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viernes, 28 de septiembre de 2012

Consecuencias. Cap. 21


Recomendación musical... que diga, obligación musical:

Sé que tenía tiempo de no recomendar música para los capítulos, pero este señores lo merita.  Así que les pido que hagan lo posible por escuchar estas canciones, porque realmente hacen que el cap sea más asldkfakdf, no sé cómo se pronuncia eso.
  • New York de Snow Patrol
  • In My Veins de Andrew Belll
Yo les dejé indicado en el cap en dónde va cada canción, so... no sean malosas y escuchenlas.

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Cuando me giré para la sala, la luz ya estaba prendida. Mi madre estaba sentada en el sillón que daba de cara hacia la puerta con una taza de té en la mano, y alguien estaba en el sillón que daba las espaldas a la puerta.
-¿Mamá?
Y de pronto la persona que estaba en ese sillón, se giró.
Se me fue el aire de los pulmones en cuanto vi a mi padre sentado, con su sonrisa usual.
-Hola, Kate.
Abrí los ojos como platos. Las piernas me temblaron y para mi dicha no me respondieron. En ese momento quise salir corriendo… Huir. Pero mis pies estaban clavados al suelo, y también creo que mi moral no me lo permitiría.
-Hola –dije cuando la voz me salió al fin.
-Tu padre vino a vernos –habló mi madre. Enfocó mucho la palabra “vernos”, pero no quise darle importancia, hoy no.
-¿Ah sí? –pregunté con la voz llena de sarcasmo, y aunque mi cuerpo se sentía incómodo al moverme, decidí hacerlo pues lucía bastante patética estancada en la puerta así que me senté en el sillón que estaba enfrente de mi padre y al lado de mi madre.
-Quería hablar contigo, Kate –habló mi padre con voz gutural, con esa voz que destila arrepentimiento al escucharla.
-¿Sobre qué, precisamente? –inquirí.
-Pero esta vez no quiero que salgas huyendo –bromeó mi padre y mi madre se unió a sus risas.
Me paré de sopetón y los miré con la ceja fruncida.
-Honestamente, Stuart –entoné su nombre con el enojo suficiente. Dios sabe que no huí de esa situación; yo no huía de las cosas, al contrario, me interesaba salir más rápido de ellas –, pienso que huir es de cobardes, ¿no lo crees tú también?
Sus risas pararon, aunque mi madre no entendía.
-Digo –hablé y estaba cien por ciento segura que estaría arrepentida de lo que iba a decir, pero tenía que dejarlo salir, y sabía por la mirada de mi padre que él sabía lo que diría – ¿no crees que huir de un pasado con una ex esposa y una hija no es un poco cobarde?
Su cara palideció y mi madre frunció el ceño, confundida.
-Dicho esto, ya no tengo nada más que hablar contigo –culminé, le dirigí una mirada gélida. Su rostro no mostraba expresión alguna, y aunque sentí un deje en mi corazón no sentí arrepentimiento alguno. Ni me molesté en ver a mi madre porque ese era un tema que ellos, incluso siendo ex esposos, tenían que resolver… sin incluirme a mí. Me alejé decididamente y subí a mi cuarto, cerré la puerta tratando de no golpear muy fuerte y me tiré sobre la cama.
Todo lo que me había pasado hoy pasó por mi cabeza y parecía ser eterno. Miré hacia mi ventana y me parecía poco creíble que hace unas horas estaba ahí con Sebastián, siendo feliz y que todo haya cambiado en poco tiempo.
Me di la vuelta.
Y eso del hermano de Martín realmente me había quebrado por dentro.  Tenía ganas de llorar, lo que le estaba pasando a Scott era algo realmente injusto… sentía tanta frustración, tanta impotencia. Estar ahí sin poder hacer nada por él, ni por Martín, incluyendo el hecho de que a Sebastián no le agradaba la relación que pudiera tener con Martín… de lo cual él no estaba muy enterado que digamos.
Mi puerta se abrió de golpe y mi madre, furiosa, coronaba la entrada.
-¿Me quieres explicar qué fue lo que paso haya abajo?
-¿Qué Stuart no te lo explicó? –pregunté con sarcasmo.
-Se fue, Kate –respondió dolida –. Luego de lo que dijiste ni respondió a mis preguntas, y se fue.
-Ya me lo imaginaba –dije mientras me volvía a recostar –y a mí me decías cobarde, ¿eh, madre?
La verdad era que estaba siendo muy pesada con ella, y me di cuenta al ver su rostro, lleno de dolor. No quería ser yo quién le dijera todo lo que estaba pasando, quería que mi padre tomara un poco de responsabilidad sobre todo lo que ha hecho, pero no quería que mientras él le dijera toda la verdad a mi madre, solamente la viera llorar… porque estaba segura de que lloraría.
-Mamá –me vio con la mirada dolida. Me acerqué a ella y tomé sus manos, la lleve para que se sentara en la orilla de la cama y me hinqué delante de ella, aun viendo sus manos – ¿Realmente quieres que te diga?
Ella asintió, un poco temerosa, pero al mismo tiempo decidida.
Respiré profundamente, sabía el dolor que me iba a causar verla mal y ser yo quien le informara de la situación no estaba en mis planes. Otra desgracia para agregar a la lista del día.
-Mira, mamá, la cosa no está fácil de decir, y espero y me comprendas por qué estoy cómo estoy con papá –volví a respirar profundo antes de hablar –. Stuart nos mantiene en secreto. Nadie de sus amigos, compañeros de trabajo y/o personas que vagamente conoce saben de nuestra existencia –sujete su mano fuerte mientras lo decía –, no sé si es porque se avergüenza de nosotros o porque realmente quería empezar una vida lejos de nosotras. No tienes idea de cuántas veces ha venido a la ciudad, al mismo hotel de siempre y nunca se ha molestado en siquiera venir a ver cómo estamos.
Una lágrima recorrió su mejilla. Sus ojos azules estaban inundados, pero se resistían a la idea de llorar.
-Y ¿sabes qué? Me harta demasiado que, sabiendo cómo es él, aun sigas detrás de él. Yo estoy segura que por algo así te separaste de él, y realmente me decepcioné mucho de él.
-No sabes cómo me siento yo.
La abracé y sentí que era malo pues sabía que soltaría a llorar, pero no fue así. Se resistió, una que otra lágrima rodó fuera de sus ojos, pero eso fue todo.
-Gracias por contarme, amor –dijo y me besó la frente. Salió tranquila de mi habitación y bajo las gradas lentamente. Oí cómo repiqueteaban las ollas en la cocina y no quise ir detrás de ella, sentía que necesitaba estar sola.
 A la hora, entro quedamente mientras yo leía un libro, con una taza de té de vainilla. Me sonrió al ver lo que hacía y dejó la taza en la mesa. Se sentó en la orilla de la cama y me vio. Tenía la mirada cansada y tenía puestos sus lentes de lectura lo cual, a mi criterio, la hacía parecer más cansada de lo normal.
-¿Ya estás más tranquila? –pregunté haciendo una sonrisa torcida.
Se rió.
-Yo creo que sí.
Y de la nada recordé el asunto con Sebastián mañana.
-Yo sé que no tiene nada que ver con esto, pero Sebastián…
Y ella rió de nuevo.
-No te preocupes, me llamó en la mañana –torció los ojos –. Quiere que conozcas a sus padres, ¿eh?
Asentí un poco ruborizada mientras dejaba mi libro a un lado y tornaba la taza caliente buscando aliento para mis dedos fríos.
-Kate –su tono de voz volvió a ser serio –, sabes que eso significa que ya es algo serio, ¿verdad?
Entorné los ojos sin poder entender a qué se refería. Llevábamos ya varios meses saliendo, y la verdad era que incluso en los momentos en que sentía que ya era hora de separarnos, terminaba siendo lo contrario. Si por “serio” mi madre se refería a algo duradero, pues sí, lo nuestro ya se estaba volviendo algo serio.
-Me refiero a que –comentó mi madre con un poco de rubor en sus mejillas –, si de verdad lo quieres, pues… al menos te protejas.
Por causa de un sorbo de té casi me ahogo cuando mi madre dejó soltar esa idea en el aire.
-¡Mamá!
-¿Qué?
-No,  digo… aun no –admití. Era un poco raro hablar de este tema con ella –. Lo quiero, y la verdad más de lo que realmente pude imaginarme queriendo a alguien, pero aún no estoy lista para “eso” –entoné las comillas en el aire –, y eso él lo sabe.
-Está bien, está bien –alzó sus manos como rindiéndose de la pelea. Se paró y me dio un beso en la frente antes de decir –: Confío en ti.

Confío en ti. Resonó en mi cabeza mientras me miraba en el espejo alistando el moño del vestido que llevaba puesto. No soy mucho de usar vestidos, pero lo escogí luego de que Sebastián me llamó para decirme que iba a ser algo formal. Entré en pánico en ese momento, y todavía estaba descubriendo como quitarme las ojeras en ese momento debido a mi falta de sueño la noche pasada. Llevaba un vestido rojo con puntitos blancos y unas zapatillas blancas, había renunciado a mis jeans y playera, pero en la vida usaría tacos.
Me reí ante la idea de imaginar la expresión de Sebastián cuando me viera, pues él realmente me conocía. Cepillé mi pelo y decidí no agregarle nada más, el vestido realmente era suficiente por hoy. Cuando salí, Julia se dedicó a mirarme de pies a cabeza.
-Realmente debes quererlo –comentó sonriendo.
-¿Cómo lo sabes?
-Nadie ha podido convencerte de usar un vestido, hasta el día de hoy –me besó en la mejilla antes de jalar su chaqueta y bajar las escaleras. Últimamente no la había visto mucho, pues tenía mucho trabajo en la universidad.
Cuando bajé las gradas mi madre parecía un poco molesta, pero trató de persuadirme al hacer uno que otro comentario debido a mi vestido.
-¿Qué tienes? –pregunté porque no me podía engañar.
-Tu padre viene para acá –dijo llevándose el pelo para atrás en signo de desesperación.
-Lo siento, pero yo ya me voy –dije aliviada de tener un motivo para salirme del problema.
-Viene por ti –habló exasperada –dice que te llevará a casa de Sebastián.
-¡¿Y cómo se enteró?!
Se ruborizó y al mismo tiempo parecía molesta consigo misma.
-Fue mi culpa –su voz destilaba horror.
Y el timbre sonó y realmente sentía que iba a ser cortante con mi padre, de nuevo. Mi madre subió las escaleras y decidió ignorar por completo el hecho de su visita, al fin y al cabo solamente iba a iba a quedarse unos minutos.
-¿Está tu madre en casa? –preguntó con las manos en los bolsillos mientras yo lo perforaba con la mirada mientras pasaba.
-No –mi tono cortante era constante con aquellas personas que me decepcionan. – ¿Nos podemos ir ya?
Antes de salir saqué las llaves y mi bolsito.
Mi padre me observó desde debajo de las escaleras, y sonrió.
-Te ves realmente preciosa –comentó – ¿Por qué nunca te veo con vestido?
Ignoré su pregunta y decidí contestarle con otra.
-¿Por qué haces todo esto? No hay necesidad, la casa de Sebastián está a la vuelta.
-Lo sé –dijo como quién no quisiera la cosa –, pero siento que me he estado perdiendo tanto de tu vida.
-Honestamente, eso ya no es cosa mía –realmente estaba irritada –. Sabes en dónde buscarme, siempre he estado ahí.
-Kate, eso no es lo que…
-Igual y creo que también afecta el hecho de ser una completa extraña en tu vida, ¿no crees? –mi voz destilo ácido.
-Katherine –dijo con voz ronca.
-¿Qué, Stuart?
-No es justo –musitó mientras se detuvo, pues ya estábamos enfrente de la casa de Sebastián.
-Lo sé –dije tratando de no subir el tono de mi voz, por mi salud mental más que todo –. No es justo que esperes una respuesta condescendiente por parte mía cuando tú no pones nada de tu parte.
De pronto, la puerta de la casa de Sebastián se abrió. Era su padre, lo supe por la expresión en su rostro pues era la misma que él hacía cuando buscaba algo. En cuanto me vio, bajó los escalones en mi busca.
-Oh, Kate –dijo mi nombre como si prácticamente yo ya fuera de la familia. Caminó hacia mí con una sonrisa en su rostro, aunque tenía unas cuantas canas, eso no le quitaba lo atractivo. Ya sabía de donde había salido Sebastián, y me ruboricé internamente ante el pensamiento. Me saludo con un cálido beso en la mejilla y a, al reparar en mi padre, parecía realmente avergonzado –. Oh, lo siento usted debe ser el padre de Kate.
-Así es –mi padre había olvidado todo mal genio y le había estrechado la mano con suma cortesía –soy Stuart Johnson.
-Mucho gusto –el papá de Stuart le devolvió el apretón –, Mike Anderson, para servirle.
Se sonrieron hasta que Mike dejó en claro que ya iba a ser pronto hora de almorzar, le aseguró a mi padre que en esa casa estaría bien cuidada así que él no tendría por qué preocuparse. Entré a la casa y pude notar que era realmente hermosa y estaba muy bien decorada. A unos metros de la puerta se encontraba la escalera y en el pie de esta, una mujer menuda y pequeña me miraba con ternura. Tenía el cabello corto, color cobrizo, ojos pardos y grandes. Me abrazó y se presentó como Anna Anderson y me sonrió de manera agradable.
Admito que todo eso me estaba abrumando porque no era como si me fuera a casar con Sebastián, era bastante ilógico. Pero me agradaba poder causar eso en las personas, al menos en la familia de Sebastián. Pero lo más importante: aún no lo había visto a él.
De pronto, la puerta se abrió detrás de mí y él entró. En el momento en que me vio, vislumbre en su mirada un poco de pena que logro ocultar con una sonrisa. De las que me encantaban. No dirigió la vista hacia sus padres, sino que a mí. Tenía miedo de que él, tal vez por impulso, hiciera algo que me apenara en frente de sus papás, como darme un beso, no sé. Pero no fue así. Rodeo mi cintura con su brazo y besó mi coronilla. Suspiré ante eso y luego reparó en sus papás.
-Kate llegó hace un momento –habló su papá y cuando los vi, noté que estaban abrazados.
Sus hermanas bajaron por los escalones. Realmente eran más grandes que él; la mayor lo era por unos cuatro años y la mediana por dos. Le hicieron bromas sobre que ya era tiempo, mientras Sebastián solo se dedicó a abrazarme. La mayor, Elisa, se ofreció para mostrarme la casa, pero sus papás la ocuparon en algo y le dejaron ese trabajo a Sebastián. Lo único que supe hacer fue sonreír pues no quería ruborizarme.
Al primer lugar al que me llevó Sebastián fue al jardín trasero. Era bastante amplio para estar en la ciudad y pude ver que tenía un gran árbol en la esquina izquierda al fondo. Me tomó de la mano mientras caminábamos en silencio y poco a poco sus dedos se entrelazaban con los míos. Me acercó a él y me susurró en el oído.
-No tenía idea de lo bien que te mirabas en vestido –su voz tenía un tono divertido que me hizo sonreír.
-Disfrútalo porque detesto los vestidos y hay pocas probabilidades de que esto suceda de nuevo –bromeé mientras me mordía el labio.
-Me agrada mucho que estés aquí –recostó su frente sobre la mía.
-No más que a mí –acordé mientras dejaba que su respiración inundara mis pulmones.
Quería besarlo, pero no lo haría. No lo haría aquí en su casa, mientras sus padres estaban quién sabe dónde o incluso podrían haber estado vigilando, y no lo iba a hacer. Pero quería. Lo abracé por la cintura y el rodeó mis hombros. Amaba ser más bajita que él, pues así podía recostar mi cabeza en su pecho. De pronto, tomo mi cara entre sus manos y me atemoricé cuando llevó sus labios hacia los míos.
Fue un beso tierno, sus labios completaban los míos de una manera absurda y poco creíble, pero ahí estaba, junto a él y así me quería quedar.
-Sabía que no querías –sonrió cuando de retiró para verme.
-Sabes por qué es –dije como si él ya supiera el asunto.
En ese momento, Sara, la mediana, nos avisó que ya estaba servida la comida. Empezamos a caminar aun tomados de la mano y juré por mi vida que era un momento que nunca olvidaría. Al estar ahí, con él, con su familia… me llenaba de algo que todavía no estaba segura de cómo llamarle.
Nos sentamos a la mesa y la conversación fluyó, sin decir que la comida estaba realmente exquisita. Mike quiso preguntarme sobre mi padre, situación a la que solamente respondí lo que se me interrogó, honestamente no era un buen momento para halagarlo. Al terminar la comida, Elisa sacó del refrigerador algo que parecía un postre, como un pastel. Terminé realmente llena y los padres de Sebastián no terminaban de agradecer por mi presencia.
Ya estaba oscureciendo y consideré una hora prudente para retirarme.
-Fue realmente un gusto –confesé mientras me despedía de cada uno de los miembros de la familia.
-El gusto fue nuestro, corazón –se despidió Anna.
-Recuerda que eres bienvenida aquí cuando quieras –dijo Mike con una sonrisa en su rostro.
Sebastián se ofreció a llevarme hasta mi casa, y sujeto mi mano en todo el camino. Caminamos sin decir nada, pues sobraban las palabras. Realmente estaba feliz, me sentía radiante… y ni siquiera le encontraba sentido a ese sentimiento. De pronto, mi celular sonó… y no tenía idea de que en ese momento todo se iba a caer en pedazos.
Era una amiga de mi clase de química, una clase que compartía con Martín.
-Hola Kate, disculpa la molestia –se disculpo por teléfono.
-No hay problema, Fernanda. ¿Pasa algo? –la verdad hubiera preferido que me llamara cuando ya no estuviera con Sebastián, pero no importaba. Separé mi mano de Sebastián y me adelanté un poco, pues no creí que quisiera escuchar lo que fuera que Fernanda me quisiera decir.
-Es que tengo un proyecto con Martín y no sé cómo ponerme de acuerdo con él, y pensé que tú tal vez tendrías su número –comentó con voz tenue. Di gracias a la idea de alejarme, porque si Sebastián oía algo sobre Martín, no sabría como reaccionaría.
-¿Y por qué yo? –pregunté.
-Porque creo que de la clase tú eres quién más le habla –musitó con tranquilidad.
¿Eso era cierto? Yo no llevaba una amistad completa con Martín, y cualquier cosa que tuviéramos debía de ser a escondidas, por Sebastián. Honestamente, ese pensamiento no encajó en mi mente, pero era algo que resolvería luego.
-Está bien, déjame checar –dije mientras rápido buscaba en mi teléfono por su número. Quería procurar no decir su nombre en alto así que se lo envié por un texto –. Ya te lo envié.
-Muchísimas gracias –su vocecita resonó en el auricular –. Una última pregunta, ¿cuál es su apellido?
-Adams –dije… lo dije sin realmente pensarlo. Sentí como la espalda se me ponía rígida y me recriminaba una y otra vez en el interior. ¿Por qué lo tenía que decir en alto? No fue su nombre, pero era su apellido y estaba segura de que Sebastián, por más lejos que estuviera, lo había escuchado. Mentalicé que no era así, que él no había escuchado nada y en realidad, existían muchas personas con ese apellido en el Instituto.
-Muchísimas gracias, de nuevo Kate –dijo Fernanda.
-No hay problema, nos vemos –dije casi sin voz… con miedo. Colgué y metí el teléfono en mi bolsito. Respiré profundamente antes de voltearme, pero cuando lo hice… Él estaba ahí.
-¿Quién era? –preguntó molesto.
-Fernanda, una compañera de química –expliqué como quién no quiere la cosa.
-¿Y qué quería? –preguntó de nuevo. La expresión en su rostro ya no me traía paz, sino temor.
-Quería el número de un compañero de proyecto –técnicamente no estaba mintiendo.
-¿De quién? –preguntó, de nuevo con furia.
-No lo conoces –y le reste importancia al asunto, me di la vuelta y seguí caminando con la esperanza de que él me siguiera y dejará ir todo este asunto.
Oí sus pisadas atrás de mí y por un momento sentí un alivio… aunque fue muy corto. Su mano sujeto mi brazo y bruscamente me hizo dar la vuelta, lo hizo precisamente para que viera su rostro, para que viera su mirada, y puedo jurar que ese Sebastián no era al que yo conocía.
-Mientes, porque tú y yo sabemos de quién hablaba –reprochó de forma ácida.
Me limité a quedarme callada, no quería enfurecerlo más… aunque cualquier cosa que hiciera lo enfurecería más.
-¿Hablabas sobre Martín, cierto? –Preguntó, con un tono tosco – ¿Cierto? –volvió a preguntar, casi gritando. Y fue ahí donde mi paciencia, donde mi cordura y donde todo dentro de mí explotó.
-¿Y si fuera así qué? –Escupí mientras me soltaba a la fuerza de su mano – ¿Te afecta eso en algo?
-Te dije que no quería que te acercaras a él –dijo quedamente, pues al gritarle varias personas en la calle voltearon a vernos y él no quería llamar la atención, pero aun así su tono destilaba ira.
-¿Y quién eres tú para decirme qué hacer y qué no? –insinué.
-Kate –pronunció mi nombre en signo de advertencia, como si fuera una amenaza.
-No, Sebastián. “Kate” nada hoy –exploté – ¿Cuál es tu problema, eh? ¿Me quieres decir?

Aquí “New York –Snow Patrol” . Y apachurren “Repeat”. Es tan necesario como el aire.

Pero no lo hizo; se quedó callado mientras  su mirada se clavaba en mis ojos. Y solamente me causaba dolor.
-Sebastián yo no tengo necesidad de pasar por todo esto, y lo sabes. Estoy contigo porque te quiero más que a nada… Y si todo este asunto de Martín es por que él sabe algo tuyo, ¿por qué no me lo dices tú? –pregunté con toda la sinceridad que me fue posible.
-Yo… ¿Cómo sabes? –preguntó de nuevo, aunque la ira ya estaba muy lejos de sus ojos.
-No es tan difícil de ver –le hice saber, no iba a meter a Martín en más líos. Tuve el valor necesario y me acerqué a él, incluso cuando mi cuerpo gritara aterrorizado y quisiera salir corriendo. El simple hecho de que mi cuerpo lo rechazara me provocaba tristeza y quería romper a llorar. Era chistoso que antes deseara estar muy cerca de él y en ese momento en que me estaba acercando, cada uno de mis átomos quisiera huir, quisieran alejarse rotundamente de él. Toqué su mejilla con mi mano, y ante nuestro tacto él cerró los ojos.
Su rostro calmado, mi mano en su mejilla, las ganas de llorar… todo eso tan dentro de mí. ¿Por qué no estaba pasando eso? ¿Por qué? Y hablé sin pensar.
-Si tienes un secreto, dímelo –solté –. Si quieres.
Sus ojos se abrieron y su mirada se clavo en mis ojos.
-No te juzgaré, te prometo que no lo haré, y no te juzgaré porque… –dude en decirlo, pero era lo que mi corazón sentía –porque te amo. Es eso lo que siento por ti. Y nunca en la vida te juzgaría.
No lo había notado, pero estaba llorando. Sentía un dolor horrible en mi pecho, y una presión en mi garganta que se hacía más grande conforme los segundos pasaban y Sebastián seguía ahí sin decir nada.
-Y si no quieres decir nada, te comprendo… te entiendo. Pero ahora, te pido que tú me entiendas a mí. No tiene nada de malo mi amistad con Martín, es más… él nunca te ha mencionado y no creo que lo vaya a hacer.
-Pero es que él…  –se interrumpió –. No, Kate, no.
-Y si no puedes entenderme, si no puedes hacer ese pequeño sacrificio –no tenía idea de lo que iba a pasar. El dolor en mi pecho crecía por cada palabra que yo decía, por cada segundo en que Sebastián no me detenía, por cada segundo que más me aproximaba a lo que iba a hacer. No me iba a alejar de Martín, pues por todo lo que sabía ahorita sobre él, él no tenía la necesidad de ser odiado, y por todo lo que había visto de Sebastián, más parecía que él era quién se merecía todo ese exilio –te pido que me dejes ir.
-¿Qué? –reaccionó Sebastián.
No lo iba a volver a repetir, no lo iba a hacer debido a mi salud interna. Aunque ya de por sí, estaba rota por dentro.
-Lo que escuchaste –repetí con la voz quebrada.
-Kate, tienes que estar bromeando –me sujeto entre sus brazos, pero ahora su tacto no me provocaba deseo alguno, más bien me quemaba y hacía que las lágrimas salieran precipitadamente.
-Mírame, Sebastián –lo dije porque sabía que me miraba fatal, que mi sola apariencia reflejaba dolor – ¿Parezco como si estoy bromeando?
Solamente agachó la mirada. Parecía estarlo pensando, pero al mismo tiempo parecía no creerlo.
-No, Kate –dijo sujetándome contra su pecho –. Yo, yo… Yo te amo. Y sí, es cierto todo lo que siento por ti… y no te quiero perder… Yo, no…
No pudo decir mucho, ni yo sabía si yo era capaz de decir mucho. Las lágrimas aprisionaban mi voz, me aprisionaban y tenía la necesidad de ser libre. Libre tanto de ellas como de los brazos de Sebastián que lo único que hacían ahora era lastimar.
-Déjame ir, Sebastián –pedí, mi voz sonó como lamento y por eso, Sebastián me liberó de sus brazos con dolor.
-Kate –susurró.
-No sé tú, pero yo sí confié en ti –dije con el atisbo de voz que me quedaba y me di la vuelta.
-Yo confié en ti –me dijo a mis espaldas.
-Eso es mentira –dije como queriendo reírme y volteándome a verlo por última vez –porque si fuera verdad, nada de esto estuviera pasando.
-Te recuperaré, lo prometo –dijo con la mirada llena de dolor mientras se acercaba a mí. Me paré de puntitas para besar sus labios por última vez. Nuestros labios ya no se unieron como tantas veces lo hicieron, no sé si era porque estaban tristes de que ya nunca se iban a volver a encontrar… pero el beso fue intenso, fue triste, fue… todo lo que faltaba para culminar con la despedida más triste de mi vida. Rodeó mi cintura, y su tacto ya no influyó electricidad en mí. Rodeé su cuello y envolví mis dedos en su pelo, pero no me provocaba la misma diversión que cuando lo hice tantas veces con él.
Cuando me retiré, no pude verlo a los ojos, así que tuve que hablar con la mirada gacha y con los ojos llenos de lágrimas.
-No prometas algo, que no vayas a cumplir –me aterré al decir esas palabras, pero eran necesarias. Decidida a alejarme, él tomó mi mano, una vez más… y realmente lamenté tanto todo esto. Lo vi a los ojos, y los vi un poco confundidos y húmedos, me solté y salí corriendo para mí casa.

Aquí “In My Veins –Andrew Belle”. Insisto, tan necesario como el oxígeno.

Mientras corría, no quise volver a ver hacia atrás. De por sí no podía ver bien hacia adelante porque las lágrimas no me dejaban ver. Cuando llegué a mi casa, ya no podía más y solté a llorar en los escalones, el pecho me dolía increíblemente y no sabía si iba poder abrir siquiera la puerta. Pero pude, y cuando entré noté que todo estaba oscuro, así que supuse que nadie estaba en casa.
Caí directamente al suelo y me hice un ovillo ahí, en la entrada. Lloré y lloré, hasta que mis pulmones se quedaron sin aire y el apretón de garganta se desvanecía. Empecé a gritar porque realmente me parecía absurdo lo que había pasado, lo rápido que todo había ocurrido y lo tonto que sonaba.
Heme ahí, postrada en el suelo de la entrada de mi casa, con un vestido arrugado, con mi maquillaje corrido, con mis alaridos los cuales eran sordos a mis oídos. Me dolía el alma, el cuerpo, la cabeza y el corazón. Me dolía haber hecho lo que hice, me dolía con todo lo que en mi cuerpo podía doler. Me arrastré hasta los escalones, pero no pude subir ni uno. Mis ojos se estaban hinchando, pero no quería dejar de llorar, no quería sentir dolor y creía que lo único que me podía salvar eran las lágrimas.
Me sentía fatal, me sentía como la peor lombriz del mundo y tal vez por eso era mi llanto, más que por el hecho de haberlo perdido. O haberlo dejado ir. Pero no podía seguir así, y eso era lo que me dolía más que cualquier cosa… Su rostro fúrico, su tono iracundo me daba a mostrar que no conocía realmente a Sebastián como yo decía conocerlo. Estaba enamorada de la fase que él me había mostrado… pero no de esta.
Estaba totalmente mal por sobre sus crisis de enojo, y tenía tanto miedo de que en algún momento él llegara a hacer algo en signo de locura, y peor si yo estaba presente.
Sabía que había hecho lo correcto, sabía que había hecho lo más sano para mí… O al menos eso era lo que trataba de meterme en la cabeza, para poder dejar de llorar, pero aun así no podía. No quería. No quería dejar ir esa persona a la que, aunque hubieran sido solamente meses, le compartí mi vida, mis sentimientos y solamente era un capa de él.
Me sentí traicionada, me sentí engatusada, y me sentí engañada. ¿Por qué él tenía que reaccionar de esa manera? Porque estoy segura de que si él hubiera reaccionado mejor, esto no estaría pasando.
Esto no estaría pasando…
Me hice un ovillo de nuevo a los pies de la escalera y me dejé llorar. Me dejé llorar para poder caer en un profundo sueño, del que no quería despertar para no encontrarme con la estúpida y absurda realidad…






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Me estan gustando los capítulos con mucho drama. We, esto honestamente chicas tenía que pasar en algún punto de la historia y no tienen idea de cuánto lloré escribiendo este cap. Les prometo que tiene mucho más significado para mí de lo que se podrían imaginar. Espero y lo hayan disfrutado.

Haciendo caso a mi ausencia, lo lamento. No publiqué el día que dije que publicaría, pero no es mi culpa, I swear. Mi compu fallo y me quedé sin compu como por un mes, horrible. Y justo la semana pasada entré a examenes, y como mi curso ya está acabando, nos están explotando.
Les pido paciencia y consideración hacía mí... a Majo -carita de perrito-.

Bueh, de paso, responderé las preguntas que Kimy Farías me dejó en su blog, el cuál les digo que lo tienen que leer... !Es una orden! Okno, no se crean... solo leanlo... la trama está muy buena e interesante -les guiña el ojo- 


Y las preguntas de Kim:
1. ¿Hermanos/Hermanas?
eh, nope. ¿Los perros cuentan?
2. ¿Ya diste tu primer beso? ¡Describelo!
¿Es en serio? Ja. Tenía ocho años, y fue un piquito con mi vecino. Naha más.
3. ¿Te has pasado de tragos alguna vez?
¿Cara de qué me viste? ¿De borracha? Jajaja, okno, no fijate que no, gracias a Dios. Porque me han contado como es la goma de al día siguiente. 
4. Canción favorita at the moment:
Poison & Wine by The Civil Wars y Little Talks by Of Monsters and Men.
5. Película favorita at the moment:
The Hunger Games y The Avengers.
6. Libro favorito at the moment:
Looking for Alaska by John Green.
7. ¿Ya decidiste qué vas a estudiar? ¿Qué?
Do you want to kill me? Honestamente es la pregunta que más peso tiene en mi vida. Todavía no, pero me gustaría seguir medicina o psicología. (La psicología me dejaría tiempo para escribir).
8. Falling in love a lo hard?
Yes.
9. ¿Qué estilo de ropa usas más?
Jeans, zapatillas, y nada arriba. naaaaaah, bromas... una blusa o algo(?).
10. ¿Has ido a algún concierto alguna vez?
Sí, a los de Belinda :$ JAJA, y también a los de Chayanne -babotas- y a algunos de la iglesia. Es que por mi país solo cosas como Pitbull vienen y yo como que O.o ¿POR QUE CHANGOS NO VIENE COLDPLAY, O TAYLOR SWIFT, O OWL CITY? :c
11. ¿Qué te pone nerviosa?
Una película, un libro, cuando estoy escribiendo y ya voy a terminar un cap, él, y mi mamá cuando está enojada hasta con la pared. Básicamente eso.

Bueno pues, ya entraré de vacaciones así que los caps seguidos vuelven. Danke schöne, gracias hermosas, las amo. 
Majo García.

I will remember your face, cuz I'm still in love with that place. 
But when the stars are the only thing we share, will you be there?

miércoles, 18 de julio de 2012

Premio.



Este hermoso premio no fue el que la hermosa nats *-* me dió, ya que su blog esta protegido contra el plagio (really nice, btw), pero se me ocurrió hacer otro.

Las reglas:
1.Responder a las preguntas de quien te nomina
2.Hacer tus 11 preguntas
3.Nominar a 11 personitas.

1. Que te gustaría estudiar cuando seas mayor?
-Tal vez algo con biología, amo la biología. Aunque también la física(?). Había pensado en Medicina, o Literatura, pero en serio... estoy muy confundida.
2.Tipo de música favorito.
-Rock alternativo. Me aburre el pop [iba a escribir popo, fail], pero básicamente todo lo que sea en inglés.
3.¿Te gusta leer?
-¿Es eso una pregunta? Of course! Me encanta, hasta dicen que soy rara por leer tanto como leo. Amo leer y gracias a eso descubrí un talento que tenía muy oculto, que era escribir. :)
4.Hombre perfecto:
-Do I have to say a name? Bueno, para mí un hombre perfecto sería así:
*ojos cafés/claros (la verdad los prefiero claros, pero los cafés popo me derriten. Okno.)
*Bastante guapo, de tez un poco pálida,y pelo oscuro, tal vez un poco despeinado.
*Requisito importante: tiene que saber hacerme reír, de lo contrario... Nonu, mi chavo.
*Que sea romántico, pero no tanto; detallista, pero no sorpresivo... detesto las sorpresas. Y que me escuche más que todo.
*Y por último, pero no menos importante... Que tenga una buena relación con Dios.
5.Lugar al que te gustaría viajar en el mundo:
-Definitivamente puedo responder eso hasta con los ojos cerrados: ¡ENGLAND, BEIBI!
6.Tacones o tennis:
-Tennnnnnnnnnnnnnnis.
7.¿Cuántos años tienes?
- 15 años con dos meses.
8.Película favorita de Disney:
-El diario de la princesa, Alicia en el país de las maravillas, The Avengers y todas y cada una de las de Pixar.
9.Te relacionas bien con tus padres
Con mi mami muchito bien. Digo, paso muchísimo tiempo con ella y hasta llega a leer los mismos libros que yo.
Con mi papi también, even tho no lo veo como veo a mi mami, pero igual, hay cosas que hablo con él que no hablo con mi mami.
10 & 11. Describete:
10. Soy mujer.
11. Ruidosa, bipolar, gritona, me gusta reir en exceso, bajo perfil, música, twitter, tumblr, british accent, tecnología everywhere, tragadora de libros (ni los mastico), un poco insegura, tímida (solamente al principio), mustacho (me gustan los bigotitos, no es que yo tenga uno. ¡MENTIRA!), beeing me.

Mis Preguntas:
1. ¿Nombre completo?
2. ¿La última canción que escuchaste...?
3. ¿Qué prefieres: frío o calor?
4. ¿Qué tipo de libros te gustan leer?
5. ¿Pololeas, jalas, tienes novio? Ja.
6. ¿Apple o Android?
7. ¿Comer o dormir?
9. Cierra los ojos, visualizate dentro de 10 años... ¿Cómo te ves?
10. ¿Tu mayor sueño/anhelo?
11. El momento más envarazoso que se te venga a la mente.

Digo, es para conocerlas mejor.

Nominadas:
Ok, este premio no va solamente para las nominadas que diga porque lamentablemente solo tengo que nominar a 11, PERO hice el premio para mis 88 fologüeritos del blog. Por apoyarme, y por ser tan increíbles como lo son. Ai lob iu, guys. Siéntanse libres de responder estas preguntas y me avisan si lo postean en sus blogs o algo. También si prefieren pueden responder como comentario, no sé. Esta entrada es algo para salir de la rutina.

1. Nats *-*
2. TheAleXadalY
3. andii*
4. Ella ?
5. Pioshy
6. Clau Garcs
7. Silvia Marchese
8. Saturn
9. abby(:
10. Chica Soñadoraa ^-^
11. Kimy Farias.

Extra: Y a todos y cada uno de los anonimos y el resto de mis foloüers que me siguen leyendo.

No seguiré porque me pondré pussy, pero gracias. AGAIN.





PD: Publicaré cap esta semana. -celebren-

lunes, 9 de julio de 2012

La verdad duele. Cap. 20


Me puse un alto a mis pensamientos, esto estaba tan mal. Yo quería con mi vida a Sebastián, y nadie tenía que cambiarlo. Nadie. Si era cuestión de elegir, elegía a Sebastián… por sobre muchísimas cosas.
Mi corazón se acongojó ante esa decisión… ¿Era una decisión? Y si lo era, ¿había decidido bien? Era tonto que en realidad alguien apareciera y me hiciera olvidar por lo que había luchado tanto tiempo. No quería perder a Sebastián, no lo quería hacer.
Entré y cerré la puerta, apoyándome en ella, cansada. Pero el olor a comida me invadió y mi estomago rugió, últimamente había estado comiendo demasiado. Llegué hasta la cocina y Sebastián estaba abriendo un empaqué de arroz chino, el cual era mi favorito. Me encantaba la idea de que me lograra complacer solamente con comida.
-¿Ya almorzaste? –preguntó en cuanto me vio.
-No –mentí.
-Traje tu favorito –dijo mientras servía dos cucharadas de arroz en cada plato.
-Lo sé –hablé mientras lo miraba fijamente.
-¿Qué? –preguntó gracioso.
-Nada –respondí, mientras caminé lentamente hacia él y simulaba buscar algo de tomar. Me acerqué a él y lo abracé por detrás. Torné mis brazos a su cintura mientras él se exaltaba; lo estreché tan fuerte hacía mí y apoyé mi cabeza en su espalda, cerrando los ojos, mientras él seguía sorprendido.
Dejó todo en donde estaba y se dedicó a acompasar su respiración, lo pude sentir en su pecho. Poco a poco giró sobre sí, pero no aflojé los brazos ni un poquito. Aun con los ojos cerrados, él me rodeo la cintura y yo apoyé mi cabeza en su pecho. Su respiración me mantenía alejada de cualquier pensamiento, pero sentí cuando el apoyó su barbilla en mi coronilla.
Y nos quedamos así como estábamos, en silencio, quietos y aún así, conectados por nada más que un abrazo. Pero para mí era suficiente.
-¿Kate?
-No –respondí. No sabía qué era lo que diría, pero no quería que nuestro momento se arruinara. Había llegado a la súbita conclusión que me dedicaría a él en todos los sentidos posibles. Y me dedicaría a ser feliz, y si mi distanciamiento era lo que lo hacía a él alejarse aún más, iba a hacer todo lo posible por acortarlo.
-¿Me vas a dejar decir algo? –preguntó irónicamente.
-No –repetí.
- ¿Puedo al menos intentar algo?
-¿Qué? –la curiosidad me ganó. Saqué el rostro de dentro de su pecho y lo miré a los ojos, y me arrepentí. Me miraba de esa manera que yo tanto adoraba: cada vez que lo hacía, parecía que sus ojos se volvían más grandes; tenía un brillo peculiar en ellos y parecía que dijeran millones de cosas a la vez.
Su mirada me sonrojo y sonreí por naturalidad. Sonreí como solía sonreír cuando estaba con él; sonreí porque eso era lo que sentía: Felicidad. Y él seguía sin decir palabra alguna, pero en estos momentos las palabras sobrarían. Besó mi coronilla lentamente haciendo que electricidad corriera desde ese punto hasta la punta de mis dedos; besó mi frente haciendo que mi cuerpo se estremeciera; besó mi nariz causando cierta gracia en mí y haciendo que riera; besó mi mejilla, haciéndome saber su siguiente parada; besó mis labios tan delicadamente que parecía que no era él, movió sus labios acompasados a los míos mientras me acercaba más a él.
Llevé mis manos instintivamente hacía su pecho, torneando sus hombros y rodeando su cuello de último. Me paré de puntitas puesto que de por sí él ya era bastante alto, y mis labios querían más. Enredé mis dedos en su pelo, acercándolo aún más a mí, mientras sus manos ardían en mi cintura. Pero de la nada, soltó mis labios haciendo que se desvaneciera en el aire toda sensación de satisfacción que pudiera tener, al ser cortada tan rápido. Cuando abrí los ojos y lo vi, supe que su respiración no era acompasada, aún seguía unido a mí en nuestro abrazo, pero su mirada era preocupada.
-¿Qué tienes? –mi mano fue directamente a su mejilla, en un modo de tranquilizarlo. Él la aprisionó entre su mejilla y su hombro, en una manera de no querer soltarme.
-Recuerdas que yo… que yo no quiero hacerte daño, ¿cierto? –soltó con tono tímido.
-Sí, pero no veo que tiene que ver eso con…
Me corté. Había algo en mi cabeza que sabía que también estaba en la suya, pero la diferencia era que a él lo estaba atormentando de una manera increíblemente perspicaz. Me deshice de su abrazo y me alejé de él, aún no muy segura de a qué se refería. Su mirada era culpable, y no se mostro reacio a que me alejara, es más, parecía como si lo entendiera. No lo vi a los ojos, le di la espalada cuando hablé.
-¿Qué… qué quieres decir? –me abracé a mi misma porque de la nada parecía que la habitación se hubiera inundado de una brisa terriblemente fría.
Silencio. Me desesperé de tal manera que me volteé con brusquedad para buscar respuestas en su mirada, y lo único que encontré fue dolor en ella.
-Responde.
-Yo... –a leguas se notaba que estaba teniendo una pelea consigo mismo, para no hablar… para no hacerme daño –, recuerdas el Spring Break, ¿cierto?
-Sí, pero… -y supe por donde iba –. ¿Otra vez con eso, Sebastián?
Torcí mis ojos debido a la desesperación y subí las escaleras. A estas alturas no sabía si me seguiría, pero no me importaba. Entré dando un portazo en mi habitación y dirigiéndome hacia la ventana. Las lágrimas corrían por mis mejillas y no me moleste en limpiarlas en cuánto oí que la puerta se abría.
-Kate.
-“Kate” ¿qué, Sebastián? ¿Qué? –no me gire para verlo. La voz me fallo al sonar quebradiza, pero le daba más drama a la situación.
-Tienes que entenderme, por favor –pidió con voz sublime.
-Sí, te entiendo –dije y me giré esta vez para verlo a los ojos cuando hablara –, pero ¿quién me entiende a mí? ¿Ah?
No dijo nada.
-No puedo besarte, no puedo siquiera acariciarte porque tienes miedo –y lo dije. Dije lo que había estado en mi mente cada vez que se repetía una situación como la de la cocina –. Entiendo que la noche del Spring Break haya sido una que no quieras recordar, pero yo te perdone, Sebastián. Te perdoné y acepte tenerte en mi vida. No sé si tú ya te has perdonado, pero parece que no.
Lo vi fijamente a los ojos, y su expresión parecía dolida, pero al mismo tiempo yo sabía que él ya sabía todo lo que le estaba diciendo, y que era solamente cuestión de tiempo para que yo explotara. Lo supo todo este tiempo.
-Sebastián, yo… -hablé no sabiendo qué resultado tendrían mis palabras –yo te quiero. Te quiero más de lo que en realidad imaginé hacerlo, pero todo esto me está volviendo loca. Tú sabes más que nadie que con respecto a tu “miedo” de hacerme daño, yo… Bueno, aún no estoy lista para “eso” –articule las comillas en el aire –, pero no puedo acercarme a ti por miedo a que me alejes, por lo mismo.
Él se acercó a mí, esta vez a paso seguro. Cuando estuvo enfrente mía no habló, solamente se limitó a verme a los ojos.
-No quiero que me alejes –susurré mientras agachaba la cabeza y la apoyaba en su pecho –. No quiero.
Rodeó mis hombros tratando de consolarme.
-Y quiero que entiendas –saqué mi cara de su pecho y vi sus ojos de nuevo –que confío en ti. Sé que nunca me harías daño. Y con respecto a “eso” –bajé aún más la voz –, créeme que te diré cuando esté lista.
Sebastián no hizo más que reír y abrazarme con ternura. Podría decir que estaba un poco desilusionada, también quería saber qué era lo que él pensaba.
-Tienes razón –tomó mi cara entre sus manos –yo nunca te haría daño.
Y me besó. Pero era un beso muy diferente a los demás besos que me había dado, era como un beso más libre. Sus manos bajaron hasta mi cintura mientras mis brazos aprisionaban su cuello. Se sentía bien que al fin los dos sintiéramos lo mismo, y de la misma manera. De pronto, él se sentó en la cama haciendo que su estatura no me incomodara. Al ver que sentado era casi de mi misma altura, rió. Me retiré de él porque no quería que se riera de mí, pero aún seguía atada a su cuello.
-Gracias –musitó mientras tomaba una de mis manos de detrás de su cuello y jugaba con ella.
-¿Por qué?
-Por todo esto –habló aún con mi mano entre las suyas, pero mi mirada escrutaba su rostro –. Me refiero a que, si no me quisieras de verdad, solamente tendrías que terminar conmigo para que todo esto acabara.
-Pero la diferencia es que sí te quiero –dije mientras besé sus labios tiernamente.
-Por eso –insistió –, gracias.
Sonreí de la manera más natural posible en que alguien me hubiera hecho sonreír. Sebastián era todo lo que alguna vez había pedido, y era mucho más de lo que alguna vez podría tener. Jugueteó con mi mano que tenía entre las suyas y luego, la besó. Me miró sonriendo y, cuando quiso volver abrazarme, toco un nervio en mi estómago que hizo que me riera. Me miró sospechosamente, pero nunca le había dicho que tenía cosquillas.
Y me atacó, empezó a hacerme cosquillas y no podía hacer otra cosa que reírme. Y él también reía, todo esto le causaba diversión. Era algo así como un ataque de caricias y cosquillas, aunque de igual manera me encantaba que él fuera así. Cuando le di a entender que ya era suficiente, se sentó en el suelo recostando su espalda en la pared e hizo un ademán con la mano para que me sentara a su lado. Y lo hice. Me senté a su lado cruzando las piernas y tomé su mano entre las mías. Apoyé mi cabeza en su hombro y nos quedamos en silencio por unos minutos.
Y una chispa saltó. Ese momento, así como estábamos, sin decir nada… era el momento más perfecto que había tenido con él. No nos estábamos besando, ni estábamos peleando; estábamos sentados, el uno al otro… como se supone que debe ser. Teniendo en cuenta que yo lo quería a él por sobre todas las cosas y sabiendo de por sí que él me quería, y que no me haría daño. Cerré los ojos, en paz conmigo misma… feliz.
Y todo se estropeó cuando habló.
-¿Sabes? He estado considerando la idea de que conozcas a mis padres.
Y el balde de agua fría cayó. Yo no estaba lista para eso, no estábamos listos para eso. Me helé por completo del miedo, no por el temor de ya tener algo “formal”, sino que a veces no causo una muy buena impresión. Traté de disimular mi tono de voz, pero aún así me cuerpo se había puesto rígido y sabía que él había podido sentirlo.
-¿Y eso como para qué? –pregunté como quien obviamente no quiere la cosa.
-Quiero que ellos te conozcan –habló con toda la naturalidad que podría tener –. Mis hermanas no dejan de fastidiarme con que ya es hora de que te lleve a la casa.
-Yo… no creo que sea buena idea.
-¿Por qué no? –Inquirió –Conozco a tu mamá y a tu papá, a tu padre no en los buenos términos que quisiera, pero los conozco. Conozco a toda tu familia, y quiero que tú conozcas la mía.
Tomó mis manos esta vez entre las suyas y me observó mi rostro, mientras yo seguía viendo al vacio en línea recta.
-¿Cuándo?
-Mañana –soltó la palabra naturalmente, me atrevería a decir que incluso alegre.
-¿Qué? –fue exactamente la única palabra que pude articular que no incluyera histeria o algo así –. Será una sorpresa para ellos, así que mejor…
-Oh no, ellos ya lo saben –otra vez su tono relajado, cuando yo por dentro quería gritarle –. Lo vienen planeando desde hace una semana.
-¿Y por qué narices no me dijiste antes? –pregunté con tono  un poco alterado. Me pare y me senté en la cama, quería al menos ver su cara de indiferencia.
-Porque… -se detuvo –porque no estaba seguro de si llegaríamos a estar juntos para ese día.
Dejó la frase flotando en el aire y a mí con más dudas de las que alguien debería.
-Me refiero a que estábamos tan distanciados que creí que, tal vez… era el final.
Se paró y se arrodillo enfrenté mía, para alcanzar mi estatura y poder verme a los ojos.
-Ya hablé con tu mamá para pedirle permiso, y dijo que sí –sonrió como niño travieso.
-¿Cuándo hiciste todo eso? –pregunté cuestionándome si en realidad él era aún más listo de lo que pensaba.
-Eso no importa, lo que quiero saber es si quieres ir.
-Está bien, si eso te hace feliz…
-No –me interrumpió –. No quiero que vayas porque me hace feliz, y te llegues a sentir incómoda o algo.
-Voy porque quiero –dije mientras le daba un beso en la frente y me paraba para ir al baño. El se retiró y se abalanzó sobre la cama haciendo muchísimo ruido.
Cuando entré al baño, me vi en el espejo y estaba más pálida de lo normal. Me solté el cabello para disimularlo un poco y regresé a mi habitación. Sebastián estaba acostado boca abajo jugando con algo que había encontrado en mi buró.
-Está bien –dije para llamar su atención –, si quieres que vaya, mejor recuérdale a mi madre porque si le recuerdo yo, me mandará por donde vine.
-De eso no hay problema –aseguró con voz altanera –, y hablando de tu madre –se paró de la cama de un salto –, mejor me voy antes de que me encuentre aquí. Yo la llamo luego.
Baje con él hasta el primer piso, y realmente no quería dejarlo ir. Me dijo que me dejaría la comida china para que cenara, lo cual me enterneció. En todo lo que bajamos, tomé su mano y en realidad me aferré a ella como si fuera mi última esperanza de vida, mi salvación. Ya en la puerta, él lucho consigo mismo poder para irse.
-Kate, en realidad me tengo que ir –dijo con voz queda.
-Lo sé –dije sin soltar su mano.
-Pero sabes que no quiero, ¿verdad?
-Eso también lo sé –sonreí y lo besé en los labios, en despedida.
-Te llamo más tarde –me aseguró, y solté su mano.
Cerré la puerta, apoyándome en ella mientras cerraba los ojos y me deslizaba hasta llegar al suelo. No sabía qué hacer ya que Sebastián se había ido, la casa se miraba tan vacía. Y luego, apareció en mi cabeza una persona a quién había dejado afuera durante toda mi tarde.
Martin.
¿Y ahora qué? No me podía dar el lujo de recurrir a Martín cada que Sebastián se iba, no lo iba a tomar como segunda opción; eso era cruel e inhumano. Pero no podía evitar pensar en él, en la figura de su espalda alejándose y en todo lo que pudo haber pasado por su mente al ver lo que había visto con Sebastián y yo.
Tamborileé los dedos sobre el suelo mientras decidía si hacer lo que tenía pensado o no, pero decidí que algo era mejor que nada. Me levanté, metí la comida a la refrigeradora y me preparé para salir. Caminé hasta la banqueta y comencé a caminar hacia el pequeño letrero que leía “Café” al final de la cuadra. No sabía si Martín estaba ahí, pero estaba dispuesta a correr ciertos riesgos.
Cuando entré, la cafetería estaba medio llena, aunque bastante para cualquier día normal. Claro, era viernes y cualquier centro social se llenaba. Me senté en el último asiento de la barra y pensé en si era una buena idea ir, aunque ya estaba ahí. De pronto, el mismo chico que me atendió en aquella cafetería y el mismo que me dio el papelito con las palabras de Martín, se hallaba parado del otro lado de la barra.
-¿Qué deseas…? Oh –exclamó al verme –. ¿Tú?
-¿Yo? –pregunté.
-¿Tú eres la amiga de mi hermano? –preguntó curioso.
-Eso depende, ¿quién es tu hermano?
-Martín –habló como si realmente lo admirara.
-¿Eres hermano de Martín? –pregunté atónita. ¿Martín tenía hermanos? Eso era algo que no me había dicho… Tampoco era como si habláramos mucho.
-¿Qué te acabo de decir? –preguntó con sarcasmo.
Me reí ante su comentario y el también.
-¿Cómo te llamas? –preguntó de nuevo, sin ningún rastro de sarcasmo en la voz.
-Kate, ¿y tú?
-Scott –me ofreció su mano en un cortés saludo y luego sonrió. Realmente se parecía bastante a Martín, por esa sonrisa suya, no sabía cómo no lo había descubierto antes –. ¿Te ofrezco algo de tomar?
-Claro, un Caramelo Macciato, por favor –sonreí.
-En seguida –dijo y corrió hacia lo que parecía la cocina. Luego de varios minutos, regreso con una taza humeante directa hacía mí.
Scott atendió a varios clientes que se acercaron a la barra a ordenar algo, yo disfruté tanto mi café que no sentí cuando la taza ya estaba vacía. Saqué mi billetera para poder pagar el café, pero una mano tenía delante de mí un billete plegado. Cuando me volví para ver su rostro, Martín sonrió vagamente. Sentí un retortijón de culpa al ver sus ojos de nuevo.
-¿Qué te trae por aquí? –preguntó enarcando la ceja. Su voz no había destilado ni una sola gota de reproche ni de sarcasmo.
-Vine por un café –admití sacando un billete y deslizándolo sobre la barra y empujando su mano a propósito. Él sonrió y alzó las manos en signo de derrota. Me reí hacia tanto drama.
Tomó asiento a mi lado y traté de no tener contacto visual con él. Estaba cien por ciento segura que él había visto a Sebastián cuando entró a mi casa, y lo que había pasado antes, y no quería tocar ese tema. Sentía que él sería capaz de leer mis ojos, de saber que me sentía culpable aunque no tendría por que sentirme así por ningún motivo.
Pero lo notó sin siquiera verme a los ojos.
-¿Por qué tan callada, Kate? –inquirió.
-No lo estoy –mentí; cuando vi a Scott a lo lejos, se me ocurrió algo para cambiar de tema –. Nunca me dijiste que tuvieras hermanos.
-Nunca me preguntaste –respondió sarcásticamente.
Me acomodé raramente en la silla, pero Martín creyó que me iba a ir, y me haló de la muñeca derecha antes de decir:
-Está bien, ¿qué quieres saber de Scott? –persuadió. – ¿Su segundo nombre? ¿Su fecha de nacimiento? ¿Color favorito, tipo de sangre? –bromeó.
-Sabes que no me refiero a eso –sonreí por sus comentarios.
-Lo sé –esta vez habló con cierta tristeza -. Tengo dos hermanos. Scott es el menor, y Lucas, el mayor, está casado y tiene familia. Yo soy el mediano. Pero Scott…
Y no terminó la frase.
Me preocupé, porque de todo lo que llevaba conociendo a Martín, que no era mucho tiempo, no lo había escuchado tan nervioso.
-¿Scott...? –por un lado, me pregunté si era correcto insistir, pero si él decidía no hablar, ya era cosa suya.
-Él… él está enfermo –las palabras que salieron de su boca me parecieron tan irreales; el tono de su voz destilaba dolor, pero a la vez ese sentimiento que evitaba por completo la resignación… ¿Esperanza? No sabía lo que era, lo único que sabía era que él aún no quería creerlo. A juzgar por ese tono, tenía por seguro que no se trataba solamente de una gripe.
Giré mi cabeza para buscar a Scott por en medio de la multitud, queriendo ver su rostro una vez más y que no fuera muy tarde. Estaba en un rincón, atendiendo a un par de chicas bastante atractivas. Pude oír que les hacía varios complementos, y lo pude ver sonreír. Sus dientes blancos iluminaron su rostro, cualquiera que lo viera pasar diría que no estaba enfermo de tal gravedad, teniendo en cuenta que a este punto no sabía qué era lo que tenía.
-Si prefieres, no me digas… –insistí. No quería saber más, y esa era la verdad.
-No, te lo diré –no estaba muy agradecida con él respecto a eso –. Digo, sinceramente me haría bien hablarlo con alguien.
No podía refutar eso, así que, por más que mi verdad fuera no escuchar sobre la enfermedad de Scott, quería apoyar de corazón a Martín.
-Scott tiene un tipo de distrofia muscular llamada Duchenne. Es hereditario, supongo, porque mi abuelo lo tenía y no estoy seguro de mi padre lo tenga también –se miró las manos un poco inquieto, sabía en qué estaba pensando: le preocupaba que él también tuviera esa enfermedad.
-¿Tu abuelo la “tenía”? –remarqué la última palabra dándole a entender mi pregunta.
-Murió –soltó con tono duro.
-Pero no por causa de la enfermedad, ¿verdad? –pregunté.
Silencio.
-¿Martín? –Dije su nombre con la esperanza de que supiera que, aunque no lo creyera, a mí también me estaban doliendo sus palabras. Saqué conclusiones en la cabeza y me cuestione solamente una cosa –: Martín, ¿la enfermedad de Scott tiene cura?
Silencio.
-¡Martín! –Exclamé casi en llanto –Dime que su enfermedad tiene cura –susurré para que no se notara el quiebre de mi voz, pero fue en vano cuando él seguía viendo al piso –. Dime la verdad.
Quería la verdad.
-No.
Pero a veces la verdad duele.
Una palabra; dos sílabas. Un dolor en el pecho punzó dentro de mí, era raro ya que yo no había entablado ninguna relación con Scott, pero su apariencia y su forma de ser a primera vista, denotaban que era una persona llena de vida… y que todo lo contrario era algo imposible para él.
La emoción me embargó. Lo que fuera que haya sido ese sentimiento, me abrumó por completo. En ese preciso momento, Scott se acercó a mí y cuando habló me hizo apreciar su voz como era en realidad: era baja, como la de un niño que recién cambió de voz, tenía un tono ligero y una manera tan extraña de pronunciar las “s”.
-¿Te puedo ofrecer algo más? –sonrió y un poco de su pelo cayó sobre su frente.
En cuanto lo vi, quise gritar… quise llorar, quise gritarle al mundo y cuestionarle por qué estaba haciendo esto con Scott.
-No, gracias –apenas logré articular. La vista se me nubló y temía romper a llorar en cualquier momento –Me tengo que ir.
Salí a zancadas del lugar cuando una lágrima rodó por mi mejilla. No me detuve a ver el rostro de nadie, mucho menos el de Martín. Me acababa de alejar de la cafetería, cuando alguien me haló por la muñeca. Me exalté, pero a ese punto ya tenía los surcos de lágrimas marcados en mi rostro.
-No puedes hacer eso –me recriminó Martín un poco molesto, pero cuando notó mis lágrimas, dulcificó su tono –. Me refiero a que, a Scott no le gusta ser tratado de una manera especial… él cree que es por lástima.
Había llegado a un punto en donde era inevitable negar mi llanto, y Martín me rodeó con sus brazos por los hombros. Y rompí a llorar. No entendía muy bien por qué, y Martín tampoco, al juzgar por lo que dijo:
-¿Por qué lloras, Kate? –acarició mi cabeza con una mano.
-¿Por qué, Martín? –Le devolví la pregunta entre sollozos – ¿Por qué a Scott? No lo conozco, no sé cómo es, e incluso es loco que este en gran llanto por tu hermano… pero me parece muy injusto.
Estaba furiosa con todos, con la vida, con las personas… con todos.
-Llorar no soluciona nada –susurró. Noté que estábamos a mitad de la acera, y la gente nos rodeaba al pasar –, pero me enternece que llores por mi hermano, quien es un desconocido para ti.
Me sonrío amargamente, mientras trataba de encontrar algo bueno en todo esto. Me deshice de su abrazo para poder verlo a los ojos.
-Tu hermano no se merece esto –dije con tono firme y certero, lo cual me sorprendió ya que hace dos segundos estaba llorando desconsoladamente.
Los ojos de Martín se llenaron de lágrimas y toqué tu mejilla con mi mano, en signo de consuelo y de apoyo. Ahora y para todo lo que me necesitara.
No sé cómo fue que nos despedimos ese día, pero el camino de regreso a mi casa fue bastante difícil. Traté de no pensar en Martín, pero pensaba en Scott… en esa vida tan larga que tendría la oportunidad de vivir, pero que no lo haría. Tenía tanto por experimentar, por arriesgar, por sentir… Era muy injusto que simplemente por azar del destino alguien con tan agradable alma se vea visto de un infortunio así.
La expresión de Martín al confesar ese gran dolor que llevaba dentro quién sabe cuánto, puesto que me había dicho que necesitaba hablar de eso con alguien, me sorprendió también. Verlo tumbado en vida por el dolor, y tratar de disimular solamente porque su hermano quiere ser tratado de la manera en que trata a todos… que es como Scott debería ser tratado desde un principio.
Y mis lágrimas sin explicación me inundaron aún más. No sabía la razón certera del por qué llorar así por alguien a quién no conocía bien, era ilógico más bien. Pero la noticia, el modo en que Martín me lo dijo fue bastante impulsivo para mis lágrimas.
Saqué las llaves del bolsillo del suéter y trate de quitar todo rastro de agua en mis ojos, aunque fue en vano porque los tenía hinchados. Abrí la puerta y cuando la cerré, solté un suspiro. Era simplemente demasiado para un simple día.
Y todavía no había acabado.
Cuando me giré para la sala, la luz ya estaba prendida. Mi madre estaba sentada en el sillón que daba de cara hacia la puerta con una taza de té en la mano, y alguien estaba en el sillón que daba las espaldas a la puerta.
-¿Mamá?
Y de pronto la persona que estaba en ese sillón, se giró.
Se me fue el aire de los pulmones en cuanto vi a mi padre sentado, con su sonrisa usual.
-Hola, Kate.











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-sigh- too much drama in this chapter. 
Y sí, demasiado para mí... nunca había escrito ningun capítulo tan dramático.

Ok, antes de que salga con antorchas y todo el bochinche, les pido perdón por mi, otra vez, ausencia. Tareas, vacaciones, mi cumpleaños, regresar al colegio... demasiado. -uy sí-. Pero ya volví.

Fingí demencia toda la tarde para poder terminar el cap, le dije a mi madre que estaba haciendo tarea -ñaña-. 
Bueno, este cap me gusto, realmente es algo que no escribo seguido (drama), pero me gusto en parte. Es interesante saber cuales son las reacciones de las personas ante el dolor o ante la idea de éste, no sé que pabadas digo.
Hice un poco de investigación hacia la enfermedad mentada en este cap, así que no se crean que es inventada porque sí existe...
También estoy llegando a un punto de la historia en donde cada cap es como Pretty Little Liars... -cara de "ohporDiosnomelocreo"- jaja o algo así.

Bueno, deseenme suerte para todo este semestre, recién empecé hace una semana y ya quiero vacaciones. Pero es parte de mi día a día. 
Una vez más, y como lo digo en cada publicación, las amo infinitamente. Porque ustedes y mi perrita, a diferencia de mi ex, son las personas más fieles que conozco. Ja.
-Un beso enorme para cada una, las mejores de las suertes en todo lo que hagan, y prometo publicar pronto.

Comenten también. :* 

I'll be true to you, no matter what you do.

viernes, 27 de abril de 2012

Si es cuestión de elegir... Cap. 19


El papel, escrito con la letra pulcra de Martín había acabado con todos los restos de buenas cosas que sentía el día de hoy. Una lágrima se fue rodando lentamente por mi mejilla hasta tocar su punto final en mi barbilla…
Oculté la cara entre las manos por temor a que mi expresión pudiera delatar cuánto daño me habían hecho esas palabras. Ordené una botella de agua pura, siempre lo hacía cada vez que estaba a punto de llorar. Me tomé un cuarto de la botella de un solo trago y traté de ordenar mis sentimientos. Había huido, literalmente, del departamento de mi padre para tratar de solucionar algo que yo sabía que no tenía solución; le había fallado a Martín, en todas las maneras posibles sin contar que Sebastián no sabía nada sobre lo del café y no me convenía que lo supiera.
Ahogué todas mis penas con otro trago de agua, en mi cuerpo sentía que necesitaba algo más fuerte que eso, pero no me podía dar ese lujo… no ahora. Salí del café y me dirigí con paso diligente hacia mi casa, pensando cómo diablos se lo iba a explicar a mi madre. Entré por la puerta y me encontré con lo que realmente estaba esperando: mi madre estaba sentada en un sofá que ella misma había acomodado de manera en que le diera la cara a la puerta. Supe que, al verme, no se esperaba una expresión tan demacrada en mi rostro como la que supuse que tendría. Me limité a entrar tímidamente a la sala y ella escrutaba mi rostro tratando de mantenerse seria.
-¿Algo que quieras decir en tu defensa? –interrogó.
Negué con la cabeza. ¿Qué le diría? La verdad era que, aunque hablara, no tendría excusa suficiente ni en un millón de vidas, no desde su perspectiva. Las acciones que me llevaron a dejarlos solos en ese departamento no tendrían justificación… ni aunque lo que intentara hacer me hiciera sentir mejor persona.
-Nunca pensé que podrías hacer eso, Kate. Tu papá en serio contaba con esa cena para hablar, para aclarar las cosas. Y tú, lo alejas de ese modo –sus palabras ardían de un modo tan corrosivo que sentía que cada uno de mis órganos pronto no serían más que ceniza. Y mi orgullo estalló, tanto así que decidí tragarme las lágrimas que sentía que pronto se desbordarían por mis ojos. Me hice un ovillo mental, una especie de escudo ante aquellas palabras que tenían un  corte más profundo que el de una espada recién envainada. Fui alejándome poco a poco de la realidad hasta que mis oídos lo único que podían escuchar era un silencio tranquilizador, que me susurraba que debía afrontar lo que fuera, pero con la cabeza en alto. Cuando lo comprendí, salí de mi ovillo para toparme con las duras palabras de mi madre, esta vez más fuertes que antes –. No pensé que llegaras a ser tan egoísta, yo no te crié así…
Estaba tan cansada de ser yo la mala siempre, y de que en ningún caso me dejaran por lo menos explicar mi versión de la historia. Me limpié una lágrima que rodaba por mi mejilla con la manga de mi suéter, mientras dije:
-¿Algo más que desees agregar? –repuse, molesta ya que sentía que mi opinión no sería escuchada, pero no porque no se me haya dado la oportunidad, sino porque la conozco y pensaría que todo esto es tan absurdo.
-No –contestó en seco –. Te puedes ir.
Asentí y subí a mi habitación. Me topé con Julia cuando iba a entrar al baño, y me hizo señas para que no hablara ni una sola palabra. Recordé que todo este asunto de la cena con Stuart era su culpa, o al menos había sido cómplice.  La fulminé con la mirada, pero noté que no era capaz de defenderse con palabras ahí afuera, así que la empujé a su cuarto.
-Tienes cinco segundos para defenderte –hablé sentándome en su cama, mientras hacía acto de “ofendida”.
Y empezó a hablar. Habló de cómo mi mamá le había pedido favor de que me llevara al departamento de Stuart, y que ella no tenía idea de que iba a terminar tan mal, pero lo asumió al ver la expresión en la cara de mi madre cuando llegó de una reunión sobre la universidad. Y al oír lo que acabábamos de discutir, asumió que yo debería haber hecho algo bastante malo, así que me interrogó.
-No creo que en realidad valga como una excusa –repuse mientras me dirigía hacía su ventana, solamente para disimular la dejadez en mi voz y la nostalgia que despedía.
-Oye, no eres cobarde como para huir –me causó risa la ironía de su comentario. Se acercó hacía mí, esperando en silencio.
-Quiero creer eso –susurré –, pero a veces ya no sé qué es lo que creo.
-¿Qué es lo que quieres decir?
-Planté a Martín. Y por eso huí del departamento de mi padre –me paré en seco para corregir esa frase –, no huí precisamente.
-¿Martín es ese chico que conoce a Sebastián de algún otro universo paralelo? –cuestionó.
-Se podría decir.
-Pues qué pena que hayas hecho eso, Kate, pero tú no podrías haberlo planeado –me justificó.
-Lo sé –dije con un hilo de voz –, pero presiento que me no me creerá.
-Razones suficientes tenías, Kate –habló viendo a algo más allá del horizonte que teníamos en frente de nuestros ojos –. Ofrécele una disculpa sincera, cuéntale la verdad obviamente… Y si no te cree o no te perdona, simplemente es una persona que no merece estar en tu vida.
Sus palabras me calaron en los huesos. Era totalmente cierto lo que estaba diciendo, y no había que quitarle que mi deber era disculparme. Aún así no sabía por qué me sentía como si fuera mala persona.
-¿Y considerarías que fuera mala idea contarle todo esto a Sebastián? –pregunté cómo quién no quiere la cosa.
-¿No se lo has dicho? –preguntó atónita.
-¿Y cómo? Ellos apenas y se soportan en pintura –torcí los ojos porque estaba harta de guardar ciertas distancias.
-Tienes razón –acordó –, pero Sebastián por lo que sea, es tu novio; sin embargo, Martín es un muchacho a quién acabas de conocer, y no sabes si es bueno confiar en él.
Asentí más para mí misma.
-A menos que… -se interrumpió con un abrupto silencio.
-¿Qué?
Nada. No decía nada, se quedó mirando fijamente el suelo y cuando por fin me vio, sus ojos denotaban cierta excitación o emoción.
-¿Qué? –volví a preguntar, tomándola por los brazos temiendo que se desplomara.
-A menos que… –repitió – a ti te guste él.
Su idea era realmente tonta, era imposible que a mí me gustara. Solamente lo encontraba interesante y había algo realmente extraño que nos unía, si es que así se le podía decir: Sebastián. Por él era todo este asunto, así que era loco que a mí me gustara un sujeto que se lleva las riñas con alguien a quién amo.
-Necesito saber qué fue lo que fumaste –dije en tono serio, pero terminé riéndome mientras ponía mi mano en su frente para fingir que tomaba su temperatura dramáticamente.
-¡Oye! –se sacudió mi mano y yo reí.
-Por favor, Julia –exclamé mientras me tumbaba en su cama –, eso es realmente…
-¿Tonto? –preguntó.
-Ridículo –acordé –. Yo quiero a Sebastián, más que a nada en este mundo.
-Pero por Sebastián conoces a Martín –hizo una pausa –, y saliste corriendo del apartamento de tu padre para ver si el todavía estaba en la cafetería. Todo tiene sentido.
-Sí, si eres una loca maniática –se acercó a la cama, pero me limité a mirar al techo –. Corrí porque… por raro que suene, quiero mantener una amistad con él.
Julia enarcó una ceja. Me levanté sobre un codo para verla.
-Es en serio –repuse, aunque me reí y no pareció muy convincente –. Piénsalo así: me conviene –las palabras que repuse eran solamente para callar a Julia, no tenía ganas de explicarle por qué en realidad quería seguir manteniendo vínculo con Martín, puesto que ni yo sabía –. Tiene toda la información que deseo, independientemente de si duela o no… Algún día tendré que saber.
-¿O sea que lo estás usando?
Dicho de ese modo, me parecí una persona descabellada y sin sentimientos, tanto como Jasmine. Me espanté al darme cuenta de semejante comparación, pero visto desde otro punto no parecía más que eso. Me insistí a mí misma que en realidad no era ese motivo por el cual persistía en hablar con Martín, pero el motivo principal era algo que no sabía y no estaba dispuesta a descubrirlo, al menos no pronto. Decidí posponer ese asunto con Martín.
-No, no –repuse –, no soy un monstruo egoísta –acaché mi mirada en caso de que así fuera, pero no lo era –. No soy capaz de ponerle nombre a lo que estoy haciendo por él, así que no me preguntes.
Ella solamente esbozó una simple sonrisa malvada, como diciendo “sé lo que estás pensando”, y se limitó a asentir.
-Si me preguntas –continuó ella –, no es algo que yo haría, pero no le digas nada a Sebastián sobre todo esto. Sé que no hay que ocultar cosas porque supuestamente se tienen confianza, pero si es alguien a quién Sebastián no soporta, no veo el sentido de que se dé por enterado.
-¿Me estás incitando a que mienta? –pregunté irónicamente.
-No es algo que me guste practicar, pero sí –asintió –, pero tienes que hallar un modo en que ellos se hablen o resuelvan sus problemas… dejándote afuera, claro.
Tenía mucho sentido lo que Julia decía, y la verdad no me preocupaba ahora la reacción de Sebastián, lo que más quería era saber cómo lograr que Martín luego de haberlo dejado plantado. Mi plan era contarle absolutamente la verdad, otra cosa fuera que me escuchara. Mientras charlábamos con Julia, quedamos profundamente dormidas en su cuarto. A la mañana siguiente, salí de puntitas pues no quería despertarla; me duché, me cepillé el pelo y lo desenredé cuidadosamente. Me vestí con lo primero que encontré en el armario: pantalón de mezclilla, una camiseta morada, y tenis. Halé mi suéter cuando bajé las escaleras, y no me di cuenta de lo temprano que era hasta que vi la hora en el reloj de la cocina. Eran apenas las seis y media de la mañana, y no sabía qué hacer con el tiempo sobrante.
Preparé varios huevos estrellados, hice café, tosté panes y exprimí unas cuantas naranjas. Me sentía eficiente y feliz, no sabía exactamente por qué y rogué a Dios por permanecer de ese humor durante todo el día. Tal vez era la comida o algo, pero el simple hecho de probar bocado alguno me dio cierta nausea, así que solo cociné para mi tía, mi prima y mi mamá. No quería estar ahí cuando despertaran y empezara el cuestionario, y había recordado que habíamos tenido una cierta discusión con mi madre la noche anterior, así que tomé mi termo y lo llené de café. Le escribí una nota a mi madre susurrando un “Lo siento” y lo metí debajo de su plato, y salí, no sin antes morder un pan tostado con mantequilla y jalea.
Era viernes, último día de la semana y último día de ir a esa cárcel llamada Instituto. Eso realmente llenaba mi cabeza de alegría. No tenía ningún plan para esta noche, y la verdad preferiría quedarme en mi casa. Vi la hora en el reloj del tablero del carro en cuanto iba a una cuadra del Instituto que marcaban las siete, todavía tenía media hora. Decidí meterme en un pequeño centro comercial que había ahí a buscar algo de comer puesto que el estomago ya me había empezado a rugir. Me aparqué y el lugar parecía bastante solitario, pero había una pequeña cafetería abierta y eso iluminó mi esperanza.
Entré viendo hacia todos lados, había una que otra persona, pero me pregunté si ese negocio prosperaba. Me acerqué a la barra y me senté dejando caer mis manos sobre la loza que cubría la barra. Tamborileé los dedos mientras esperaba a que algún mesero llegara y cuando lo hizo lo observé fijamente por varios segundos.
-¿Deseas ordenar algo? –repitió, y hasta que no volvió a hablar no parecí reconocerlo.
-¿Te conozco de algún lado? –pregunté ignorando completamente lo que había dicho.
Era de complexión normal, era alto de cabello cobrizo y ojos oscuros. Supe que me había reconocido al ver que su mirada se ensombrecía, pero actuó como si no.
-No, no –negó rotundamente –Si te conociera de algún lado, supongo que lo hubiera…
Y su voz me lo dijo todo. Era el mesero que trabajaba en el café a unas cuadras de mi casa, lo supe por el tono en que habló, un tono sutil como queriendo ocultar desagrado y tratando de ser amable a la vez.
-Trabajas en el Café –repuse. Era la única cafetería llamada así en varios kilómetros de distancia. Al ver que su expresión seguía dura, continué –, me viste anoche y me diste un papel que alguien te había dado –a ese punto, dudé si este sujeto y Martín se conocían o si tenían alguna conexión –, que Martín te había dado.
Su rostro cambió por completo, pero fue debido a que una voz resonó de algún cuarto detrás del mostrador, como que de la bodega. Me miró con terror y de la misma manera miró a la persona que salía de la bodega, hablando graciosamente.
-Te digo, hermano: si seguimos así, pondré mi negocio de fumigador… Odio a esas malditas ratas.
Su voz me cortó todos los pensamientos posibles. Llevaba cajas apiladas sobre sí y no pude ver su rostro, pero su voz era lo único que necesitaba para reconocerlo. El chico de cabello cobrizo no había logrado articular palabra alguna y hasta ese momento me di cuenta de su complexión: era mucho más pequeño que yo, le calculaba unos quince años si mucho, y su expresión de terror en el rostro lo hacía parecer mucho más joven.
-¿Qué no escuchas lo que digo? –repitió el muchacho mientras dejaba las cajas en el piso y se erguía perezosamente y el rostro de Martín se asomaba por encima, enrojecido por el esfuerzo –. Esa plaga me tiene harto.
Se carcajeó incluso cuando el chico parecía un intento muy vago por seguirle la corriente. Yo, sentada enfrente del mostrador, no moví un solo dedo, ni siquiera respiré. El chico me volteó a ver y para cuando Martín siguió su mirada, ya había desaparecido cualquier rastro de alegría en su rostro.
-¿Cómo me encontraste? –cuestionó tan toscamente que el chico volteó a verlo, imagino para asegurarse de si era él quien hablaba, porque su voz sonaba irreconocible.
-No lo hice –susurré, pues era verdad.
-Entonces, ¿qué haces aquí? –me fulminó con la mirada, y podía sentir como poco a poco me penetraba.
Abrí la boca para hablar, pero la cerré en el mismo intento. ¿Qué le diría? Eran solamente casualidades, y tampoco tenía fe en que me creyera.
-Quiero hablar contigo –oí cómo hasta mi voz sonaba extraña.
-¿Para dejarme plantado de nuevo? –Repuso –No, gracias.
Empezó a caminar de nuevo hacia la bodega.
-No, Martín –hablé, pero parecía que mis palabras no lo alcanzaban –. ¡Por favor!
Había gritado lo bastante alto como para que me oyera él y el resto de la cafetería, pero al menos funcionó. Se detuvo, pero no se giró para verme.
-Por favor –susurré.
Agachó la cabeza, como lamentándose por lo que iba a hacer, y se volteó. Sus ojos se clavaron en los míos, sombríos y oscuros, y no sé si fue la desesperación en mi mirada, pero la suya cambió drásticamente: ya no era fría y dura.
-Ven –me dijo llevándome hacía una esquina de la cafetería, los comensales, los pocos que habían, nos siguieron con la mirada. Retiró una silla en la última mesa y luego fue al otro extremo de ésta y se sentó. Me miró y me señaló la silla con impaciencia. El silencio era demasiado incómodo.
-¿Trabajas aquí? –pregunté pues fue lo primero que se ocurrió para romper el hielo.
-¿En serio quieres hablar de eso? –preguntó toscamente.
-Entiendo que estés enojado conmigo, Martín, pero tienes que darme la oportunidad de explicártelo.
-Adelante.
-Tú tal vez no lo sepas, pero mis papas están divorciados –comencé, pero fue lo único que él me permitió decir.
-Sí, sí, lo sé –habló como quién no quiere la cosa –. Tú papá es un famoso abogado que se casó con una de las mujeres más hermosas de la ciudad, y que hasta la fecha lo sigue siendo… ¿Algo más?
Me sorprendió que él describiera a mi madre de ese modo, pero me molestó que le quitara importancia.
-Si no me escucharás, que se quede así entonces –hablé secamente mientras me levantaba de mi silla.
Me sostuvo firmemente de la muñeca, y cuando volví mi mirada hacía él, tenía la suya clavada en la mesa, como reprendiéndose por algo.
-Lo siento –susurró –, no estoy siendo civilizado.
Su mano bajo lentamente hacia la mía. Su tacto con mi piel era cálido, y casi placentero. Tomó mi mano entre las suyas y me obligó a sentarme de nuevo en la silla.
-¿Prometerás limitarte a no hablar hasta que termine? –pregunté.
-Lo prometo.
Mientras hablaba y le explicaba cada una de las cosas que había hecho mal en el día, me di cuenta de muchas cosas sobre él. En el momento en que un rayo de sol entró por una ventana cercana, su cabello pareció mucho más claro; cada vez que lo miraba a los ojos me daba cuenta de cuán largas eran sus pestañas; ese tic nervioso que tenía de tronarse los dedos; se halaba el pelo unas dos o tres veces cada vez que lo miraba… sentía que él y toda su forma de ser era mitigante e interesante de conocer.
-Así que te pido perdón, desde el fondo infinito de mi corazón –dije exagerando la frase –. No quise hacerte daño, y no lo tenía planeado. Yo…
Se me quebró la voz debido a la frustración, debido a que todo él era una máscara y no podía descifrarlo, no como lo hacía con Sebastián. ¡Oh Dios! Sebastián. ¿Era esto una traición? No podría serlo. Estaba claro que no se llevaban bien, pero aún así… ¿estaba yo obligada a alejar a Martín de mi vida? Re formulé esa pregunta en mi cabeza, debido a que no lo conocía: ¿estaba yo obligada a no dejarlo entrar a mi vida? Y si no lo estaba, ¿lo dejaría entrar? ¿Lo permitiría mi corazón?
Todos mis pensamientos se vinieron abajo en el momento en que acunó mis manos entre las suyas, no me imagino que expresión habría de haber tenido en mi rostro para que no reprochara absolutamente nada… Era eso, o realmente me había creído.
-Oye, no te preocupes –me susurró con voz tranquilizadora, imagino que realmente creyó que iba a romper a llorar –, creo que fui muy duro contigo. Creí que… Sebastián había influido en tu decisión de aparecer o no…
La frase se quedó flotando por el aire, y la comisura derecha de sus labios se curvó hacia arriba, parecía arrepentido de haber pensado eso.
-Soy lo suficientemente grande como para tomar mis propias decisiones –articulé cada palabra cuidando mi tono sin sonar enojada.
-Y lo sé –repuso él –, y por eso también te pido perdón. Asume que te juzgué mal.
Agaché la vista, pues no quería ver su rostro y menos sus ojos.
-Independientemente de qué sea lo que tienes con Sebastián –hablé con la vista clavada en nuestras manos –, quiero que lo olvides. Quiero decir, si no me lo vas a decir es mejor que todo desaparezca. Si es un pasado que no hará más que lastimar, no le veo sentido a que siga el rencor ardiendo dentro de ti, y por lo tanto, dentro de Sebastián también.
Se irguió, pero no soltó mis manos. Clavé mi mirada en su rostro, esta vez para tratar de descifrarlo de nuevo.
-Te lo estoy pidiendo de la manera más amable posible –musité, pero no hizo movimiento alguno y no articuló palabra alguna –. Por mí, te lo pido.
Su expresión cambió a una que tal vez cualquier ser humano hubiera puesto al ser torturado.
-No te prometo nada –habló con voz ronca –, pero lo intentaré. Si es que él no me molesta.
Con eso estaba más que satisfecha. Le sonreí debido a que realmente ya no me sentía mala persona, y ya había cumplido mi propósito del día de hoy. Miré mi reloj y decidí irme para el Instituto.
-Mejor me voy –le dije mientras me levantaba de la silla y sacaba las llaves del carro del bolsillo del suéter –, ¿quieres que te lleve? Porque irás a clases, ¿cierto?
-Sí –se rió –, luego de aquí me voy, pero no gracias. Asumo que a tu noviecito no le gustará vernos llegar juntos.
Acordé con ese pensamiento, y me sentía mal al hacer todo esto a escondidas de Sebastián.
-¿Tienes planes para esta noche? –me preguntó.
-No, hasta el momento –hablé con sinceridad –. ¿Por qué?
-Unos amigos harán una fogata en la playa –se rascó un poco la cabeza, dubitativo, mientras se paraba de su silla –, es una playa segura, no sé si quisieras ir.
-Le preguntaré a mi madre –repuse –, en todo caso, podrías irme a buscar a la casa, ¿si?
Anoté en una servilleta la dirección y se la entregué.
-Me parece una buena idea –acordó.
Salí de la cafetería aún con la duda de si todo eso estaba predestinado; preguntándome qué lo hacía trabajar ahí y quién era ese chico. Se parecía un poco a él, pero no me imaginaba a Martín con hermanos. Arranqué el auto y fui directamente al parqueo del Instituto. Me apresuré a llegar a clases y saludé a Luisa y a Natalia cuando me las encontré en el casillero.
No me encontré a Sebastián hasta el almuerzo, y ahí recordé por qué me solía gustar cada átomo de su ser. Iba vestido con una camiseta azul que marcaba su tornada figura, unos jeans negros y tenis. Sonreía despampanante y mostraba sus dientes tan blancos como siempre. En cuánto me vio, su mirada cambió de un modo que lo hacía ver incluso más atractivo. Me sonrojé ante la idea de recordar cómo me hacía sentir cuando todavía no éramos nada. Luisa y Natalia notaron lo roja que estaba y soltaron risitas. Él tomó de mi mano, y me guió hacia afuera de la cafetería del Instituto, llegando al parqueo.
-Hola –musitó mientras nos deteníamos y me miraba con sus ojos pardos que tanto me encantaban.
-Hola –respondí nerviosa.
-¿Sabes? Extrañaba que te sonrojaras –me acarició una mejilla.
-Yo no –reí –, me siento tonta.
-No eres tonta –susurró tan bajo que me tuve que acercar a él para escuchar sus palabras –, eres lista.
-¿Y tú desde cuándo con tantos cumplidos? –repuse en tono gracioso.
-¿Qué no puedo? –repuso.
Me reí y me abalancé sobre él.
-Claro que puedes.
Tenía tantas ganas de abrazarlo, de sentir el calor de su cuerpo alrededor de mí, protegiéndome como siempre había prometido hacer. Sus brazos me rodearon y me besó la coronilla varias veces. No me quería alejar de él, pero tenía que ir a gimnasia. Me dio un beso rápido en los labios y se fue corriendo al gimnasio.
Y ahí me encontraba yo, frustrada como estaba, deseando tenerlo una vez más en mis brazos, y que sus labios... Me sacudí las ideas de mi cabeza porque no iba a lograr nada con imaginar si él no estaba aquí para plasmar todo a la realidad. El día pasó lentamente. Vi a Sebastián en Historia, pero no me había dado cuenta que también tenía Historia con Martín, lo cual lo hacía incómodo. Tuve que concentrarme plenamente en la clase para evitar voltear a ver a cualquiera de los dos.
Para cuando terminó el día, ni Martín ni Sebastián hicieron su aparición así que me dediqué a irme directamente a la casa. Cuando llegué encontré algo qué devorar en el refrigerador, comí un poco y luego me cepillé los dientes. Cepillé mi pelo y, si en todo caso mi madre me daba permiso, iría a la famosa fogata con la misma ropa. Aunque para ser sincera, no tenía gana alguna de salir.
Me mantuve cambiando de canales en lo que decidía llamar a mi madre, pero me di cuenta que había dejado olvidado el teléfono en el carro. Salí a mala gana a traerlo y tenía cinco llamadas pérdidas: dos de mi madre, una de Luisa, una de Sebastián y otra de Julia. Las que más me asustaban eran las de mi madre, pero era algo que tendría que solucionar cuando ella llegara. Cerré la puerta del carro cuando salí y subí lentamente las graditas. Justo en el umbral de la puerta, oí que alguien me gritó:
-¡Kate!
Me volví y vi a ese sujeto de camiseta azul corriendo hacia mi casa. En cuanto llegó hacía mi lado en el umbral, su aroma había inundado el pequeño espacio. Llevaba una bolsa de comida china: mi favorita.
-Oye, ¿qué haces aquí?
-¿Qué no puede tu novio perfecto venir a hacerte compañía? –Alardeó, pero luego se interrumpió – ¿O vas a salir?
-No, no –negué –, no creo que mi madre me deje salir, pero me hubieras avisado. Al menos, para arreglarme, o parecer un poco más sociable.
No tenía rímel, me había hecho una cola de caballo y tenía mis lentes de lectura puestos… era claro que no me miraba atractiva.
-Para mí, hoy más que nunca, te ves hermosa –repuso mientras dejaba la bolsa de comida en el suelo y me atraía a su cuerpo.
-¿Sabes?
-¿Qué? –apoyó su frente sobre la mía.
-Te extrañaba –sonaba raro decirlo, porque no se había ido nunca, pero él y yo sabíamos que había estado muy tosco estos últimos días.
-No me he ido –rodeó mi cintura con sus brazos, lentamente, haciendo que su tacto con hacía mí me provocará electricidad.
-Y no quiero que lo hagas –rodeé su cuello con mis brazos, acercándome más a él y lo besé. Lo besé como no lo había besado en días. Sus labios eran cálidos y gentiles, mientras los míos eran desesperados y arrogantes, pero aún así él sabía manejarlos. El beso me provocó cosquillas en cada extremidad de mi cuerpo, y no estaba satisfecha. Pero poco a poco, me retiró. Me decepcioné porque no esperaba eso de su parte, pero todo cambió cuando me susurró:
-¿Te parece si continuamos adentro? –en su rostro de dibujó una sonrisa traviesa, a la cual no pude no responder con un asentimiento. Abrí la puerta y él entró con la bolsa de comida. Algo me retuvo en el umbral de la puerta, pero no sabía qué. Me giré y empecé a ver en todas direcciones, y cuando vi la espalda de Martín yendo en dirección a la cafetería lo supe: había visto mi escena con Sebastián y se había alejado. Me cuestioné si Sebastián lo vio y por eso quiso entrar; me pregunté cómo Martín se habría sentido cuando nos vio, y por qué me volvía a sentir como una cucaracha.
Me puse un alto a mis pensamientos, esto estaba tan mal. Yo quería con mi vida a Sebastián, y nadie tenía que cambiarlo. Nadie. Si era cuestión de elegir, elegía a Sebastián… por sobre muchísimas cosas.





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Hace aproximadamente un mes publiqué, así que logré cumplir con el plazo establecido(?). Okno, el chiste es que ya publiqué.

Hello mi gente, ¿cómo están? Se estarán preguntando por mí y de cómo sobreviví a Los Juegos del Hambre, verán... ¡No lo hice! Terminé la saga como una semana después de mi última publicación y les digo que fuí un mar de lágrimas, me deshidraté completamente y en el epílogo me mataron, fue tan perfecto y tan safjsdkfasdfs que tuve que leerlo como cinco veces y las cinco veces volví a llorar. No cabe duda que es una saga bastante hermosa, por lo que a mí respecta: perfecta. 

Y desde ese entonces, he tratado de hacerme la trenza de Katniss, pero ya lo dije: estoy calva so... Eso. Okno, solo tengo el pelo corto. 

Otra cosa que quería decirles, en especial a un anónimo que anda por aquí, que YO NO SOY LA AUTORA DE THE RENEESME CULLEN STORY. Me confunden si así lo creen. Yo solamente era socia de Mari (la autora original) con un blog que creamos juntas, pero nada más. No soy ella. 

Este cap me gusto bastante, incluso cuando salió de una noche de desvelo. Me gusta a lo que lleva todo y ya vamos a saber pronto a qué se refiere Kate con decir "Los Restos de Mi vida". 

Les cuento, en Mayo, el 14 para ser exactos, cumpliré años... otra vez, como todos los años. Ja. Así que vayan pensando bien en su comentario que pondrán por aquí ese día, ah no se crean. También pueden postearme en facebook ^^

Gracias por seguir fieles a esto, gracias por seguir leyendo y por opinar. Les quiero decir que ustedes y sus comentario alegran mis días, así sin mentiras ni nada. Un día estaba tan enojada y de casualidad me puse a leer los comments que no había leído y me sacaron la sonrisa, gracias infinitas por eso. 

¡Lean, lean, lean! Y si no leen un libro, lean mi blog; y si no leen mi blog, lean un artículo; y si no leen un artículo, lean aunque sea la etiqueta de atrás del Shampoo... ¡Pero lean! Es tan lindo leer. 
Gracias de nuevo. Besos y siganme en mi nueva cuenta: @IamDreaming_ me reconocerán por una foto de Josh Hutcherson con su perrito -babas-.

Besos, mi gente.
Majo.

                                                  I'm in a love affair, without a love song.