esto, pero es que… la verdad era que estaba frustrada. Nunca quise que papá reaccionara así ante la noticia de Sebastián, nunca quise enojarme con Sebastián, nunca quise que esa ida al hotel saliera mal y mucho menos que yo terminara con gran coraje hacia mi padre y a esa típica recepcionista. Y a todo esto, estaba dejando a un lado el hecho de que Martín estaba casi por sobre de mí con tal de que yo me alejara de Sebastián, cosa que aún no lograba a entender del todo bien.

Debido a todo lo que tenía en la cabeza, no pude evitar no suspirar y agachar la cabeza cuando me di cuenta de todo lo que había pasado en unas cuantas horas. Parecía una película de terror, y si en todo caso yo no era el monstro que complicaba todo, entonces sería la cobarde que pudo hacer mucho, pero como huyó… todo se llevó a la ruina.

-¿Por qué huiste, pequeña? –habló mi madre. Y noté que la tenía enfrente de mí con sus manos en mi rostro limpiando varios surcos de lágrimas que caían de mis ojos, ¿era posible que no me haya deshidratado ya?

Pero no hablé, estaba harta de que me preguntaran qué tenía cuando ni yo misma lo sabía. Me alejé y me deshice de sus manos como pude, aún soltando lágrimas.

-¿Por qué huyes, Katherine? –exigió mi madre con tono autoritario, supuse que un poco cansada de ver mucho y no oír palabra alguna.

-¡No estoy huyendo! –Le grité –¿Qué acaso no me ves? ¡No me he ido a ningún lado!

Y de un segundo a otro, tal y como sentí cuando Jasmine lo hizo, mi madre me golpeó la mejilla. Y de la manera en que el golpe dirigió mi cabeza hacia la izquierda, ahí misma me quedé estancada de la conmoción. Mi madre jamás en la vida me había pegado, y ya lo había hecho… ¡y por algo tan pequeño!

Fue casi inevitable que los ojos se me llenaran de lágrimas, y para cuando volví la cara y vi su rostro, ella tenía la palabra “arrepentimiento” grabada en su frente. Tenía los ojos húmedos y se llevó las manos al rostro, tratando de ocultar la vergüenza. Me toqué la mejilla que me había abofeteado y juré que pude sentir como ardor, o algo así. Cuando sentí la punzada, cerré los ojos, dejando que las lágrimas escaparan y cuando los abrí, ella quería avanzar hacia mí…

-Kate…

Estiró una mano, pero como un reflejo me retiré de ella.

-No –susurré con la cabeza gacha y alejándome poco a poco mientras estallaba en llanto –. ¡No!

Y salí de la cocina a toda velocidad hacia mi cuarto, cerrando de portazo detrás de mí. Me tumbé en la cama, sobre las almohadas y empecé a llorar. ¡Es que no era justo! ¿Por qué todo, en este preciso momento, se tenía que sobrevenir sobre mí? ¿Qué acaso Dios no sabía que yo no tenía las fuerzas suficientes para sobrepasar todo esto?

Lloré, grité, estallé, y creo que casi me ahogaba, pero no me importó que media casa me oyera, necesitaba con todas mis fuerzas desahogar toda la frustración que llevaba dentro al tratar de hacer algo bien, algo por el bienestar de todos y que al final saliera patas arriba. Y de pronto, tocaron a mi puerta.

-¿Kate? –dijo Julia, entrando.

-¡No! –grité mientras empujaba de nuevo la puerta y la dejaba a ella afuera.

-Por favor, déjame entrar –suplicó.

-¡Déjame sola! –le pedí entre lágrimas. Y no oí absolutamente nada más. Poco a poco, me fui resbalando por la puerta hasta quedar sentada, y llorando.

La verdad era que no había una manera más patética de verme. Si es que “patética” era la palabra adecuada. Me tumbé en el suelo frío, tal vez así me lograba tranquilizar un poco, o meditar las cosas. Todo estaba tan mal que ni podía enumerar la cantidad de cosas que había arruinado ese día. Había alejado a mi padre de mí, había huido, le había gritado cosas a Martín, cosas que tal vez no tenía derecho a oír, y le había gritado a mi madre que fue lo que había hecho estallar el vaso al haber reaccionado ella de esa forma.

Estaba alejando a todos aquellos que se suponía que se preocupaban de mí, por creer que no lo hacían. Incluso a Julia. Quería meter la cabeza en mis sábanas pero existían dos contras: la primera era que no tenía la fuerza suficiente como para siguiera llegar a mi cama y la segunda era que si me ocultaba en ellas, de la misma manera tendría que salir. El mundo era cruel, pero no escuchaba que las personas se quejaran constantemente como yo lo había hecho tantas veces este día. O aprendieron a no sorprenderse tan fácilmente, o la vida les pegó tan duro que ya aprendieron a levantarse de las tantas repeticiones que han tenido.

Y yo aquí, escondida en mi cuarto. El mundo estaba hecho de pruebas, y estaba hecho para que “valientes” las sobrellevaran, no “cobardes” que huyeran. Huir era de cobardes, y la pura verdad era que yo estaba huyendo.

Hui de cualquiera que haya querido ser la explicación de mi padre, hui de cualquiera que haya sido la razón de Martín para creer que Sebastián no me convenía e incluso había huido de mi madre cuando quiso arreglar e intentar descifrar mis pensamientos, a las buenas. Había huido de todas las oportunidades que la vida me había brindado de saber cosas, de las oportunidades servidas en bandeja de plata, por así decirlo. ¿Cómo alguien en su sano juicio puede huir de algo así?

Si me lo preguntan, a mí, no sabría decirles, pero supongo que el miedo me estaba carcomiendo cada uno de mis huesos. El miedo a que esas oportunidades me cambiaran la vida, pues no quería; estaba satisfecha con lo que la vida me había dado y sabía que cualquier cambio lo estropearía, pero al pensarlo bien… ¡Yo había sido quién lo había estropeado todo desde un principio!

Lo único que le pedía a Dios era que todas aquellas personas a quienes había lastimado, pudieran entender mi cobardía, mi falta de valor, el por qué hui. Una persona como yo no estaba mentalmente capacitada para todo esto, y así lo demostré, derrumbándolo todo. Me dolía porque todos esperaban que madurara, que me comportara como una adulta y mientras yo lo intentaba, mi alma poco a poco se agrietaba y era solamente cuestión de tiempo para que se partiera en pedazos.

Tenía una decisión final hacia todos estos pensamientos: “No huir”. Y así lo iba a hacer, al menos a tratar. Lo primero que quería hacer era hablar con papá, pero eso sería posible hasta en la tarde. Luego, si podría, hablaría con mi madre, le pediría perdón y entendimiento hacía mí. Y por último hablaría con Martín, decisión no tan bien pensada del todo, pero quería sacar ese “alfiler” de mi pizarra de “pendientes”. Me abrumó el miedo por tal vez no querer saber lo que tenía que decirme Martín, o lo que pensaba, pero estaba segura que fuera lo que fuera, mi amor por Sebastián no cambiaría. En estos momentos era cuando él me tenía sujetada a la tierra, cuando más dependía de él. Y así como lo fui pensando, caí en un profundo sueño en donde dominaba la oscuridad. Tendida en el suelo frío respiré acompasadamente hasta la siguiente mañana…

La luz tenue entró por la ventana, haciendo que mis ojos se sintieran pesados, como si no hubiera dormido absolutamente nada. Desperté tendida en el suelo, tratando de respirar un poco antes de levantarme y sentía los ojos hinchados, supuse que había llorado hasta caer dormida. Me vi en el espejo de la puerta y lucía fatal: tenía un poco de máscara corrida por los párpados y los ojos hinchados como lo presentía. Tomé una toalla, aun no muy consciente de la hora, y me dirigí al baño para darme una ducha. En el pasillo me encontré a Julia y no fui capaz de sostenerle la mirada; tal vez era porque mi aspecto era del asco, o porque en realidad me sentía mal al haberla alejado.

-¿Cómo amaneciste? –preguntó ansiosa, casi ignorando lo de anoche.

-Cansada –musité.

-Te ves fatal –replicó en cuanto vio mi aspecto.

-Gracias –forcé una sonrisa –. Oye, lo siento por lo de anoche, es solo que yo…

-Tranquila –sonrió –entiendo que no querías ver a nadie y honestamente, me salvaste pues no tenía ninguna palabra de aliento adecuada.

Su sinceridad parecía avergonzarla, pero a mí me confortó.

-Oye, ¿y mi madre? –pregunté antes de cerrar la puerta del baño.

-No sé nada de ella –se encogió de hombros –, acabo de despertar.

-Está bien.

Me duché queriendo que las gotas quedaran impregnadas a mi cuerpo, que me relajaran no importando qué. Pero sabía que tenía que salir rápido, no tenía consciencia de la hora y todavía tenía que cepillarme el pelo. Salí y me vestí echando una última ojeada en el espejo de mi cuarto. Me sequé el pelo, alborotándolo un poco, pero me quedó esponjado, así que mejor me hice una cola de caballo. Bajé a trompicones las escaleras, con mi mochila en la espalda dispuesta a comer y, si podía, hablar con mi madre. Cuando llegué a la cocina solo me encontré a Lucía tostando un poco de pan.

-Buenos días –exclamó al verme.

-Buenos días –busqué con los ojos en toda la cocina, y no había señales de nadie –. ¿Y mi mamá?

-Sigue dormida –dijo ausente.

Metí el rostro entre las manos, quería echarme a llorar de nuevo, pero tenía que controlarme.

-Me contó lo que sucedió ayer –dijo tratando de empezar una conversación, y cuando saqué mi rostro de mis manos, tenía el suyo muy cerca del mío y sus ojos escudriñándome intensamente. Para evitar la incomodidad, miré hacia el reloj que estaba en la cocina y vi que era tarde.

-¿Esa es la hora? –exclamé mientras ella asentía.

Salí disparada tomando mis llaves de un jalón y saliendo a la carrera. Se me había hecho tarde y no quería retrasarme. Sentí un leve ardor en mi frente y cuando entré al auto, me miré en el retrovisor y noté que no me había puesto una gasa nueva en la herida de ayer. Sentía que la frente me palpitaba y me dolía, pero decidí mejor pedirle una gasa a Louis cuando llegara a la escuela.

Arranqué y traté de controlar un poco la velocidad. Llegué a la escuela más rápido de lo que creí y me dirigí a mi casillero. Luisa y Natalia estaban charlando armoniosamente y cuando me vieron se sorprendieron.

-Kate, creímos que no… –empezó Natalia.

-¡Dios Santo, Kate! –Exclamó Luisa –Tu herida está roja y…

-Lo sé, lo sé –exclamé un poco impaciente mientras abría mi casillero y dejaba mi mochila ahí. Tomé solamente mi libro de Biología y mi cuaderno y unos lápices –. ¿Han visto a Sebastián?

-Vi su auto –respondió Natalia –, pero a él no.

Honestamente no era que me preocupara en gran cantidad, pero quería saber en dónde estaba. Luego vino a mi mente que no tenía Biología con él, pero sí tenía uno libre así que podría verlo ahí. La herida me palpitó de nuevo, y recordé que tenía que ir a enfermería.

-Tengo que ir a enfermería –cerré mi casillero –, ¿las veo en Biología?

Ambas asintieron y me encaminé a enfermería, un poco presurosa. Mi mente estaba totalmente aturdida, no había logrado hacer nada de lo que quería hacer hoy. Primero quería hablar con mis padres, pero ni con mi madre había podido hablar en la mañana así que tendría que hablarle en la tarde, igual que con mi padre. Pero todavía quedaba un cabo suelto: Martín. Podría ir en su busca, pero mi corazón sentía que debía hacerlo sin que los ojos de Sebastián pudieran notarlo. Sí, era como ocultárselo, y honestamente no me sentía bien al ocultarle algo, pero tenía que investigar. Además, era información sobre Sebastián, información que, independientemente de si fuera real o no, tendría gran significado para mí.

Cuando llegué a la enfermería toqué y la dulce voz de Louis me indicó que pasara adelante. Abrí la puerta tímidamente y asomé mi cabeza.

-¡Querida! –Exclamó al verme, me haló hacia adentro y me abrazo –Espero no estés enfadada conmigo por lo de ayer.

-No, no –negué –. Igual, tendría que haberme topado con las preguntas de Sebastián luego de un tiempo y solamente me lo ahorró.

La verdad es que sí estaba un poco enfadada, sí ella no hubiera usado su “plan” para que Sebastián oyera nuestra conversación, no hubiera discutido con él, pero eso ya no importaba porque ya todo estaba bien.

-Me alegro mucho –sonrió cariñosamente –, pero esa herida no se ve muy bien, ¿te has puesto gasas?

-Sí –asentí –es solo que hoy salí demasiado tarde de la casa y no me dio tiempo para poder ponerme una limpia. Por eso vine aquí…

Y deje la frase en el aire en el mismo momento en que ella se levantó de su silla detrás del escritorio y corría hacia una estantería llena de cosas médicas.

-Siéntate y terminaré contigo en cuestión de segundos.

Y eso estaba esperando porque tenía que llegar a mis clases. Y así fue: Louis terminó más rápido de lo que cantaba un gallo, literalmente. Me ofreció un caluroso abrazo de despedida y me envió directamente a mis clases, con órdenes estrictas de no desviarme. Incluso si el obstáculo se llamara “Sebastián”. Llegué justo a tiempo y me senté en mi lugar dos minutos antes de que la maestra llegara.

Cuando entré, pude sentir la mirada fulminante de Jasmine perforando cada uno de los poros de mi piel. El resto de la clase, bueno a ellos no les importaba mucho qué me pasara o qué me dejara de pasar, así que estuve más que todo tranquila. La clase transcurrió con un aburrimiento de tamaño proporcional y mi menté divagó una que otras veces al tocarme la gasa. Mi maestra se acercó para darme una hoja que había entregado el día anterior y para desearme una pronta recuperación, incluso cuando le sorprendió verme en su salón.

Cuando la campana tocó, le pisé los talones a Natalia y a Luisa, quiénes iban para su casillero. Les pedí de favor que me dieran sus cuadernos de Biología y del resto de materias que compartíamos para poder ponerme al día, y lo haría en la hora libre. Sentí como mientras caminaba, Jasmine empujó mi hombro.

-Oye, ¿cuál es tú problema? –le gritó Luisa. Jasmine se detuvo, se giró, pero no regresó hasta nuestro lugar, permitiendo que todos los que estuvieran ahí escucharan.

-¿Por qué no le preguntas a tú amiguita? –soltó señalándome con su cabeza, se rió amargamente y caminó charlando con una compañera.

Ignoré su comentario y seguí mi camino hasta mi casillero, pero estaba cien por ciento segura de que ellas dos no dejarían el tema ahí. Abrí mi casillero y ellas hicieron lo mismo, en silencio. Era solo cuestión de tiempo para que…

-Enserio, no entiendo cuál es su problema –exclamó Natalia.

-Lo que no entiendo yo, es por qué razón tú no has hecho nada –sonó incrédula.

-Y no lo haré –repliqué mientras sacaba mi mochila y metía los cuadernos que me habían dado.

-¿Por qué no? –reclamaron al uniso.

-Porque no –respondí y al ver que ambas se disponían a refutar mi decisión –, y punto y final.

-¿Cómo vas a dejar que ella te trate así? –preguntó Natalia.

-No voy a dejar que me trate de ningún modo –cerré mi casillero –, ella está enfurecida porque Sebastián no le puso atención por ser inmadura y malcriada, y si me rebajo a su nivel sería exactamente lo que Sebastián detesta. Además, no hay nada más gratificante que tu rival sepa que eres feliz.

Y en eso tenía toda la razón. Jasmine estaba ardida, y le ardía verme feliz al lado de Sebastián, y que él también lo fuera a mi lado, por lo que me iba a limitar a ser algo totalmente contrario a ella. Les sonreí a ellas cuando empezaron a decir que si eso era un método de ver las cosas, no estaba del todo errónea.

-Tenemos que ir a Historia –dijo Luisa refiriéndose a ella y a Natalia –, a ti te veo en Química y a ti –se dirigió a Natalia de nuevo –, nos vemos en el almuerzo ¿les parece?

Natalia y yo asentimos y nos separamos, iba en camino a la clase del periodo libre. Tomé mi teléfono cansada de buscar con la mirada y le mandé un texto a Sebastián:

“¿En dónde estás?”

Lo envié y en cuanto levanté la vista, encontré mi primer cabo suelto del día: Martín estaba del otro lado del pasillo hablando con unos amigos y riendo a carcajadas. ¿Y si hablaba con él ahora? ¿Me consideraría muy impertinente? Bueno, no tendría que ir a soltarle mis suplicas para que me dijera todo lo que sabía, y tampoco quería parecer interesada.

“Voy camino al libre. Te veo ahí.”

Leí el texto de Sebastián como si fuera una señal, de que por lo menos tenía que saludar a Martín o algo. Hubiera dado lo que fuera por querer ver mi cara ante tal decisión, pero como impulso, empecé a caminar en dirección a Martín. Poco a poco, todos sus amigos cesaron las risas, menos él, quién por supuesto no me había visto. En cuánto me vio, dejó de reírse y puso cara de pocos amigos; no parecía tener esa expresión ayer en la cafetería.

-Nos vemos luego –exclamaron sus amigos y salieron casi huyendo cuando ya estaba justamente delante de él. Los seguí con la mirada ignorando el hecho de que estaban casi que huyendo de mí.

-¿Qué les pasa? –pregunté retóricamente.

-No sé –habló cortante.

Supuse que estaba molesto debido a mi ida fugitiva de ayer.

-Oye, solo quería pedirte perdón por… -comencé.

-¿Perdón por qué? –me cortó de inmediato, escrutándome los ojos con el ceño fruncido.

-Por haber reaccionado así ayer –admití un poco avergonzada –. No estaba teniendo un excelente día así que… lo siento.

-No importa –musitó.

Y su actitud no cambió. ¿Entonces por qué estaba enojado?

-Oye, ¿hay algo más que te molesta? –me atreví a preguntar.

-¿Por qué lo dices? –desviaba la mirada de vez en cuando, pero me miró a los ojos esta vez.

-No sé –solté intimidada por su mirada –. No eras tan rígido ayer…

Y, como un rayo, la expresión en su rostro cambió. De estar molesto y empurrado, paso a ser un rostro apacible y apenado.

-Lo siento –se disculpó –, es que…

-¿Es que, qué?

-Es que no me siento cómodo hablando contigo aquí, en la escuela –lo confesó en susurros, avergonzado por completo.

-No comprendo –era totalmente la verdad.

-Yo… –comenzó.

-¿Kate? –habló una voz detrás de mí. Me giré y vi a Sebastián, rígido y con cara de pocos amigos – ¿No dijiste que estabas ya en el salón?

Cuando habló, no despegó su mirada de Martín, mas este no despegó sus ojos de mí, mientras yo miraba a Sebastián, pues los sentía clavados en mi nuca.

-Nunca dije eso –escruté.

-Entremos –me rodeó los hombros y casi que me obligó a entrar. Intenté ver por mi hombro, pero solo pude ver a Martín de reojo, quién alzó una mano para despedirse de mí. Hubiera hecho lo mismo si en ese momento no hubiera entrado al salón, arrastrada por los brazos de Sebastián.

No dije ni una sola palabra, pero tampoco quería provocar pelea alguna. Le platiqué de todos los trabajos que tenía que hacer y me dijo que me podría ayudar. Me preguntó por mi herida, y medio jugueteó con la gasa que Louis había colocado con mucho cuidado. Estaba concentrada en la hoja de un escrito, cuando sentí su mirada en mi perfil. Odiaba cuando hacia eso porque no podía concentrarme, y siempre terminaba riéndome, y esta vez no fue la excepción.

Lo vi a los ojos y le sonreí, aunque en su respuesta fue algo tímido, o más bien: reservado. Seguí adelante escribiendo, pero aun sentía su mirada en mí. Usualmente, cuando hacia eso sabía que se debía a que sus pensamientos estaban divagando, y era un hecho de que en ese momento lo estaban haciendo, pero su rumbo era uno totalmente diferente.

-¿En qué piensas? – pregunté luego de tanta duda en mi cabeza.

-¿Estabas hablando con Martín Adams? –preguntó honestamente.

-Sí –admití mientras hacía como quien no quiere la cosa y volvía a mi libro de biología en busca de una página, obviamente lo hice para evitarme algo incómodo.

-¿Hablas frecuentemente con él? –volvió a tocar el tema de Martín.

-¿Eso era lo que tenías en tú mente todo este tiempo? –pregunté incrédula, aunque en realidad no lo estuviera del todo.

-No respondiste –se limitó a contestar.

Ahí se desvaneció mi sonrisa, y todo intento de bromear.

-No –respondí secamente –. Lo conocí ayer. Parece agradable, no sé la verdad… Me comentó que es compañero tuyo en algunas clases.

Me hice la vil y total vaca. Si iba a “investigar” necesitaba buscar información de ambos lados, si Sebastián se ponía tan nervioso ante mi amistad con Martín significaba que había algo, o hubo algo.

-Sí, en algunas –respondió ausente, garabateando en su cuaderno –. Y no es para nada agradable.

Cuando dirigí mi vista hacia él, noté que tenía aferrado el lapicero a su mano tan duro, que ésta casi se quedaba sin sangre que circular.

-¿Así? –Inquirí ignorando ese gesto – ¿Así es en todas las clases?

Y seguí buscando en el libro, “ausente”.

-No sé, la verdad… ni me interesa saber –su tono cambió y los vellos de los brazos se me erizaron –. Kate, no estoy muy seguro de que tu amistad con él sea buena idea… no sabes cómo es…

-Pues tú tampoco –trate de controlar mi tono, de no parecer tan a la defensiva de Martín –, ¿puedes dejar los celos a un lado?

-No son celos –sonó frustrado, como si yo no entendiera qué era lo que quería –, escúchame…

-Mira, si quieres que ya no me acerque a él, dímelo claramente –repliqué mientras empezaba a meter todo a mi mochila, un poco molesta, pero igual faltaban segundos para que la campana tocara de nuevo –, pero no dañes la imagen de un pobre muchacho solo porque sí…

Y me levanté, en parte para hacerlo más dramático: mala idea. Él se paró conmigo y, como era de esperarse, su altura lo hizo sonar más mandatario cuando gritó:

-¡Óyeme, Kate! –estaba casi furioso, sentía que los ojos se le iban a salir de sus orbitas. Me tomó de la muñeca con fuerza y no le importó que todo el salón nos estuviera viendo –Aléjate de él, ¿quieres? –Susurró –Hazlo por mí, ¿por favor?

Sonó absolutamente desesperado, contrariado y un poco exasperado. En ese momento, el maestro de turno llegó hacia nosotros y preguntó:

-¿Algún problema, señorita Johnson? –dijo con los anteojos cayendo por su nariz. ¿Era una broma? Sebastián me tenía sujetada a la fuerza, y su cara parecía de lunático, ¿y así se miraba algo bien? La campana sonó en ese mismo instante y me solté de Sebastián, enfurecida.

-No, ninguno señor –y fulminé con la mirada a Sebastián saliendo del salón, pero en la puerta él me llamó.

-Señor Anderson, ¿puedo robarle unos minutos de su tiempo? –pidió el profesor.

Sebastián maldijo por lo bajo y accedió a quedarse, se lo agradecí tanto y decidí no perder tiempo. Empecé a correr por los pasillos, sin aire, buscando desesperadamente el rostro de Martín. Encontré a uno de sus amigos en su casillero y corrí en su búsqueda.

-Oye –exclamé para llamar su atención.

Su cara se crispó un poco cuando me vio, pero lo disimuló bastante bien incluso cuando no me respondió.

-¿Me puedes decir en donde puedo encontrar a Martín? –cuestioné exasperada.

-¿A Martín? –Parecía incrédulo – ¿Por qué lo quieres ver?

-Eso no te importa –le corté con descortesía –, ¿me podrías decir a qué clase va?

Agachó la mirada, arrepentido de su decisión y habló:

-Está saliendo de gimnasia –musitó.

-Gracias –dije casi lista para echarme a correr.

-¡Oye! –Gritó este sujeto antes de que me fuera –Harías bien si no te involucras con Martín, digo… por su bien.

No entendí muy bien, pero no quería explicaciones. Salí corriendo hacía el gimnasio y me escondí en un pilar esperando a que saliera. Una bola de hombres salieron, todos apestosos a desodorante y de último iba Martín, iba platicando y riendo armoniosamente así que consideré dos veces lo que había planeado, pero enserio yo ya no podía esperar. Tan rápido como pude, lo tomé de la chaqueta y lo halé para el rincón del pilar, haciendo que quedara tan cerca de mí que tuve que contener la respiración, por instinto. Tenía sus ojos verdes tan cerca que si no hubiera estado tan decidida como estaba, hubiera jurado que la cosa hubiera terminado mal ahí.

-¿Qué te sucede? ¿Acaso estás…?

-¿Loca? –Terminé la frase por él –Sí, bastante.

-¿Qué quieres? –exigió saber.

-Necesito que me digas específicamente todas y cada una de las cosas que sabes de Sebastián Anderson…



-------------------------------------------

¡Feliz año, pequeños saltamontes! :D

Espero su 2011 no haya sido tan desastroso como el mío, y si lo fue tengan fe en que este será un mejor año. Qué mejor manera de empezar el año que publicando, en un símbolo de algo que haré durante todo este 2012 hasta que ustedes digan "Ya no quiero saber nada de esta aburrida historia", ahí es donde dejaré de escribir ;) Y ni ahí, solamente dejaré de publicar y eso.

Les deseo muchísimas bendiciones y una vez más gracias por este año tan hermoso que me dieron, aunque las entradas hayan sido pocas. Les agradezco de corazón, no saben cuanto.

Un minuto de silencio por quienes comienzan clases el viernes... OSEA YO. Juro que me quiero morir enserio.

Hablamos bien en la próxima entrada, porque ando de polizón en la compu de mi papá y ya me corre.

¡Besos y abrazos!


If you're gonna let me see the sun you set.