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lunes, 9 de julio de 2012

La verdad duele. Cap. 20


Me puse un alto a mis pensamientos, esto estaba tan mal. Yo quería con mi vida a Sebastián, y nadie tenía que cambiarlo. Nadie. Si era cuestión de elegir, elegía a Sebastián… por sobre muchísimas cosas.
Mi corazón se acongojó ante esa decisión… ¿Era una decisión? Y si lo era, ¿había decidido bien? Era tonto que en realidad alguien apareciera y me hiciera olvidar por lo que había luchado tanto tiempo. No quería perder a Sebastián, no lo quería hacer.
Entré y cerré la puerta, apoyándome en ella, cansada. Pero el olor a comida me invadió y mi estomago rugió, últimamente había estado comiendo demasiado. Llegué hasta la cocina y Sebastián estaba abriendo un empaqué de arroz chino, el cual era mi favorito. Me encantaba la idea de que me lograra complacer solamente con comida.
-¿Ya almorzaste? –preguntó en cuanto me vio.
-No –mentí.
-Traje tu favorito –dijo mientras servía dos cucharadas de arroz en cada plato.
-Lo sé –hablé mientras lo miraba fijamente.
-¿Qué? –preguntó gracioso.
-Nada –respondí, mientras caminé lentamente hacia él y simulaba buscar algo de tomar. Me acerqué a él y lo abracé por detrás. Torné mis brazos a su cintura mientras él se exaltaba; lo estreché tan fuerte hacía mí y apoyé mi cabeza en su espalda, cerrando los ojos, mientras él seguía sorprendido.
Dejó todo en donde estaba y se dedicó a acompasar su respiración, lo pude sentir en su pecho. Poco a poco giró sobre sí, pero no aflojé los brazos ni un poquito. Aun con los ojos cerrados, él me rodeo la cintura y yo apoyé mi cabeza en su pecho. Su respiración me mantenía alejada de cualquier pensamiento, pero sentí cuando el apoyó su barbilla en mi coronilla.
Y nos quedamos así como estábamos, en silencio, quietos y aún así, conectados por nada más que un abrazo. Pero para mí era suficiente.
-¿Kate?
-No –respondí. No sabía qué era lo que diría, pero no quería que nuestro momento se arruinara. Había llegado a la súbita conclusión que me dedicaría a él en todos los sentidos posibles. Y me dedicaría a ser feliz, y si mi distanciamiento era lo que lo hacía a él alejarse aún más, iba a hacer todo lo posible por acortarlo.
-¿Me vas a dejar decir algo? –preguntó irónicamente.
-No –repetí.
- ¿Puedo al menos intentar algo?
-¿Qué? –la curiosidad me ganó. Saqué el rostro de dentro de su pecho y lo miré a los ojos, y me arrepentí. Me miraba de esa manera que yo tanto adoraba: cada vez que lo hacía, parecía que sus ojos se volvían más grandes; tenía un brillo peculiar en ellos y parecía que dijeran millones de cosas a la vez.
Su mirada me sonrojo y sonreí por naturalidad. Sonreí como solía sonreír cuando estaba con él; sonreí porque eso era lo que sentía: Felicidad. Y él seguía sin decir palabra alguna, pero en estos momentos las palabras sobrarían. Besó mi coronilla lentamente haciendo que electricidad corriera desde ese punto hasta la punta de mis dedos; besó mi frente haciendo que mi cuerpo se estremeciera; besó mi nariz causando cierta gracia en mí y haciendo que riera; besó mi mejilla, haciéndome saber su siguiente parada; besó mis labios tan delicadamente que parecía que no era él, movió sus labios acompasados a los míos mientras me acercaba más a él.
Llevé mis manos instintivamente hacía su pecho, torneando sus hombros y rodeando su cuello de último. Me paré de puntitas puesto que de por sí él ya era bastante alto, y mis labios querían más. Enredé mis dedos en su pelo, acercándolo aún más a mí, mientras sus manos ardían en mi cintura. Pero de la nada, soltó mis labios haciendo que se desvaneciera en el aire toda sensación de satisfacción que pudiera tener, al ser cortada tan rápido. Cuando abrí los ojos y lo vi, supe que su respiración no era acompasada, aún seguía unido a mí en nuestro abrazo, pero su mirada era preocupada.
-¿Qué tienes? –mi mano fue directamente a su mejilla, en un modo de tranquilizarlo. Él la aprisionó entre su mejilla y su hombro, en una manera de no querer soltarme.
-Recuerdas que yo… que yo no quiero hacerte daño, ¿cierto? –soltó con tono tímido.
-Sí, pero no veo que tiene que ver eso con…
Me corté. Había algo en mi cabeza que sabía que también estaba en la suya, pero la diferencia era que a él lo estaba atormentando de una manera increíblemente perspicaz. Me deshice de su abrazo y me alejé de él, aún no muy segura de a qué se refería. Su mirada era culpable, y no se mostro reacio a que me alejara, es más, parecía como si lo entendiera. No lo vi a los ojos, le di la espalada cuando hablé.
-¿Qué… qué quieres decir? –me abracé a mi misma porque de la nada parecía que la habitación se hubiera inundado de una brisa terriblemente fría.
Silencio. Me desesperé de tal manera que me volteé con brusquedad para buscar respuestas en su mirada, y lo único que encontré fue dolor en ella.
-Responde.
-Yo... –a leguas se notaba que estaba teniendo una pelea consigo mismo, para no hablar… para no hacerme daño –, recuerdas el Spring Break, ¿cierto?
-Sí, pero… -y supe por donde iba –. ¿Otra vez con eso, Sebastián?
Torcí mis ojos debido a la desesperación y subí las escaleras. A estas alturas no sabía si me seguiría, pero no me importaba. Entré dando un portazo en mi habitación y dirigiéndome hacia la ventana. Las lágrimas corrían por mis mejillas y no me moleste en limpiarlas en cuánto oí que la puerta se abría.
-Kate.
-“Kate” ¿qué, Sebastián? ¿Qué? –no me gire para verlo. La voz me fallo al sonar quebradiza, pero le daba más drama a la situación.
-Tienes que entenderme, por favor –pidió con voz sublime.
-Sí, te entiendo –dije y me giré esta vez para verlo a los ojos cuando hablara –, pero ¿quién me entiende a mí? ¿Ah?
No dijo nada.
-No puedo besarte, no puedo siquiera acariciarte porque tienes miedo –y lo dije. Dije lo que había estado en mi mente cada vez que se repetía una situación como la de la cocina –. Entiendo que la noche del Spring Break haya sido una que no quieras recordar, pero yo te perdone, Sebastián. Te perdoné y acepte tenerte en mi vida. No sé si tú ya te has perdonado, pero parece que no.
Lo vi fijamente a los ojos, y su expresión parecía dolida, pero al mismo tiempo yo sabía que él ya sabía todo lo que le estaba diciendo, y que era solamente cuestión de tiempo para que yo explotara. Lo supo todo este tiempo.
-Sebastián, yo… -hablé no sabiendo qué resultado tendrían mis palabras –yo te quiero. Te quiero más de lo que en realidad imaginé hacerlo, pero todo esto me está volviendo loca. Tú sabes más que nadie que con respecto a tu “miedo” de hacerme daño, yo… Bueno, aún no estoy lista para “eso” –articule las comillas en el aire –, pero no puedo acercarme a ti por miedo a que me alejes, por lo mismo.
Él se acercó a mí, esta vez a paso seguro. Cuando estuvo enfrente mía no habló, solamente se limitó a verme a los ojos.
-No quiero que me alejes –susurré mientras agachaba la cabeza y la apoyaba en su pecho –. No quiero.
Rodeó mis hombros tratando de consolarme.
-Y quiero que entiendas –saqué mi cara de su pecho y vi sus ojos de nuevo –que confío en ti. Sé que nunca me harías daño. Y con respecto a “eso” –bajé aún más la voz –, créeme que te diré cuando esté lista.
Sebastián no hizo más que reír y abrazarme con ternura. Podría decir que estaba un poco desilusionada, también quería saber qué era lo que él pensaba.
-Tienes razón –tomó mi cara entre sus manos –yo nunca te haría daño.
Y me besó. Pero era un beso muy diferente a los demás besos que me había dado, era como un beso más libre. Sus manos bajaron hasta mi cintura mientras mis brazos aprisionaban su cuello. Se sentía bien que al fin los dos sintiéramos lo mismo, y de la misma manera. De pronto, él se sentó en la cama haciendo que su estatura no me incomodara. Al ver que sentado era casi de mi misma altura, rió. Me retiré de él porque no quería que se riera de mí, pero aún seguía atada a su cuello.
-Gracias –musitó mientras tomaba una de mis manos de detrás de su cuello y jugaba con ella.
-¿Por qué?
-Por todo esto –habló aún con mi mano entre las suyas, pero mi mirada escrutaba su rostro –. Me refiero a que, si no me quisieras de verdad, solamente tendrías que terminar conmigo para que todo esto acabara.
-Pero la diferencia es que sí te quiero –dije mientras besé sus labios tiernamente.
-Por eso –insistió –, gracias.
Sonreí de la manera más natural posible en que alguien me hubiera hecho sonreír. Sebastián era todo lo que alguna vez había pedido, y era mucho más de lo que alguna vez podría tener. Jugueteó con mi mano que tenía entre las suyas y luego, la besó. Me miró sonriendo y, cuando quiso volver abrazarme, toco un nervio en mi estómago que hizo que me riera. Me miró sospechosamente, pero nunca le había dicho que tenía cosquillas.
Y me atacó, empezó a hacerme cosquillas y no podía hacer otra cosa que reírme. Y él también reía, todo esto le causaba diversión. Era algo así como un ataque de caricias y cosquillas, aunque de igual manera me encantaba que él fuera así. Cuando le di a entender que ya era suficiente, se sentó en el suelo recostando su espalda en la pared e hizo un ademán con la mano para que me sentara a su lado. Y lo hice. Me senté a su lado cruzando las piernas y tomé su mano entre las mías. Apoyé mi cabeza en su hombro y nos quedamos en silencio por unos minutos.
Y una chispa saltó. Ese momento, así como estábamos, sin decir nada… era el momento más perfecto que había tenido con él. No nos estábamos besando, ni estábamos peleando; estábamos sentados, el uno al otro… como se supone que debe ser. Teniendo en cuenta que yo lo quería a él por sobre todas las cosas y sabiendo de por sí que él me quería, y que no me haría daño. Cerré los ojos, en paz conmigo misma… feliz.
Y todo se estropeó cuando habló.
-¿Sabes? He estado considerando la idea de que conozcas a mis padres.
Y el balde de agua fría cayó. Yo no estaba lista para eso, no estábamos listos para eso. Me helé por completo del miedo, no por el temor de ya tener algo “formal”, sino que a veces no causo una muy buena impresión. Traté de disimular mi tono de voz, pero aún así me cuerpo se había puesto rígido y sabía que él había podido sentirlo.
-¿Y eso como para qué? –pregunté como quien obviamente no quiere la cosa.
-Quiero que ellos te conozcan –habló con toda la naturalidad que podría tener –. Mis hermanas no dejan de fastidiarme con que ya es hora de que te lleve a la casa.
-Yo… no creo que sea buena idea.
-¿Por qué no? –Inquirió –Conozco a tu mamá y a tu papá, a tu padre no en los buenos términos que quisiera, pero los conozco. Conozco a toda tu familia, y quiero que tú conozcas la mía.
Tomó mis manos esta vez entre las suyas y me observó mi rostro, mientras yo seguía viendo al vacio en línea recta.
-¿Cuándo?
-Mañana –soltó la palabra naturalmente, me atrevería a decir que incluso alegre.
-¿Qué? –fue exactamente la única palabra que pude articular que no incluyera histeria o algo así –. Será una sorpresa para ellos, así que mejor…
-Oh no, ellos ya lo saben –otra vez su tono relajado, cuando yo por dentro quería gritarle –. Lo vienen planeando desde hace una semana.
-¿Y por qué narices no me dijiste antes? –pregunté con tono  un poco alterado. Me pare y me senté en la cama, quería al menos ver su cara de indiferencia.
-Porque… -se detuvo –porque no estaba seguro de si llegaríamos a estar juntos para ese día.
Dejó la frase flotando en el aire y a mí con más dudas de las que alguien debería.
-Me refiero a que estábamos tan distanciados que creí que, tal vez… era el final.
Se paró y se arrodillo enfrenté mía, para alcanzar mi estatura y poder verme a los ojos.
-Ya hablé con tu mamá para pedirle permiso, y dijo que sí –sonrió como niño travieso.
-¿Cuándo hiciste todo eso? –pregunté cuestionándome si en realidad él era aún más listo de lo que pensaba.
-Eso no importa, lo que quiero saber es si quieres ir.
-Está bien, si eso te hace feliz…
-No –me interrumpió –. No quiero que vayas porque me hace feliz, y te llegues a sentir incómoda o algo.
-Voy porque quiero –dije mientras le daba un beso en la frente y me paraba para ir al baño. El se retiró y se abalanzó sobre la cama haciendo muchísimo ruido.
Cuando entré al baño, me vi en el espejo y estaba más pálida de lo normal. Me solté el cabello para disimularlo un poco y regresé a mi habitación. Sebastián estaba acostado boca abajo jugando con algo que había encontrado en mi buró.
-Está bien –dije para llamar su atención –, si quieres que vaya, mejor recuérdale a mi madre porque si le recuerdo yo, me mandará por donde vine.
-De eso no hay problema –aseguró con voz altanera –, y hablando de tu madre –se paró de la cama de un salto –, mejor me voy antes de que me encuentre aquí. Yo la llamo luego.
Baje con él hasta el primer piso, y realmente no quería dejarlo ir. Me dijo que me dejaría la comida china para que cenara, lo cual me enterneció. En todo lo que bajamos, tomé su mano y en realidad me aferré a ella como si fuera mi última esperanza de vida, mi salvación. Ya en la puerta, él lucho consigo mismo poder para irse.
-Kate, en realidad me tengo que ir –dijo con voz queda.
-Lo sé –dije sin soltar su mano.
-Pero sabes que no quiero, ¿verdad?
-Eso también lo sé –sonreí y lo besé en los labios, en despedida.
-Te llamo más tarde –me aseguró, y solté su mano.
Cerré la puerta, apoyándome en ella mientras cerraba los ojos y me deslizaba hasta llegar al suelo. No sabía qué hacer ya que Sebastián se había ido, la casa se miraba tan vacía. Y luego, apareció en mi cabeza una persona a quién había dejado afuera durante toda mi tarde.
Martin.
¿Y ahora qué? No me podía dar el lujo de recurrir a Martín cada que Sebastián se iba, no lo iba a tomar como segunda opción; eso era cruel e inhumano. Pero no podía evitar pensar en él, en la figura de su espalda alejándose y en todo lo que pudo haber pasado por su mente al ver lo que había visto con Sebastián y yo.
Tamborileé los dedos sobre el suelo mientras decidía si hacer lo que tenía pensado o no, pero decidí que algo era mejor que nada. Me levanté, metí la comida a la refrigeradora y me preparé para salir. Caminé hasta la banqueta y comencé a caminar hacia el pequeño letrero que leía “Café” al final de la cuadra. No sabía si Martín estaba ahí, pero estaba dispuesta a correr ciertos riesgos.
Cuando entré, la cafetería estaba medio llena, aunque bastante para cualquier día normal. Claro, era viernes y cualquier centro social se llenaba. Me senté en el último asiento de la barra y pensé en si era una buena idea ir, aunque ya estaba ahí. De pronto, el mismo chico que me atendió en aquella cafetería y el mismo que me dio el papelito con las palabras de Martín, se hallaba parado del otro lado de la barra.
-¿Qué deseas…? Oh –exclamó al verme –. ¿Tú?
-¿Yo? –pregunté.
-¿Tú eres la amiga de mi hermano? –preguntó curioso.
-Eso depende, ¿quién es tu hermano?
-Martín –habló como si realmente lo admirara.
-¿Eres hermano de Martín? –pregunté atónita. ¿Martín tenía hermanos? Eso era algo que no me había dicho… Tampoco era como si habláramos mucho.
-¿Qué te acabo de decir? –preguntó con sarcasmo.
Me reí ante su comentario y el también.
-¿Cómo te llamas? –preguntó de nuevo, sin ningún rastro de sarcasmo en la voz.
-Kate, ¿y tú?
-Scott –me ofreció su mano en un cortés saludo y luego sonrió. Realmente se parecía bastante a Martín, por esa sonrisa suya, no sabía cómo no lo había descubierto antes –. ¿Te ofrezco algo de tomar?
-Claro, un Caramelo Macciato, por favor –sonreí.
-En seguida –dijo y corrió hacia lo que parecía la cocina. Luego de varios minutos, regreso con una taza humeante directa hacía mí.
Scott atendió a varios clientes que se acercaron a la barra a ordenar algo, yo disfruté tanto mi café que no sentí cuando la taza ya estaba vacía. Saqué mi billetera para poder pagar el café, pero una mano tenía delante de mí un billete plegado. Cuando me volví para ver su rostro, Martín sonrió vagamente. Sentí un retortijón de culpa al ver sus ojos de nuevo.
-¿Qué te trae por aquí? –preguntó enarcando la ceja. Su voz no había destilado ni una sola gota de reproche ni de sarcasmo.
-Vine por un café –admití sacando un billete y deslizándolo sobre la barra y empujando su mano a propósito. Él sonrió y alzó las manos en signo de derrota. Me reí hacia tanto drama.
Tomó asiento a mi lado y traté de no tener contacto visual con él. Estaba cien por ciento segura que él había visto a Sebastián cuando entró a mi casa, y lo que había pasado antes, y no quería tocar ese tema. Sentía que él sería capaz de leer mis ojos, de saber que me sentía culpable aunque no tendría por que sentirme así por ningún motivo.
Pero lo notó sin siquiera verme a los ojos.
-¿Por qué tan callada, Kate? –inquirió.
-No lo estoy –mentí; cuando vi a Scott a lo lejos, se me ocurrió algo para cambiar de tema –. Nunca me dijiste que tuvieras hermanos.
-Nunca me preguntaste –respondió sarcásticamente.
Me acomodé raramente en la silla, pero Martín creyó que me iba a ir, y me haló de la muñeca derecha antes de decir:
-Está bien, ¿qué quieres saber de Scott? –persuadió. – ¿Su segundo nombre? ¿Su fecha de nacimiento? ¿Color favorito, tipo de sangre? –bromeó.
-Sabes que no me refiero a eso –sonreí por sus comentarios.
-Lo sé –esta vez habló con cierta tristeza -. Tengo dos hermanos. Scott es el menor, y Lucas, el mayor, está casado y tiene familia. Yo soy el mediano. Pero Scott…
Y no terminó la frase.
Me preocupé, porque de todo lo que llevaba conociendo a Martín, que no era mucho tiempo, no lo había escuchado tan nervioso.
-¿Scott...? –por un lado, me pregunté si era correcto insistir, pero si él decidía no hablar, ya era cosa suya.
-Él… él está enfermo –las palabras que salieron de su boca me parecieron tan irreales; el tono de su voz destilaba dolor, pero a la vez ese sentimiento que evitaba por completo la resignación… ¿Esperanza? No sabía lo que era, lo único que sabía era que él aún no quería creerlo. A juzgar por ese tono, tenía por seguro que no se trataba solamente de una gripe.
Giré mi cabeza para buscar a Scott por en medio de la multitud, queriendo ver su rostro una vez más y que no fuera muy tarde. Estaba en un rincón, atendiendo a un par de chicas bastante atractivas. Pude oír que les hacía varios complementos, y lo pude ver sonreír. Sus dientes blancos iluminaron su rostro, cualquiera que lo viera pasar diría que no estaba enfermo de tal gravedad, teniendo en cuenta que a este punto no sabía qué era lo que tenía.
-Si prefieres, no me digas… –insistí. No quería saber más, y esa era la verdad.
-No, te lo diré –no estaba muy agradecida con él respecto a eso –. Digo, sinceramente me haría bien hablarlo con alguien.
No podía refutar eso, así que, por más que mi verdad fuera no escuchar sobre la enfermedad de Scott, quería apoyar de corazón a Martín.
-Scott tiene un tipo de distrofia muscular llamada Duchenne. Es hereditario, supongo, porque mi abuelo lo tenía y no estoy seguro de mi padre lo tenga también –se miró las manos un poco inquieto, sabía en qué estaba pensando: le preocupaba que él también tuviera esa enfermedad.
-¿Tu abuelo la “tenía”? –remarqué la última palabra dándole a entender mi pregunta.
-Murió –soltó con tono duro.
-Pero no por causa de la enfermedad, ¿verdad? –pregunté.
Silencio.
-¿Martín? –Dije su nombre con la esperanza de que supiera que, aunque no lo creyera, a mí también me estaban doliendo sus palabras. Saqué conclusiones en la cabeza y me cuestione solamente una cosa –: Martín, ¿la enfermedad de Scott tiene cura?
Silencio.
-¡Martín! –Exclamé casi en llanto –Dime que su enfermedad tiene cura –susurré para que no se notara el quiebre de mi voz, pero fue en vano cuando él seguía viendo al piso –. Dime la verdad.
Quería la verdad.
-No.
Pero a veces la verdad duele.
Una palabra; dos sílabas. Un dolor en el pecho punzó dentro de mí, era raro ya que yo no había entablado ninguna relación con Scott, pero su apariencia y su forma de ser a primera vista, denotaban que era una persona llena de vida… y que todo lo contrario era algo imposible para él.
La emoción me embargó. Lo que fuera que haya sido ese sentimiento, me abrumó por completo. En ese preciso momento, Scott se acercó a mí y cuando habló me hizo apreciar su voz como era en realidad: era baja, como la de un niño que recién cambió de voz, tenía un tono ligero y una manera tan extraña de pronunciar las “s”.
-¿Te puedo ofrecer algo más? –sonrió y un poco de su pelo cayó sobre su frente.
En cuanto lo vi, quise gritar… quise llorar, quise gritarle al mundo y cuestionarle por qué estaba haciendo esto con Scott.
-No, gracias –apenas logré articular. La vista se me nubló y temía romper a llorar en cualquier momento –Me tengo que ir.
Salí a zancadas del lugar cuando una lágrima rodó por mi mejilla. No me detuve a ver el rostro de nadie, mucho menos el de Martín. Me acababa de alejar de la cafetería, cuando alguien me haló por la muñeca. Me exalté, pero a ese punto ya tenía los surcos de lágrimas marcados en mi rostro.
-No puedes hacer eso –me recriminó Martín un poco molesto, pero cuando notó mis lágrimas, dulcificó su tono –. Me refiero a que, a Scott no le gusta ser tratado de una manera especial… él cree que es por lástima.
Había llegado a un punto en donde era inevitable negar mi llanto, y Martín me rodeó con sus brazos por los hombros. Y rompí a llorar. No entendía muy bien por qué, y Martín tampoco, al juzgar por lo que dijo:
-¿Por qué lloras, Kate? –acarició mi cabeza con una mano.
-¿Por qué, Martín? –Le devolví la pregunta entre sollozos – ¿Por qué a Scott? No lo conozco, no sé cómo es, e incluso es loco que este en gran llanto por tu hermano… pero me parece muy injusto.
Estaba furiosa con todos, con la vida, con las personas… con todos.
-Llorar no soluciona nada –susurró. Noté que estábamos a mitad de la acera, y la gente nos rodeaba al pasar –, pero me enternece que llores por mi hermano, quien es un desconocido para ti.
Me sonrío amargamente, mientras trataba de encontrar algo bueno en todo esto. Me deshice de su abrazo para poder verlo a los ojos.
-Tu hermano no se merece esto –dije con tono firme y certero, lo cual me sorprendió ya que hace dos segundos estaba llorando desconsoladamente.
Los ojos de Martín se llenaron de lágrimas y toqué tu mejilla con mi mano, en signo de consuelo y de apoyo. Ahora y para todo lo que me necesitara.
No sé cómo fue que nos despedimos ese día, pero el camino de regreso a mi casa fue bastante difícil. Traté de no pensar en Martín, pero pensaba en Scott… en esa vida tan larga que tendría la oportunidad de vivir, pero que no lo haría. Tenía tanto por experimentar, por arriesgar, por sentir… Era muy injusto que simplemente por azar del destino alguien con tan agradable alma se vea visto de un infortunio así.
La expresión de Martín al confesar ese gran dolor que llevaba dentro quién sabe cuánto, puesto que me había dicho que necesitaba hablar de eso con alguien, me sorprendió también. Verlo tumbado en vida por el dolor, y tratar de disimular solamente porque su hermano quiere ser tratado de la manera en que trata a todos… que es como Scott debería ser tratado desde un principio.
Y mis lágrimas sin explicación me inundaron aún más. No sabía la razón certera del por qué llorar así por alguien a quién no conocía bien, era ilógico más bien. Pero la noticia, el modo en que Martín me lo dijo fue bastante impulsivo para mis lágrimas.
Saqué las llaves del bolsillo del suéter y trate de quitar todo rastro de agua en mis ojos, aunque fue en vano porque los tenía hinchados. Abrí la puerta y cuando la cerré, solté un suspiro. Era simplemente demasiado para un simple día.
Y todavía no había acabado.
Cuando me giré para la sala, la luz ya estaba prendida. Mi madre estaba sentada en el sillón que daba de cara hacia la puerta con una taza de té en la mano, y alguien estaba en el sillón que daba las espaldas a la puerta.
-¿Mamá?
Y de pronto la persona que estaba en ese sillón, se giró.
Se me fue el aire de los pulmones en cuanto vi a mi padre sentado, con su sonrisa usual.
-Hola, Kate.











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-sigh- too much drama in this chapter. 
Y sí, demasiado para mí... nunca había escrito ningun capítulo tan dramático.

Ok, antes de que salga con antorchas y todo el bochinche, les pido perdón por mi, otra vez, ausencia. Tareas, vacaciones, mi cumpleaños, regresar al colegio... demasiado. -uy sí-. Pero ya volví.

Fingí demencia toda la tarde para poder terminar el cap, le dije a mi madre que estaba haciendo tarea -ñaña-. 
Bueno, este cap me gusto, realmente es algo que no escribo seguido (drama), pero me gusto en parte. Es interesante saber cuales son las reacciones de las personas ante el dolor o ante la idea de éste, no sé que pabadas digo.
Hice un poco de investigación hacia la enfermedad mentada en este cap, así que no se crean que es inventada porque sí existe...
También estoy llegando a un punto de la historia en donde cada cap es como Pretty Little Liars... -cara de "ohporDiosnomelocreo"- jaja o algo así.

Bueno, deseenme suerte para todo este semestre, recién empecé hace una semana y ya quiero vacaciones. Pero es parte de mi día a día. 
Una vez más, y como lo digo en cada publicación, las amo infinitamente. Porque ustedes y mi perrita, a diferencia de mi ex, son las personas más fieles que conozco. Ja.
-Un beso enorme para cada una, las mejores de las suertes en todo lo que hagan, y prometo publicar pronto.

Comenten también. :* 

I'll be true to you, no matter what you do.

viernes, 27 de abril de 2012

Si es cuestión de elegir... Cap. 19


El papel, escrito con la letra pulcra de Martín había acabado con todos los restos de buenas cosas que sentía el día de hoy. Una lágrima se fue rodando lentamente por mi mejilla hasta tocar su punto final en mi barbilla…
Oculté la cara entre las manos por temor a que mi expresión pudiera delatar cuánto daño me habían hecho esas palabras. Ordené una botella de agua pura, siempre lo hacía cada vez que estaba a punto de llorar. Me tomé un cuarto de la botella de un solo trago y traté de ordenar mis sentimientos. Había huido, literalmente, del departamento de mi padre para tratar de solucionar algo que yo sabía que no tenía solución; le había fallado a Martín, en todas las maneras posibles sin contar que Sebastián no sabía nada sobre lo del café y no me convenía que lo supiera.
Ahogué todas mis penas con otro trago de agua, en mi cuerpo sentía que necesitaba algo más fuerte que eso, pero no me podía dar ese lujo… no ahora. Salí del café y me dirigí con paso diligente hacia mi casa, pensando cómo diablos se lo iba a explicar a mi madre. Entré por la puerta y me encontré con lo que realmente estaba esperando: mi madre estaba sentada en un sofá que ella misma había acomodado de manera en que le diera la cara a la puerta. Supe que, al verme, no se esperaba una expresión tan demacrada en mi rostro como la que supuse que tendría. Me limité a entrar tímidamente a la sala y ella escrutaba mi rostro tratando de mantenerse seria.
-¿Algo que quieras decir en tu defensa? –interrogó.
Negué con la cabeza. ¿Qué le diría? La verdad era que, aunque hablara, no tendría excusa suficiente ni en un millón de vidas, no desde su perspectiva. Las acciones que me llevaron a dejarlos solos en ese departamento no tendrían justificación… ni aunque lo que intentara hacer me hiciera sentir mejor persona.
-Nunca pensé que podrías hacer eso, Kate. Tu papá en serio contaba con esa cena para hablar, para aclarar las cosas. Y tú, lo alejas de ese modo –sus palabras ardían de un modo tan corrosivo que sentía que cada uno de mis órganos pronto no serían más que ceniza. Y mi orgullo estalló, tanto así que decidí tragarme las lágrimas que sentía que pronto se desbordarían por mis ojos. Me hice un ovillo mental, una especie de escudo ante aquellas palabras que tenían un  corte más profundo que el de una espada recién envainada. Fui alejándome poco a poco de la realidad hasta que mis oídos lo único que podían escuchar era un silencio tranquilizador, que me susurraba que debía afrontar lo que fuera, pero con la cabeza en alto. Cuando lo comprendí, salí de mi ovillo para toparme con las duras palabras de mi madre, esta vez más fuertes que antes –. No pensé que llegaras a ser tan egoísta, yo no te crié así…
Estaba tan cansada de ser yo la mala siempre, y de que en ningún caso me dejaran por lo menos explicar mi versión de la historia. Me limpié una lágrima que rodaba por mi mejilla con la manga de mi suéter, mientras dije:
-¿Algo más que desees agregar? –repuse, molesta ya que sentía que mi opinión no sería escuchada, pero no porque no se me haya dado la oportunidad, sino porque la conozco y pensaría que todo esto es tan absurdo.
-No –contestó en seco –. Te puedes ir.
Asentí y subí a mi habitación. Me topé con Julia cuando iba a entrar al baño, y me hizo señas para que no hablara ni una sola palabra. Recordé que todo este asunto de la cena con Stuart era su culpa, o al menos había sido cómplice.  La fulminé con la mirada, pero noté que no era capaz de defenderse con palabras ahí afuera, así que la empujé a su cuarto.
-Tienes cinco segundos para defenderte –hablé sentándome en su cama, mientras hacía acto de “ofendida”.
Y empezó a hablar. Habló de cómo mi mamá le había pedido favor de que me llevara al departamento de Stuart, y que ella no tenía idea de que iba a terminar tan mal, pero lo asumió al ver la expresión en la cara de mi madre cuando llegó de una reunión sobre la universidad. Y al oír lo que acabábamos de discutir, asumió que yo debería haber hecho algo bastante malo, así que me interrogó.
-No creo que en realidad valga como una excusa –repuse mientras me dirigía hacía su ventana, solamente para disimular la dejadez en mi voz y la nostalgia que despedía.
-Oye, no eres cobarde como para huir –me causó risa la ironía de su comentario. Se acercó hacía mí, esperando en silencio.
-Quiero creer eso –susurré –, pero a veces ya no sé qué es lo que creo.
-¿Qué es lo que quieres decir?
-Planté a Martín. Y por eso huí del departamento de mi padre –me paré en seco para corregir esa frase –, no huí precisamente.
-¿Martín es ese chico que conoce a Sebastián de algún otro universo paralelo? –cuestionó.
-Se podría decir.
-Pues qué pena que hayas hecho eso, Kate, pero tú no podrías haberlo planeado –me justificó.
-Lo sé –dije con un hilo de voz –, pero presiento que me no me creerá.
-Razones suficientes tenías, Kate –habló viendo a algo más allá del horizonte que teníamos en frente de nuestros ojos –. Ofrécele una disculpa sincera, cuéntale la verdad obviamente… Y si no te cree o no te perdona, simplemente es una persona que no merece estar en tu vida.
Sus palabras me calaron en los huesos. Era totalmente cierto lo que estaba diciendo, y no había que quitarle que mi deber era disculparme. Aún así no sabía por qué me sentía como si fuera mala persona.
-¿Y considerarías que fuera mala idea contarle todo esto a Sebastián? –pregunté cómo quién no quiere la cosa.
-¿No se lo has dicho? –preguntó atónita.
-¿Y cómo? Ellos apenas y se soportan en pintura –torcí los ojos porque estaba harta de guardar ciertas distancias.
-Tienes razón –acordó –, pero Sebastián por lo que sea, es tu novio; sin embargo, Martín es un muchacho a quién acabas de conocer, y no sabes si es bueno confiar en él.
Asentí más para mí misma.
-A menos que… -se interrumpió con un abrupto silencio.
-¿Qué?
Nada. No decía nada, se quedó mirando fijamente el suelo y cuando por fin me vio, sus ojos denotaban cierta excitación o emoción.
-¿Qué? –volví a preguntar, tomándola por los brazos temiendo que se desplomara.
-A menos que… –repitió – a ti te guste él.
Su idea era realmente tonta, era imposible que a mí me gustara. Solamente lo encontraba interesante y había algo realmente extraño que nos unía, si es que así se le podía decir: Sebastián. Por él era todo este asunto, así que era loco que a mí me gustara un sujeto que se lleva las riñas con alguien a quién amo.
-Necesito saber qué fue lo que fumaste –dije en tono serio, pero terminé riéndome mientras ponía mi mano en su frente para fingir que tomaba su temperatura dramáticamente.
-¡Oye! –se sacudió mi mano y yo reí.
-Por favor, Julia –exclamé mientras me tumbaba en su cama –, eso es realmente…
-¿Tonto? –preguntó.
-Ridículo –acordé –. Yo quiero a Sebastián, más que a nada en este mundo.
-Pero por Sebastián conoces a Martín –hizo una pausa –, y saliste corriendo del apartamento de tu padre para ver si el todavía estaba en la cafetería. Todo tiene sentido.
-Sí, si eres una loca maniática –se acercó a la cama, pero me limité a mirar al techo –. Corrí porque… por raro que suene, quiero mantener una amistad con él.
Julia enarcó una ceja. Me levanté sobre un codo para verla.
-Es en serio –repuse, aunque me reí y no pareció muy convincente –. Piénsalo así: me conviene –las palabras que repuse eran solamente para callar a Julia, no tenía ganas de explicarle por qué en realidad quería seguir manteniendo vínculo con Martín, puesto que ni yo sabía –. Tiene toda la información que deseo, independientemente de si duela o no… Algún día tendré que saber.
-¿O sea que lo estás usando?
Dicho de ese modo, me parecí una persona descabellada y sin sentimientos, tanto como Jasmine. Me espanté al darme cuenta de semejante comparación, pero visto desde otro punto no parecía más que eso. Me insistí a mí misma que en realidad no era ese motivo por el cual persistía en hablar con Martín, pero el motivo principal era algo que no sabía y no estaba dispuesta a descubrirlo, al menos no pronto. Decidí posponer ese asunto con Martín.
-No, no –repuse –, no soy un monstruo egoísta –acaché mi mirada en caso de que así fuera, pero no lo era –. No soy capaz de ponerle nombre a lo que estoy haciendo por él, así que no me preguntes.
Ella solamente esbozó una simple sonrisa malvada, como diciendo “sé lo que estás pensando”, y se limitó a asentir.
-Si me preguntas –continuó ella –, no es algo que yo haría, pero no le digas nada a Sebastián sobre todo esto. Sé que no hay que ocultar cosas porque supuestamente se tienen confianza, pero si es alguien a quién Sebastián no soporta, no veo el sentido de que se dé por enterado.
-¿Me estás incitando a que mienta? –pregunté irónicamente.
-No es algo que me guste practicar, pero sí –asintió –, pero tienes que hallar un modo en que ellos se hablen o resuelvan sus problemas… dejándote afuera, claro.
Tenía mucho sentido lo que Julia decía, y la verdad no me preocupaba ahora la reacción de Sebastián, lo que más quería era saber cómo lograr que Martín luego de haberlo dejado plantado. Mi plan era contarle absolutamente la verdad, otra cosa fuera que me escuchara. Mientras charlábamos con Julia, quedamos profundamente dormidas en su cuarto. A la mañana siguiente, salí de puntitas pues no quería despertarla; me duché, me cepillé el pelo y lo desenredé cuidadosamente. Me vestí con lo primero que encontré en el armario: pantalón de mezclilla, una camiseta morada, y tenis. Halé mi suéter cuando bajé las escaleras, y no me di cuenta de lo temprano que era hasta que vi la hora en el reloj de la cocina. Eran apenas las seis y media de la mañana, y no sabía qué hacer con el tiempo sobrante.
Preparé varios huevos estrellados, hice café, tosté panes y exprimí unas cuantas naranjas. Me sentía eficiente y feliz, no sabía exactamente por qué y rogué a Dios por permanecer de ese humor durante todo el día. Tal vez era la comida o algo, pero el simple hecho de probar bocado alguno me dio cierta nausea, así que solo cociné para mi tía, mi prima y mi mamá. No quería estar ahí cuando despertaran y empezara el cuestionario, y había recordado que habíamos tenido una cierta discusión con mi madre la noche anterior, así que tomé mi termo y lo llené de café. Le escribí una nota a mi madre susurrando un “Lo siento” y lo metí debajo de su plato, y salí, no sin antes morder un pan tostado con mantequilla y jalea.
Era viernes, último día de la semana y último día de ir a esa cárcel llamada Instituto. Eso realmente llenaba mi cabeza de alegría. No tenía ningún plan para esta noche, y la verdad preferiría quedarme en mi casa. Vi la hora en el reloj del tablero del carro en cuanto iba a una cuadra del Instituto que marcaban las siete, todavía tenía media hora. Decidí meterme en un pequeño centro comercial que había ahí a buscar algo de comer puesto que el estomago ya me había empezado a rugir. Me aparqué y el lugar parecía bastante solitario, pero había una pequeña cafetería abierta y eso iluminó mi esperanza.
Entré viendo hacia todos lados, había una que otra persona, pero me pregunté si ese negocio prosperaba. Me acerqué a la barra y me senté dejando caer mis manos sobre la loza que cubría la barra. Tamborileé los dedos mientras esperaba a que algún mesero llegara y cuando lo hizo lo observé fijamente por varios segundos.
-¿Deseas ordenar algo? –repitió, y hasta que no volvió a hablar no parecí reconocerlo.
-¿Te conozco de algún lado? –pregunté ignorando completamente lo que había dicho.
Era de complexión normal, era alto de cabello cobrizo y ojos oscuros. Supe que me había reconocido al ver que su mirada se ensombrecía, pero actuó como si no.
-No, no –negó rotundamente –Si te conociera de algún lado, supongo que lo hubiera…
Y su voz me lo dijo todo. Era el mesero que trabajaba en el café a unas cuadras de mi casa, lo supe por el tono en que habló, un tono sutil como queriendo ocultar desagrado y tratando de ser amable a la vez.
-Trabajas en el Café –repuse. Era la única cafetería llamada así en varios kilómetros de distancia. Al ver que su expresión seguía dura, continué –, me viste anoche y me diste un papel que alguien te había dado –a ese punto, dudé si este sujeto y Martín se conocían o si tenían alguna conexión –, que Martín te había dado.
Su rostro cambió por completo, pero fue debido a que una voz resonó de algún cuarto detrás del mostrador, como que de la bodega. Me miró con terror y de la misma manera miró a la persona que salía de la bodega, hablando graciosamente.
-Te digo, hermano: si seguimos así, pondré mi negocio de fumigador… Odio a esas malditas ratas.
Su voz me cortó todos los pensamientos posibles. Llevaba cajas apiladas sobre sí y no pude ver su rostro, pero su voz era lo único que necesitaba para reconocerlo. El chico de cabello cobrizo no había logrado articular palabra alguna y hasta ese momento me di cuenta de su complexión: era mucho más pequeño que yo, le calculaba unos quince años si mucho, y su expresión de terror en el rostro lo hacía parecer mucho más joven.
-¿Qué no escuchas lo que digo? –repitió el muchacho mientras dejaba las cajas en el piso y se erguía perezosamente y el rostro de Martín se asomaba por encima, enrojecido por el esfuerzo –. Esa plaga me tiene harto.
Se carcajeó incluso cuando el chico parecía un intento muy vago por seguirle la corriente. Yo, sentada enfrente del mostrador, no moví un solo dedo, ni siquiera respiré. El chico me volteó a ver y para cuando Martín siguió su mirada, ya había desaparecido cualquier rastro de alegría en su rostro.
-¿Cómo me encontraste? –cuestionó tan toscamente que el chico volteó a verlo, imagino para asegurarse de si era él quien hablaba, porque su voz sonaba irreconocible.
-No lo hice –susurré, pues era verdad.
-Entonces, ¿qué haces aquí? –me fulminó con la mirada, y podía sentir como poco a poco me penetraba.
Abrí la boca para hablar, pero la cerré en el mismo intento. ¿Qué le diría? Eran solamente casualidades, y tampoco tenía fe en que me creyera.
-Quiero hablar contigo –oí cómo hasta mi voz sonaba extraña.
-¿Para dejarme plantado de nuevo? –Repuso –No, gracias.
Empezó a caminar de nuevo hacia la bodega.
-No, Martín –hablé, pero parecía que mis palabras no lo alcanzaban –. ¡Por favor!
Había gritado lo bastante alto como para que me oyera él y el resto de la cafetería, pero al menos funcionó. Se detuvo, pero no se giró para verme.
-Por favor –susurré.
Agachó la cabeza, como lamentándose por lo que iba a hacer, y se volteó. Sus ojos se clavaron en los míos, sombríos y oscuros, y no sé si fue la desesperación en mi mirada, pero la suya cambió drásticamente: ya no era fría y dura.
-Ven –me dijo llevándome hacía una esquina de la cafetería, los comensales, los pocos que habían, nos siguieron con la mirada. Retiró una silla en la última mesa y luego fue al otro extremo de ésta y se sentó. Me miró y me señaló la silla con impaciencia. El silencio era demasiado incómodo.
-¿Trabajas aquí? –pregunté pues fue lo primero que se ocurrió para romper el hielo.
-¿En serio quieres hablar de eso? –preguntó toscamente.
-Entiendo que estés enojado conmigo, Martín, pero tienes que darme la oportunidad de explicártelo.
-Adelante.
-Tú tal vez no lo sepas, pero mis papas están divorciados –comencé, pero fue lo único que él me permitió decir.
-Sí, sí, lo sé –habló como quién no quiere la cosa –. Tú papá es un famoso abogado que se casó con una de las mujeres más hermosas de la ciudad, y que hasta la fecha lo sigue siendo… ¿Algo más?
Me sorprendió que él describiera a mi madre de ese modo, pero me molestó que le quitara importancia.
-Si no me escucharás, que se quede así entonces –hablé secamente mientras me levantaba de mi silla.
Me sostuvo firmemente de la muñeca, y cuando volví mi mirada hacía él, tenía la suya clavada en la mesa, como reprendiéndose por algo.
-Lo siento –susurró –, no estoy siendo civilizado.
Su mano bajo lentamente hacia la mía. Su tacto con mi piel era cálido, y casi placentero. Tomó mi mano entre las suyas y me obligó a sentarme de nuevo en la silla.
-¿Prometerás limitarte a no hablar hasta que termine? –pregunté.
-Lo prometo.
Mientras hablaba y le explicaba cada una de las cosas que había hecho mal en el día, me di cuenta de muchas cosas sobre él. En el momento en que un rayo de sol entró por una ventana cercana, su cabello pareció mucho más claro; cada vez que lo miraba a los ojos me daba cuenta de cuán largas eran sus pestañas; ese tic nervioso que tenía de tronarse los dedos; se halaba el pelo unas dos o tres veces cada vez que lo miraba… sentía que él y toda su forma de ser era mitigante e interesante de conocer.
-Así que te pido perdón, desde el fondo infinito de mi corazón –dije exagerando la frase –. No quise hacerte daño, y no lo tenía planeado. Yo…
Se me quebró la voz debido a la frustración, debido a que todo él era una máscara y no podía descifrarlo, no como lo hacía con Sebastián. ¡Oh Dios! Sebastián. ¿Era esto una traición? No podría serlo. Estaba claro que no se llevaban bien, pero aún así… ¿estaba yo obligada a alejar a Martín de mi vida? Re formulé esa pregunta en mi cabeza, debido a que no lo conocía: ¿estaba yo obligada a no dejarlo entrar a mi vida? Y si no lo estaba, ¿lo dejaría entrar? ¿Lo permitiría mi corazón?
Todos mis pensamientos se vinieron abajo en el momento en que acunó mis manos entre las suyas, no me imagino que expresión habría de haber tenido en mi rostro para que no reprochara absolutamente nada… Era eso, o realmente me había creído.
-Oye, no te preocupes –me susurró con voz tranquilizadora, imagino que realmente creyó que iba a romper a llorar –, creo que fui muy duro contigo. Creí que… Sebastián había influido en tu decisión de aparecer o no…
La frase se quedó flotando por el aire, y la comisura derecha de sus labios se curvó hacia arriba, parecía arrepentido de haber pensado eso.
-Soy lo suficientemente grande como para tomar mis propias decisiones –articulé cada palabra cuidando mi tono sin sonar enojada.
-Y lo sé –repuso él –, y por eso también te pido perdón. Asume que te juzgué mal.
Agaché la vista, pues no quería ver su rostro y menos sus ojos.
-Independientemente de qué sea lo que tienes con Sebastián –hablé con la vista clavada en nuestras manos –, quiero que lo olvides. Quiero decir, si no me lo vas a decir es mejor que todo desaparezca. Si es un pasado que no hará más que lastimar, no le veo sentido a que siga el rencor ardiendo dentro de ti, y por lo tanto, dentro de Sebastián también.
Se irguió, pero no soltó mis manos. Clavé mi mirada en su rostro, esta vez para tratar de descifrarlo de nuevo.
-Te lo estoy pidiendo de la manera más amable posible –musité, pero no hizo movimiento alguno y no articuló palabra alguna –. Por mí, te lo pido.
Su expresión cambió a una que tal vez cualquier ser humano hubiera puesto al ser torturado.
-No te prometo nada –habló con voz ronca –, pero lo intentaré. Si es que él no me molesta.
Con eso estaba más que satisfecha. Le sonreí debido a que realmente ya no me sentía mala persona, y ya había cumplido mi propósito del día de hoy. Miré mi reloj y decidí irme para el Instituto.
-Mejor me voy –le dije mientras me levantaba de la silla y sacaba las llaves del carro del bolsillo del suéter –, ¿quieres que te lleve? Porque irás a clases, ¿cierto?
-Sí –se rió –, luego de aquí me voy, pero no gracias. Asumo que a tu noviecito no le gustará vernos llegar juntos.
Acordé con ese pensamiento, y me sentía mal al hacer todo esto a escondidas de Sebastián.
-¿Tienes planes para esta noche? –me preguntó.
-No, hasta el momento –hablé con sinceridad –. ¿Por qué?
-Unos amigos harán una fogata en la playa –se rascó un poco la cabeza, dubitativo, mientras se paraba de su silla –, es una playa segura, no sé si quisieras ir.
-Le preguntaré a mi madre –repuse –, en todo caso, podrías irme a buscar a la casa, ¿si?
Anoté en una servilleta la dirección y se la entregué.
-Me parece una buena idea –acordó.
Salí de la cafetería aún con la duda de si todo eso estaba predestinado; preguntándome qué lo hacía trabajar ahí y quién era ese chico. Se parecía un poco a él, pero no me imaginaba a Martín con hermanos. Arranqué el auto y fui directamente al parqueo del Instituto. Me apresuré a llegar a clases y saludé a Luisa y a Natalia cuando me las encontré en el casillero.
No me encontré a Sebastián hasta el almuerzo, y ahí recordé por qué me solía gustar cada átomo de su ser. Iba vestido con una camiseta azul que marcaba su tornada figura, unos jeans negros y tenis. Sonreía despampanante y mostraba sus dientes tan blancos como siempre. En cuánto me vio, su mirada cambió de un modo que lo hacía ver incluso más atractivo. Me sonrojé ante la idea de recordar cómo me hacía sentir cuando todavía no éramos nada. Luisa y Natalia notaron lo roja que estaba y soltaron risitas. Él tomó de mi mano, y me guió hacia afuera de la cafetería del Instituto, llegando al parqueo.
-Hola –musitó mientras nos deteníamos y me miraba con sus ojos pardos que tanto me encantaban.
-Hola –respondí nerviosa.
-¿Sabes? Extrañaba que te sonrojaras –me acarició una mejilla.
-Yo no –reí –, me siento tonta.
-No eres tonta –susurró tan bajo que me tuve que acercar a él para escuchar sus palabras –, eres lista.
-¿Y tú desde cuándo con tantos cumplidos? –repuse en tono gracioso.
-¿Qué no puedo? –repuso.
Me reí y me abalancé sobre él.
-Claro que puedes.
Tenía tantas ganas de abrazarlo, de sentir el calor de su cuerpo alrededor de mí, protegiéndome como siempre había prometido hacer. Sus brazos me rodearon y me besó la coronilla varias veces. No me quería alejar de él, pero tenía que ir a gimnasia. Me dio un beso rápido en los labios y se fue corriendo al gimnasio.
Y ahí me encontraba yo, frustrada como estaba, deseando tenerlo una vez más en mis brazos, y que sus labios... Me sacudí las ideas de mi cabeza porque no iba a lograr nada con imaginar si él no estaba aquí para plasmar todo a la realidad. El día pasó lentamente. Vi a Sebastián en Historia, pero no me había dado cuenta que también tenía Historia con Martín, lo cual lo hacía incómodo. Tuve que concentrarme plenamente en la clase para evitar voltear a ver a cualquiera de los dos.
Para cuando terminó el día, ni Martín ni Sebastián hicieron su aparición así que me dediqué a irme directamente a la casa. Cuando llegué encontré algo qué devorar en el refrigerador, comí un poco y luego me cepillé los dientes. Cepillé mi pelo y, si en todo caso mi madre me daba permiso, iría a la famosa fogata con la misma ropa. Aunque para ser sincera, no tenía gana alguna de salir.
Me mantuve cambiando de canales en lo que decidía llamar a mi madre, pero me di cuenta que había dejado olvidado el teléfono en el carro. Salí a mala gana a traerlo y tenía cinco llamadas pérdidas: dos de mi madre, una de Luisa, una de Sebastián y otra de Julia. Las que más me asustaban eran las de mi madre, pero era algo que tendría que solucionar cuando ella llegara. Cerré la puerta del carro cuando salí y subí lentamente las graditas. Justo en el umbral de la puerta, oí que alguien me gritó:
-¡Kate!
Me volví y vi a ese sujeto de camiseta azul corriendo hacia mi casa. En cuanto llegó hacía mi lado en el umbral, su aroma había inundado el pequeño espacio. Llevaba una bolsa de comida china: mi favorita.
-Oye, ¿qué haces aquí?
-¿Qué no puede tu novio perfecto venir a hacerte compañía? –Alardeó, pero luego se interrumpió – ¿O vas a salir?
-No, no –negué –, no creo que mi madre me deje salir, pero me hubieras avisado. Al menos, para arreglarme, o parecer un poco más sociable.
No tenía rímel, me había hecho una cola de caballo y tenía mis lentes de lectura puestos… era claro que no me miraba atractiva.
-Para mí, hoy más que nunca, te ves hermosa –repuso mientras dejaba la bolsa de comida en el suelo y me atraía a su cuerpo.
-¿Sabes?
-¿Qué? –apoyó su frente sobre la mía.
-Te extrañaba –sonaba raro decirlo, porque no se había ido nunca, pero él y yo sabíamos que había estado muy tosco estos últimos días.
-No me he ido –rodeó mi cintura con sus brazos, lentamente, haciendo que su tacto con hacía mí me provocará electricidad.
-Y no quiero que lo hagas –rodeé su cuello con mis brazos, acercándome más a él y lo besé. Lo besé como no lo había besado en días. Sus labios eran cálidos y gentiles, mientras los míos eran desesperados y arrogantes, pero aún así él sabía manejarlos. El beso me provocó cosquillas en cada extremidad de mi cuerpo, y no estaba satisfecha. Pero poco a poco, me retiró. Me decepcioné porque no esperaba eso de su parte, pero todo cambió cuando me susurró:
-¿Te parece si continuamos adentro? –en su rostro de dibujó una sonrisa traviesa, a la cual no pude no responder con un asentimiento. Abrí la puerta y él entró con la bolsa de comida. Algo me retuvo en el umbral de la puerta, pero no sabía qué. Me giré y empecé a ver en todas direcciones, y cuando vi la espalda de Martín yendo en dirección a la cafetería lo supe: había visto mi escena con Sebastián y se había alejado. Me cuestioné si Sebastián lo vio y por eso quiso entrar; me pregunté cómo Martín se habría sentido cuando nos vio, y por qué me volvía a sentir como una cucaracha.
Me puse un alto a mis pensamientos, esto estaba tan mal. Yo quería con mi vida a Sebastián, y nadie tenía que cambiarlo. Nadie. Si era cuestión de elegir, elegía a Sebastián… por sobre muchísimas cosas.





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Hace aproximadamente un mes publiqué, así que logré cumplir con el plazo establecido(?). Okno, el chiste es que ya publiqué.

Hello mi gente, ¿cómo están? Se estarán preguntando por mí y de cómo sobreviví a Los Juegos del Hambre, verán... ¡No lo hice! Terminé la saga como una semana después de mi última publicación y les digo que fuí un mar de lágrimas, me deshidraté completamente y en el epílogo me mataron, fue tan perfecto y tan safjsdkfasdfs que tuve que leerlo como cinco veces y las cinco veces volví a llorar. No cabe duda que es una saga bastante hermosa, por lo que a mí respecta: perfecta. 

Y desde ese entonces, he tratado de hacerme la trenza de Katniss, pero ya lo dije: estoy calva so... Eso. Okno, solo tengo el pelo corto. 

Otra cosa que quería decirles, en especial a un anónimo que anda por aquí, que YO NO SOY LA AUTORA DE THE RENEESME CULLEN STORY. Me confunden si así lo creen. Yo solamente era socia de Mari (la autora original) con un blog que creamos juntas, pero nada más. No soy ella. 

Este cap me gusto bastante, incluso cuando salió de una noche de desvelo. Me gusta a lo que lleva todo y ya vamos a saber pronto a qué se refiere Kate con decir "Los Restos de Mi vida". 

Les cuento, en Mayo, el 14 para ser exactos, cumpliré años... otra vez, como todos los años. Ja. Así que vayan pensando bien en su comentario que pondrán por aquí ese día, ah no se crean. También pueden postearme en facebook ^^

Gracias por seguir fieles a esto, gracias por seguir leyendo y por opinar. Les quiero decir que ustedes y sus comentario alegran mis días, así sin mentiras ni nada. Un día estaba tan enojada y de casualidad me puse a leer los comments que no había leído y me sacaron la sonrisa, gracias infinitas por eso. 

¡Lean, lean, lean! Y si no leen un libro, lean mi blog; y si no leen mi blog, lean un artículo; y si no leen un artículo, lean aunque sea la etiqueta de atrás del Shampoo... ¡Pero lean! Es tan lindo leer. 
Gracias de nuevo. Besos y siganme en mi nueva cuenta: @IamDreaming_ me reconocerán por una foto de Josh Hutcherson con su perrito -babas-.

Besos, mi gente.
Majo.

                                                  I'm in a love affair, without a love song.

lunes, 26 de marzo de 2012

Viviendo en la ignorancia. Cap. 18

-¿Qué te sucede? ¿Acaso estás…?

-¿Loca? –Terminé la frase por él –Sí, bastante.

-¿Qué quieres? –exigió saber.

-Necesito que me digas específicamente todas y cada una de las cosas que sabes de Sebastián Anderson…

Su rostro cambió inmediatamente en cuanto la intención salió a flote. Relajó sus músculos y se retiró de mi cuanto pudo, tensó el rostro y pareció un poco más serio de lo que yo esperaba.

-¿Por qué te interesa saber eso? –Enarcó una ceja –Me refiero a que, ¿por qué ahora? Te quise contar todo, pero te negaste… ¿Qué ha cambiado?

No sabía exactamente qué podía responder ante tal pregunta, y tampoco le iba a revelar la situación incómoda que acababa de pasar con Sebastián. Pero en sus ojos yacía esa duda, y ese orgullo que me dio a entender que no hablaría hasta que le explicara exactamente mis razones. En ese momento, varios estudiantes salieron del gimnasio hablando armoniosamente, pero desde su punto sí podían observarnos. Callaron en el momento en que nos dirigieron la mirada y empezaron a murmurar cosas, asumí que era debido a la cercanía que nuestros cuerpos tenían. Me alejé de él tan rápido como pude e ignoré a esos muchachos, mientras Martín solo los fulminaba con la mirada.

-Como podrás ver, no puedo hablar aquí –dije, rendida.

-Lo noté –sonrió sarcástico –, ¿en dónde quieres que nos veamos?

Sonó tan seguro de sí mismo, tan pacifico, tan tranquilo… Iba a debatirle que nunca le había ofrecido algo así, pero ya estaba cansada de debatir todo lo que el planeta entero dijera.

-¿Recuerdas el café de ayer en la tarde? –insinué buscando mi teléfono en el bolsillo de mi pantalón.

-¿A las cinco? –no afirmó nada, solo planteó la hora.

-Suena bien –musité mientras le pedía su número y yo lo copiaba en mi celular; él repitió mis acciones y guardo su teléfono en su mochila, y agachaba su cabeza en el acto mismo. Un mechón se atravesó por su frente, haciéndolo ver atractivo a mis ojos. Tuve un impulso horrible de querer quitarlo de ahí, de colocarlo nuevamente en su cabellera despeinada, y sonreír en el acto. De poder perderme en sus ojos claros con tranquilidad, pero cada vez que los miraba siquiera, recordaba a Sebastián, y el corazón se me acongojaba…

-Bueno, nos vemos entonces –replicó despidiéndose mientras besaba mi mejilla. Cuando habló, me sacó de mis pensamientos, pero al despedirse de esa manera no pude hacer otra cosa que no pensar. Sabía que si me permitía pensar, iba a llegar a una conclusión no muy buena. Partió de ahí entonces, dejándome entumecida, no sabía si era por rabia hacía mí o, o… la verdad era que no sabía nada.

El timbre nasal del Instituto me sacó totalmente de mis cavilaciones al sonar y al hacerme entrar en razón de que tenía clases. Corrí apresuradamente hacía Química con temor de llegar tarde, zigzagueé hasta llegar a mi casillero, saqué rápidamente mis libros mientras sentía que mis manos se volvían torpes conforme más veloces las necesitaba. Me di cuenta que no iba tan retrasada, pues había bastante gente en los pasillos, y por bastante me refiero a casi todos. En cuanto cerré mi casillero y noté la presencia de tanta gente, me relajé un poco y me concentré en irme directo a clases. Mientras me acercaba a mi clase, pasé por el pasillo en donde estaba el casillero de Sebastián, seguí de largo, pero me detuve al ver una silueta con cabellera rubia.

Regresé a paso dubitativo y vi a Sebastián en su casillero, aparentemente no lo había visto ahí. Y a su lado, de espaldas hacia mi vista, estaba Jasmine, con su mochila colgando en el hombro y su espesa cabellera sujetada en un chongo en su otro hombro. Ese pasillo no estaba solitario del todo, así que Jasmine le hablaba a Sebastián en susurros, agudicé el oído para poder oír, pero su voz era muy queda. En cambio, pude perfectamente distinguir el tono ronco de Sebastián cuando le respondió toscamente:

-No me pasa nada –habló serio.

Jasmine trato de controlar su frustración, pero su tono no lo aparentó pues logré escuchar algo de lo que le respondía.

-Cuánto apuesto a que tiene que ver con tu noviecita –empleó la palabra con cierto desprecio.

-Ya te dije que se llama Kate –replicó él un poco harto de la conversación.

-Lo que sea –se echó el flequillo para atrás en un solo movimiento de la cabeza. Me pareció extraño de que Sebastián no se percatara de mi presencia, pues estaba a los ojos de cualquiera. Me escondí detrás de un muro, asomando la cabeza con discreción –Ella ha sido muy prepotente conmigo, ¿sabías?

Sebastián no prestó mucha atención a lo que decía, podía notar por su semblante que estaba muy ausente. Cerró la puerta de su casillero, lo que hizo que Jasmine diera un salto en su lugar, por la sorpresa. Ella le tomó el brazo y lo cruzó con el de ella, sonriendo como si nada. Empezaron a caminar hacia su clase, pero él retiró su brazo con la excusa de ver su teléfono. Se dieron la vuelta y yo me espanté. Corrí lo más rápido hacia mi clase y no me detuve, pues sentía que los tenía detrás de mí. Llegué a Química y me senté lo más rápido que pude, mientras el profesor entraba justo después que yo. Traté de acompasar mi respiración mientras la clase pasaba, pero pensar en todo lo que había visto no me facilitaba las cosas.

Primero estaba el punto de que Martín quería hablar conmigo, y no era cualquier cosa: era algo sobre Sebastián. Estaba preocupada en el sentido de que sabía que no era algo bueno, y tenía miedo en el sentido de que no quería que me cambiaran mi punto de vista de Sebastián. Y agregarle a todo eso el hecho de que había estallado en el periodo libre, cuando le dije que conocía a Martín y que lo trataba, no mejoraba mi condición. Lo amaba con todo mí ser, y él lo sabía, y no quería que la opinión de alguien cambiara mi modo de quererlo, pero era algo muy difícil de pedir luego de su conducta.

Se podría decir que mis uñas murieron en ese periodo, estaba tratando de concentrarme, pero no podía. Estaban hablando de conversiones de temperatura, o algo por el estilo, pero es muy vago lo que puedo recordar. Mi teléfono me sacó de mis pensamientos en el momento en que vibró en mi bolsillo trasero, quise ver de quién se trataba, pero tenía enfrente al profesor y me estaba viendo con mirada acusativa, así que tuve que retener mis impulsos. El timbre sonó y salté en mi lugar. El profesor gritó la tarea y la garabateé en una de las últimas hojas de mi cuaderno. Guardé todo y saqué mi teléfono.

“Lo siento…” se leía en la pantalla. Sebastián lo había mandado hace casi más de veinte minutos, no sabía qué contestar precisamente y estaba tan aturdida y tan cansada que se me llenaron los ojos de lágrimas.

-¿Nos vamos? –preguntó Luisa con discreción mientras pasaba por mi asiento.

-Vamos –repliqué mientras me cargaba la mochila al hombro y trataba de disimular mi frustración.

-¿Te puedo preguntar qué tienes? –habló Luisa mientras íbamos de camino hacia la cafetería, no me había dado cuenta de cuánta hambre tenía.

Hablé con tono pasivo, sentía que si explicaba detalle a detalle en serio estallaría en llanto, y no necesitaba tener los ojos rojos. Le conté de todo lo que había pasado hasta el momento, y ella escucho con atención.

-Dime qué hago –musité, sonando casi al borde de la desesperación y de las lágrimas –. No sé qué hacer, no sé qué pensar, ni cómo actuar al respecto. Tampoco quiero que esto afecte mi relación con Sebastián, nos costó tanto llegar a donde estamos para que algo del pasado arruine todo.

-Yo soy de la idea –habló quedamente mientras entramos a la cafetería y Natalia se nos unía, paró la oreja para tener idea de qué estábamos hablando – que no te encuentres a Martín; digo, tú misma lo dijiste: No hay que dejar que algo del pasado arruine tu presente con futuro. Independientemente de lo que sepa Martín o no, eso ya no importa. Aunque eso no le de excusa a Sebastián de comportarse así, se disculpó y eso es algo de agradecer.

-Sólo fue un mensaje…

-Pero se siente mal, y tú lo viste cuando hablaba con la rubia oxigenada –soltó sus palabras como veneno en cuánto vio a Jasmine sentada en la cafetería riendo como hiena. Natalia rió ante la comparación, mientras me decía:

-Creo que tengo idea de qué hablas, Kate –se sentó en una silla dejando su mochila al lado de ella, mientras nosotras hacíamos lo mismo –. Y creo que Luisa tiene razón. Yo sé que la curiosidad te ha de matar, pero a veces la ignorancia se agradece. Es peor no saber nada, que arrepentirte de saber todo.

Las palabras de las dos me calaron hasta los huesos. Tenían toda la razón, y no me sentía mal al pensar que la tenían puesto que solamente necesitaba saber qué hacer. En mi cabeza planeé solamente ir a ver a Martín para decirle que, aunque agradecía su colaboración, no me interesaba en nada saber del pasado de Sebastián. Me importaba poco si me consideraba la persona más bipolar del planeta, pero quería luchar por lo que quería y quería a Sebastián.

Mencionando su nombre en mi cabeza, lo busqué con la mirada entre toda la multitud, pero no lo encontraba.

-No está –repiqueteó una voz detrás de mí, una voz chillona –, por si lo buscas, claro. ¿Qué le hiciste? Él está muy destrozado.

Fulminé con la mirada a Jasmine pero me limité a que mi boca fuera una línea cuando hablé.

-¿En dónde está? –exigí saber –Tú qué crees saberlo todo…

-Yo solamente sé que ustedes dos van de picada –el tono de voz que empleó me provoco un sentimiento de rabia, quería levantarme y arrastrar sus rubias extensiones por toda la cafetería; sonreí ante el pensamiento.

-¿Te importa eso? –me paré de mi asiento y la vi directamente a los ojos.

-Si es por Sebastián, sí. Lo que menos quiero es que lo lastimes, cosa que estás haciendo –enarcó una fina línea arriba de su ojo derecho, su ceja era tan delgada que parecía dibujada.

Y no pude. Me contuve, pero no pude. Mi mano, en un fiero impulso, rozó con violencia su mejilla y me arrepentí en el momento. Su cara se torció debido al impacto, y mis ojos se abrieron como platos ante mi violencia. Los ojos de los demás se posaron sorprendidos sobre nosotras, más aún en mí. No sabía qué hacer, así que solamente tomé mi mochila y salí de ahí corriendo, incluso cuando Natalia y Luisa gritaron mi nombre a mis espaldas. Corrí y corrí, desesperada y con lágrimas en los ojos. Me sentía un poco mal por haber rematado de ese modo, independientemente de cuánto se mereciera esa cachetada, Jasmine estaba conmocionada. No podía evitar sentir que era como la revancha, ella había hecho lo mismo conmigo, pero siempre era de la idea que todas las cosas que la gente hacía se les regresaba por si solos.

Había corrido ya una gran cantidad de metros, y fue cuando vi que había llegado al gimnasio, y me fui a esconder detrás de él, justo en donde había hablado con Martín hace unas horas. Me senté de espaldas al muro más cercano del gimnasio y hundí mi cara en mis rodillas. Y pude ver a qué nivel había llegado, llorando de la desesperación. Las palabras de Jasmine retumbaban en mi cabeza “Ustedes dos van en picada”, “¿Qué le hiciste?”, “Lo que menos quiero es que lo lastimes, cosa que estás haciendo”. ¿Cómo era posible todo aquello? Me parecía más una terrible pesadilla, un mal sueño y sentía tanta desesperanza por despertar.

Oí unas pisadas cerca, lo más lógico que hubiera hecho en otro momento sería levantarme, secar las lágrimas e irme. Huir, justo como lo había hecho antes. Pero algo me dijo que no lo hiciera, tal vez era la vergüenza de que fuera quién fuera, me vería con los ojos hinchados. Pensé en que podría ser Natalia o Luisa, me podrían haber seguido, pero nunca las vi detrás de mí. Cuando una pequeña ráfaga de viento llegó hacía mí, pude sentir ese aroma tan adictamente inconfundible, levanté mi rostro, aún con lágrimas, y Sebastián se arrodilló enfrente de mí. Su rostro denotaba preocupación y remordimiento, tristeza y ansiedad. Me tomó en sus brazos y yo me lancé a él. Hundí mi cabeza en su pecho y me dediqué a soltar cada lágrima cargada de frustración que tenía en mí ser.

Me acarició el pelo suavemente, y me besó la coronilla de la cabeza más de una vez. Susurraba algo, pero mis sollozos no me dejaban entenderlo.

-Lo siento, Kate, lo siento mucho –repetía una y otra vez, como una plegaria.

-Yo… yo… –no sabía honestamente qué decir. Me retiré para verlo a los ojos, pero su expresión se entristeció aún más.

-Todo es mi culpa –musitó inclinándose sobre mi frente –, y lo siento tanto, mi pequeña Kate. No sé cómo fui capaz de reaccionar así, no… no sé. Yo… yo solo sé que lo siento, y que te amo. Y que no quiero perderte, no por una tontería –no sé si fue mi cabeza, pero tuve la idea de que remarcó la palabra “tontería” con la voz.

Precisamente, no estaba llorando por eso. Tenía tanto adentro de mí, de la noche anterior con mis padres, e incluso con Martín… todo estaba mal a mi alrededor. No quería arruinar el momento, así que me quede callada y me acurruqué en sus brazos, esperando que mis sollozos se tranquilizaran un poco mientras apoyaba mi oído en su pecho, para oír sus latidos.

-¿Por qué tan callada? –insinuó luego de unos minutos.

-¿Qué acaso no puedo callarme por un tiempo? –pregunté mientras me retiraba de él y me sentía más tranquila al ver que su expresión era la misma de antes.

-Sí, pero prefiero oírte hablar –me sonrió.

Solamente me reí ante eso, cualquiera preferiría callarme con cinta adhesiva antes que oírme hablar. Noté que él había llegado justo en el momento correcto, pues tenía gimnasia luego del almuerzo. Se levantó más rápido que yo, y me ayudo con sus manos tibias.

-¿Estás segura que quieres irte sola? –me debatió la idea de irme sola hasta Español, pero le aseguré que estaba bien. Solamente pasaría a un baño para lavarme la cara y luego me dirigiría hacia mi clase. Tenía en claro que él no sabía absolutamente sobre el incidente con Jasmine, pero se lo quería contar. Estábamos en una etapa dura de confianza, y no quería que por mí se arruinara todo.

Pase al baño más cercano y me lavé la cara. Salí disparada hacia mi clase, y también por miedo de que se me pudiera aparecer Jasmine en algún lugar. Llegué a Español cabizbaja, y me senté hasta atrás. Un lugar que casi nunca frecuentaba, pero me quería evitar las miradas perforando mi espalda. Luisa llegó y se sentó delante de mí. Se volteó, un poco desorientada:

-¿Me puedes explicar qué diablos fue todo eso? –exigió saber.

-¿Qué?

-¿Lo de la cafetería? –Dijo como si estuviera pasando por alto lo obvio –Te digo que después de eso, eres la heroína de muchos, incluso de Natalia. Pero no entiendo por qué salir huyendo.

-Porque es lo mejor que puedo hacer –repliqué con la vista pérdida en el suelo, más para mí que para ella.

Luisa iba a debatir algo, pero el timbre sonó y ella se espantó.

-¿Qué quieres decir? –preguntó cuando se hizo silencio.

Ignoré su pregunta.

-Hablé con Sebastián.

Quiso saber todo, solamente le conté lo principal pues me ardían un poco los ojos. Sentí que el sueño me iba a aturdir poco a poco, pero “Español” era una clase que disfrutaba así que esperé a que no fuera un desastre. Necesitaba distraerme un poco, necesitaba al menos dormir un poco… no sé. El periodo pasó demasiado rápido para mi gusto, no me dio tiempo de siquiera pensar un poco en qué hacer.

Decidí ir a la enfermería, ausentarme de “Historia”, incluso aunque fuera una clase que compartía con Sebastián. Llegamos hasta el casillero con Luisa, y Natalia estaba en el suyo sacando varios libros. Les dije que no me sentía bien y que iría a enfermería, y que las vería en Educación Física. Saqué mi pantaloneta y mi camisa del casillero, los metí en mi mochila y saqué los libros que no iba a necesitar. Luisa y Natalia se fueron juntas a su siguiente clase, mientras yo iba hacia la enfermería. El timbre anunció el comienzo de otro periodo, respiré profundo al sentir que me podría librar de pensar siquiera un rato.

Crucé la esquina directamente yendo hacia enfermería, en el momento en que una mano se aferró a mi cabello, halándolo fuertemente y haciéndome gritar.

-Grita, pequeña zorra –escupió con veneno Jasmine –. A ver si esto te duele.

Haló muchísimo más de mi cabello y me hizo caer al suelo, cayendo sobre mis rodillas.

-Eres una estúpida y lo sabes –se dirigió a mi cuando habló; me limité a quedarme callada, no quería que alguien saliera y viera semejante escena, igual y era culpa de ella, pero no me gustaba que este tipo de cosas llegara a más bocas de las necesarias.

-Dime una buena razón para pensar eso –le debatí.

-Te crees tanto –me fulminó con sus ojos claros –, y no eres nada.

-¿No te estarás describiendo a ti misma, cariño? –solté la frase con cierto sarcasmo. Haló más mi cabello, y me odie tanto por ser tan pequeña y tan débil.

-Cuida tus palabras, zorrita –se acercó hacía mí, haciéndome respirar su hediondo aliento, todo en ella me resultaba repugnante.

-¿Kate?

Una voz, por detrás de ella, habló sorprendida. Una voz varonil. Pude ver en su rostro que sintió miedo, y se sobresaltó; soltó el gran mechón de pelo que tenía agarrado y se volteó al instante. Yo sabía, desde luego, que esa no era la voz de Sebastián, nunca lo sería… pero ella no. Me arrastré por el suelo, tan lejos de ella como me fue posible y mientras me alejaba, miraba la expresión horrorizada de Martín quién parecía haber visto algún tipo de criatura mitológica. Jasmine, aunque todavía no estaba segura, agazapada como estaba, realmente parecía una criatura temible.

Me puse en pie de un salto, mientras Martín corría hacia mí y me tomaba en brazos mientras yo quería abalanzarme sobre ella. Tomo suavemente, pero rígida al mismo tiempo, mi cintura mientras me impedía destrozarle todo lo que se llamaba cara. Seguía repitiendo una y otra vez las palabras “Tranquilízate, no vale la pena”, pero él no entendía mi furia ni mi enojo. Era algo llamado “Orgullo de mujeres”.

-Suéltame –le pedí.

-No –respondió y me apegó a su cuerpo en resistencia, haciendo que nuestra piel tuviera contacto. Me estremecí, al igual que él… pero no fue gran cosa.

-No siempre tendrás al querido Martín para que te defienda, Kate –siseó Jasmine –. Y tampoco creo que esa idea le agrade mucho a tu querido Sebastián.

Era una serpiente, una zorra, un animal despreciable… me causaba odio y solamente eso.

-No sabes lo que dices –escupí.

-Tal vez tú no sabes lo que oyes –debatió –, pero Martín sí.

Miró al susodicho y noté como él se tensaba en mi espalda, pero aun así mantenía sus brazos sujetándome. Al notar su reacción, me di a comprender que ellos sabían algo que yo no, que ellos compartían información… y que la única tonta ignorante era yo. Mire a Martín levantando mi cabeza para verlo puesto que, desafortunadamente, era muchísimo más alto que yo. Jasmine rió por lo bajo, se compuso un poco la ropa desarrugándola, y dándose la vuelta como si nada hubiera pasado. Me enfurecí aún más y me deshice de la armadura de Martín.

Estaba al borde de todo lo que se llamara perder la cordura. Entré al baño más cercano sin dirigirle palabra alguna a Martín y no me molesté en ver cuál era su reacción. Me miré al espejo y estaba hecha un desastre: mi pelo estaba enmarañado, tenía perlas de sudor en mi frente que hacían que un poco de mi pelo se apegara a mi cara, tenía un poco de rímel corrido y mi labio inferior rojo… supuse que me había mordido con fuerza en algún momento en un intento de callar mi boca de algo que pudiera arrepentirme. Me lave la cara y apoyé las manos en el lavamanos, clavando la vista en el piso… pensando. Detestaba a Jasmine, pero no iba a dejar que ella ni nadie arruinaran mi felicidad. Las cosas ya estaban bien en cierto punto, y no quería que algo malo pasara, en serio que no quería.

Salí del baño dándome una pequeña sorpresa: Martín me esperaba del otro lado del pasillo sentado, ahora poniéndose de pie al ver que salí. No sabía qué actitud tomar con respecto a él, quería seguir hablando con él porque se notaba a simple vista que era una buena persona, un buen amigo, o incluso… un buen pretendiente. Me miró con ojos turbios mientras yo caminaba como si no lo hubiera visto, era cruel de mi parte, pero no tenía las palabras necesarias para decirle todo lo que había ocurrido. Estaba más que claro que no le agradaba Sebastián, o al menos a Sebastián no le agradaba él, pero las dudas eran las que me mataban.

Para que no se agradaran tendría que haber pasado algo entre ellos en algún punto de su existencia, algo que implicara que se conocieran en algún punto de la historia y esto sin contar que Jasmine estaba un poco al tanto de lo sucedido. Me negaba a creer que ella supiera más que yo, pero precisamente era eso lo que me frenaba: Si ella estaba al tanto, tendría que haber sido algo grande… algo de tamaños proporcionales o incluso, la podría involucrar a ella. Y me quería limitar a la ignorancia.

Martín me pisaba los talones y no sabía qué hacer. Me paré en seco y me di la vuelta para verlo a la cara; sorprendido, él también paró y se limitó a verme.

-¿Qué haces? –pregunté un poco indiferente y sarcástica.

-Oh, descuida –su comentario rebosaba en sarcasmo –, solamente me cercioro de que nadie más te ataque. Podría venir un atacante del jardín de niños y terminar de hacerte trisas.

Su comentario no me ayudo mucho.

-Muy gracioso –me limité a decir mientras me daba la vuelta y seguía mi camino a la enfermería, el lugar a donde se supone que iba desde un principio.

-Pues no es que espere algo a cambio –habló como quien no quiere la cosa –, pero esperaba al menos un “gracias”, ¿sabes?

Y era cierto, no porque lo esperara sino porque se lo merecía. Me paré en seco de nuevo y cuando me volví pude notar que él no se había movido ni un solo centímetro. Caminé hacía él y lo vi directamente a los ojos cuando hablé:

-Gracias –dije casi sin aliento y besé su mejilla en su acto que me diera crédito y que le diera a entender que no lo decía solamente por decir. Cuando me retiré para verlo, su rostro estaba sonrojado completamente y me pareció totalmente tierno; no miraba razón alguna como para alejarme de él, simplemente no podía. Reí ante su expresión y suspiré al verlo una vez más, me decidí por decirle de una vez por todas que no quería saber nada.

-Oye, por lo de esta tarde… –empecé.

-Oh sí –me interrumpió –, mira entiendo que quieras saberlo, pero creo que hay cosas que no son conveniente que sepas porque…

La bomba estalló en mi cabeza, eso afirmaba muchas sospechas y aumentaba mi curiosidad un cien por ciento. Pero tome fuerza de voluntad.

-No –lo frené –, pienso que todo este asunto es algo que no creo conveniente saber.

Mi mirada estaba perdida en algún lugar por encima de su hombre y pude notar cómo se enderezó, como si le cambiara el humor de repente.

-Te arrepentiste, ¿cierto? –escupió con amargura.

Sus palabras me obligaron a verlo a los ojos, hablaba como si ya supiera qué era lo que iba a pasar. Me sentía confundida y agobiada al mismo tiempo mientras que él sostenía mi mirada en todo momento, de una manera desafiante.

-Debí imaginarlo –soltó y apartó sus ojos de los míos y por un momento creí que se iría, pero se quedó ahí, en el mismo lugar en el que estaba hace cinco segundos.

-Es solamente una decisión que tomé, que decidí por mi propio bien. Creo que deberías entenderlo, tú que hablas de omitir cosas “por mi bien” –tracé las comillas con mis dedos en el aire.

-No sabes lo que dices –no me miró –, impedir que lo sepas no te hará ningún bien, Kate.

-Acabas de decir que habían cosas que…

-Pero eso es diferente –tomó mis brazos, haciendo me nuestros rostros estuvieran cerca, en un gesto de desesperación –, hay cosas que de verdad necesitas saber.

-Mira, Martín –retiré sus brazos bruscamente, puesto que había intentado de una manera civilizada y su fuerza brutal me lo había impedido, y ya me estaba lastimando –soy feliz, ¿sí? Soy feliz con lo que sé y con lo que no sé, y no quiero arruinar mi felicidad por simple curiosidad. Si mi felicidad depende de saber o no saber, entonces me limitaré a vivir en la ignorancia.

-No sabes lo que dices –masculló, alejándose de mí… como si le causara repugnancia.

-Y tú no sabes lo frustrada que estoy –traté de civilizar mi tono. Se hizo silencio en el pasillo, obviando el hecho de que solo estábamos él y yo ahí, y se me ocurrió, tal vez, no negar del todo lo del café en la tarde –, pero creo que igual aceptaré el café.

Me miro con ojos confundidos.

-No me conoces y yo no te conozco a ti, y honestamente quisiera tener algo más en común que el simple hecho de conocer a Sebastián –mis palabras suavizaron su expresión porque relajó su ceño y se acercó a mí lentamente –. ¿A las cinco?

Asintió levemente y la sombra de una sonrisa parecía curvar su rostro. Me despedí de él con un suave beso en la mejilla. En cuanto me di la vuelta para avanzar, me gritó desde atrás:

-¡Cuídate las espaldas!

Y se fue. Ahora me hallaba sola en el pasillo, así que corrí a enfermería. Louis me dio unas pastillitas para los mareos y me recomendó que si seguía el malestar, fuera a casa. Y le haría caso, de lo contrario me acusaría con Sebastián. El resto del día transcurrió normal: Sebastián quiso saber por qué falté a Historia y le dije la verdad para no angustiarlo, las clases siguieron y cuándo menos sentí, ya era hora de irnos.

Arranqué el carro, despidiéndome de Natalia y de Luisa, mientras entraba a la carretera en el camino hacía mi casa. La verdad era que no me quería quedar mucho tiempo con Sebastián, tenía una urgencia por llegar a casa, por ver a mi madre… Pero cuando llegué no había nadie en casa, me fui hasta el último rincón posible y ni Julia estaba ahí. Me paseé por la casa decidiendo qué hacer con el resto de mi tarde, al menos en lo que esperaba a las cinco. No tenía mucha hambre como para almorzar así que subí torpemente las escaleras hacia el baño, me duché y deje que el pelo se secará solo. Entré a mi habitación y, como era de esperarse, el baño me relajó demasiado. Acomodé mi cabeza en la almohada y me prometí que solo descansaría los ojos… Solamente eso.

Abrí los ojos de golpe cuando Julia me estaba sacudiendo por los hombros. Mi sentido auditivo parecía estar un poco retardado porque lo único que podía hacer era ver su rostro mientras me gritaba algo que no podía oír. Y, como si le estuvieran subiendo volumen a una televisión, comencé a oir.

-¡Kate! ¡Despierta! ¡Despierta! –me gritaba.

-¿Qué? –logré decir, con la mirada ida.

-Nos tenemos que ir –me haló de la mano y no noté a qué hora me había calzado los tenis.

-¿A dónde?

-Tú solo sígueme –insistió. Bajamos a trompicones y pude notar que había oscurecido ya. El sueño hacía que la cabeza me pesara y no me dejara pensar. Solo recuerdo haber halado mi suéter y entrar al carro de Julia. Arrancó y me explicó que me llevaría al hotel en donde estaba mi padre, que ahí se encontraba mi madre y que querían hablarme. Una emboscada fácil para una presa fácil, pensé para mis adentros. La pesadez en mis ojos me impedía lanzarle una mirada venenosa a Julia, pero no me quería arriesgar. Me dejó en la entrada al lobby y ni me despedí llena de coraje. Entré y pase directo a la señorita de recepción, no le quería ver la cara. Me paré enfrente del ascensor y presioné unas mil veces el botón, se abrió y ahí estaba el señor que me había hablado la última vez que yo había bajado por ese ascensor.

-Oye, yo te conozco –me habló. Vi su rostro, era alguien ya mayor, con unos ojos azules profundos y pelo canoso –. ¿Cómo seguiste?

Me hubiera encantado decirle: “Muchísimo mejor”, pero esa sería una gran mentira.

-Sobreviviendo –musité. No había nadie más en el elevador.

-Ánimo –y me guiño un ojo en forma paternal; de repente, extrañe tener a mi abuelo cerca –. ¿A qué piso, linda?

-Seis –el elevador subió en silencio, y se detuvo de la misma manera. Le sonreí al señor antes de bajar del ascensor y dirigirme a la habitación de mi padre. Cuando llegué, antes de tocar pude oír unas risas así que dude seriamente de que esa fuera la habitación correcta. Cuando lo comprobé toqué dos veces, temerosa. Mi madre abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, ¿qué había pasado aquí? En cuánto me vio, me abrazó y me besó la frente. Traté con todo mi cuerpo no poner una cara de confusión, pero me fue imposible.

-Kate está aquí –anunció al interior de la habitación. Entré lentamente, analizando lo que tenía alrededor. La tele prendida mostraba un programa viejo, tal vez de los tiempos de mis padres; la cocina mostraba residuos de vegetales y otras cosas, señal de que alguien estaba cocinando; mi padre estaba del lado de la sala secando sus manos con un trapo y estaba sonriendo, señal de que había hablado con mamá. Estos dos eran unos inmaduros, y no soportaba estar cerca de ellos cuando los miraba así. ¿Por qué narices se separaron si está más que claro que disfrutan estar juntos? Esa pregunta me aturdía la cabeza una y otra vez cada vez que los miraba bromear, justo como dos jóvenes hormonales en la secundaria. Lo detestaba en serio.

-Y… ¿te vas a quedar a cenar? –preguntó Stuart entre risas.

-¿Tengo otra opción? –respondí escupiendo sarcasmo. Su sonrisa se desdibujo poco a poco y yo me di cuenta del daño que había hecho, una vez más. No había estado cuidando mis palabras, y estaba arruinando de pasar un poco de tiempo de familia –Lo… lo siento. Me encantaría quedarme –respondí con una sonrisa arrepentida.

Una cena y un poco de tiempo en familia no me haría olvidar lo que había estado pensando durante todo el día, podría hablar con mi madre cuando llegara a casa, pero con mi padre estaría un poco difícil. Yo no soy de las personas que evado las situaciones, yo pienso que mientras más rápido salgo de ellas, mejor. Ellos se mantenían charlando animosamente mientras yo los observaba. Me sentía tan ajena y tan pequeña en aquella habitación, que mi rabia empezó a aflorar.

-Stuart.

-Dime –habló con tono acogedor, a pesar de que no le dije “papá”.

-¿Me podrías decir cómo se llama la recepcionista? –se puso rígido en cuestión de segundos.

-¿Por qué lo preguntas, Kate? –insinuó. Mi madre nos miraba como si no entendiera, y en efecto no entendía.

-Curiosidad –enarqué una ceja.

Pero no habló. Se quedó callado mientras agachaba la mirada, un poco avergonzado. Saqué mi teléfono y, por inercia, vi la hora. Eran casi las siete de la noche.

-¿Por qué haces esto, Kate? –preguntó con voz dolida.

Mientras su voz amortiguada por el dolor entraba por mis oídos, hacía conciencia de la hora. Siete de la noche. Y dormí demasiado. ¿Tenía algo que hacer a las cinco? Sí, pero no recuerdo qué…

“¿Recuerdas el café de ayer?”. Las palabras de Martín resonaron en mi cabeza. Martín. Salí disparada de mi silla y me dirigí a la puerta. Luego, recordé en donde estaba. Regresé mi mirada, y mis padres estaban ahí sentados, observándome confundidos. Y la cara de mi padre, oh Dios. Se me partió el corazón.

-Lo… lo siento –me disculpé con una mano en el picaporte –, no me puedo quedar… yo… lo siento, en serio –abrí la puerta y antes de salir les dirigí una última mirada –. No me odien, por favor.

Salí corriendo hacía el ascensor, tuve que esperarlo un momento y me sorprendió mucho que no salieran inmediatamente a buscarme. Subí al ascensor en cuanto se abrió antes de dejar salir a dos parejas, le sonreí al señor para tratar de ocultar mi dolor. Me despedí de él y salí disparada para la calle. El café estaba a unas cuantas calles, así que empecé a correr. Llegué a mi casa en cuestión de unos minutos, pero el café quedaba más lejos que eso. Seguí corriendo, a un menor paso, pero traté con todo lo que quedaba de mí. Los pulmones me ardían y mi cuerpo empezaba a dar arcadas. Las lágrimas empezaron a salir de mis ojos, y ni siquiera sabía por qué.

Cuando vi el letrero de “Café” a lo lejos, sentí un gran alivio. Sudorosa como estaba, entré al café. Varios fijaron su mirada en mí, supuse que mi pelo y la expresión en mi rostro ya daban en sí bastante de qué hablar. Busqué a Martín en todas direcciones, pero no estaba. Me senté en la mesa del rincón, en donde nos habíamos sentado la última vez. Solamente se encontraba ahí una taza vacía y una porcelana, parecía que el cliente anterior había ordenado un pastel de zanahoria, mi favorito. Me senté en dirección a la puerta, mientras frotaba mis manos nerviosamente un mesero llegó a recoger los platos sucios y me miró de reojo varias veces. Luego de unos minutos, me empecé a convencer de que Martín no llegaría… o que tal vez ya se había ido. La sola idea lleno de confusión mi mente y me hizo sentir una mala persona.

De repente, el mesero que me había visto varias veces se acercó hacía mí, temeroso.

-Disculpa, ¿tú eres Kate? –su voz era un poco tenue, pero era ronca lo que le daba un poco de seguridad, aunque su exterior dijera lo contrario.

-Sí, soy yo –asentí, un poco aturdida.

-El chico que se sentó antes que tú en esta mesa parecía conocerte –empezó y la cabeza me empezó a dar vueltas –, y me pidió que te diera esto antes de irse. Dijo que te sentarías en esta mesa.

La garganta se me cerró en el momento en que el joven extendió un pequeño troco de papel entre sus dedos y me veía obligada a estirar la mano para tomarlo. El papel estaba frío al tacto, áspero y sentí una oleada de sentimientos en cuanto lo sostuve con mis dedos, fríos y poco seguros. Asentí y le di las infinitas gracias al joven, quién me sonrió y reanudó su trabajo en las otras mesas. El corazón me palpitaba de manera sobrenatural al abrir el papelito…

“Tenía el leve presentimiento de que no ibas a venir… pero decidí confiar en ti.”

El papel, escrito con la letra pulcra de Martín había acabado con todos los restos de buenas cosas que sentía el día de hoy. Una lágrima se fue rodando lentamente por mi mejilla hasta tocar su punto final en mi barbilla…





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Aló (?)

*aparece con un vago escudo, tratando de defenderse*

Sí, bueno... no tengo perdón de Dios, lo sé. Prometí publicar desde enero y cuando sentí ya era Marzo. Entiendanme. El colegio me quiere matar o algo parecido, no lo sé. Mis días desde enero no han sido precisamente de color de rosa y les juro que hasta encontré a una Jasmine en mi vida, y justo la encontré para el día de San Valentín, lo cual es un milagro que me haya resistido a partirle la cara. Y a él también (si entienden lo que digo). También me fuí de viaje por parte del colegio y fue una de las mejores semanas de mi vida (?) Y ya me sobrepuse a cualquier caída que haya tenido en estos tres meses. Estoy de vacasiones, así que eso demuestra mi reciente aparición... Les pido me disculpen y les mando miles de besos a todas las que siguen leyendo, comentando, etc. Son lo mejor que me pudo haber dado Blogger.


Otra cosita, ¿alguién aparte de mí ya vió Los Juegos del Hambre? En lo personal, estoy traumada. Leí el libro hace unas semanas y el viernes fui a ver la película. Ya estoy leyendo el segundo y oh Dios, es una saga totalmente diferente: es sádica, es romántica, es trágica, es tan REAL. Mi mamá ya los leyó y ella opina que, a como soy yo de hormonal, luego de que los termine necesitaré ayuda psicologica. Así que si alguien de aquí ya los leyó, solo necesito que esté para mí en cuanto la termine, que sea mi psicóloga, o mi hombro en dónde llorar (?)

Bueno, si de verdad quieren comentar los Juegos del Hambre, o si quieren hablar de los libros, o de cualquier libro o si solamente quieren hablar, siganme en Twitter: @IamDreaming_

Gracias por todo chicas *se lleva los tres dedos centrales a los labios y luego hacía ustedes* Se les quiere, se les admira y se les respeta (eso significa los tre deditos)


Nos vemos... Y que la suerte esté siempre, siempre con ustedes.

Majo.