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domingo, 1 de enero de 2012

Huir es de cobardes. Cap. 17



Y sofoqué un grito. Abrí los ojos como platos. Tenía esos mismos ojos delante de mí. Martín. Él estaba ahí, en el Spring Break. Y me daba por ignorante sobre todo lo que paso esa noche, si es que sabe realmente lo que paso esa noche. Martín era el bar ténder…

-Estuviste ahí –tartamudeé. Es más, creo que con dificultad me entendió.

No dijo ninguna palabra, se quedó mirando fijamente su taza de café que en ese momento el mesero había llevado en ese momento. Tal vez solamente esperó a que éste se fuera para hablar, porque en el momento en que él se retiro hacía la cocina, me miró a los ojos.

Pero justo cuando creí que iba a hablar, solamente me sonrió tímidamente. Así que me quedé exactamente igual a como estaba en el principio, lo que sí sabía era que tal vez el secreto que compartía entre Sebastián y yo, lo supiera alguien más. Y yo no salía del asombro… y del miedo. Sí, no había ocurrido algo de mayor proporción entre Sebastián y yo, pero aún así: el temor de que alguien más supiera un secreto que creías a salvo, era una relación bastante cuestionable. Las dudas agolparon mi cabeza, mis pensamientos empezaron a correr a velocidad y empecé a imaginar cosas que…

-¿Qué fue lo que viste? –exigí saber.

Y con un rostro prepotente, insinuó:

-¿Qué quieres decir? –alzó una ceja, sarcástico.

-No estoy para bromas, Martín –me estaba exasperando.

-¿Y esa noche si estabas para bromas con Sebastián, verdad Kate? –habló subiendo el tono y varios nos voltearon a ver.

-Que paso o no esa noche no es de tu incumbencia –solté las palabras arrepintiéndome en el mismo instante. Yo estaba cien por ciento segura de que él entendía que la situación había pasado a mayores en esa noche, o en peores casos: que de lo tan ebria que estaba, Sebastián hasta pudo haber abusado de mí. Sabía que la mente de Martín corría rápido, tan así si fue capaz de hacerme recordar cosas que me había limitado a omitir.

Quería explicarle que nada había pasado y que tal vez su odio hacia Sebastián provenía de ahí. Pero luego entendí que no tenía que explicarle absolutamente nada, ni aunque él lo quisiera. Otra cosa fuera si me lo pedía con amabilidad, pero ese no era el caso. Su rostro denotaba furia, tristeza, y sobre todo confusión.

-Yo sé que estás consciente de eso, Kate –escupió con odio.

-Deja de meterte en mi vida, ¿quieres? –Grité casi exasperada, y fue casi inevitable que varios me voltearan a ver cuando me paré de mi silla de un salto –Olvídalo de una vez por todas. Si no me afecta a mí, no le tiene por qué afectar a alguien más. ¡Es mi vida!

Y salí de la cafetería, como había estado saliendo últimamente de cualquier lugar: con alguien gritando mi nombre en mi espalda. Ya estaba cansada de la situación, pero esta vez no tenía por qué detenerme, Martín no era nadie en mi vida y no lo sería si seguía insistiendo con eso.

Aún no podía darme el lujo de llegar a mi casa como si nada, por lo que marqué rápido a Julia mientras caminaba en la oscura calle, con varias personas yendo a casa, o caminando por ésta misma por simple placer.

-¿Diga?

-¡Julia! –grité cuando al fin me contesto.

-¿En dónde andas metida? –susurró y me pareció oír un portazo.

-¿Ya se fue Stuart? –pregunté mientras disminuía el paso cuando me acerqué a mi casa, me giré para ver si Martín por si acaso me había seguido, y aparentemente no lo había hecho.

-Ya –me advirtió Julia –, pero tu madre está furiosa contigo.

-¿Se dio cuenta?

-¿Y cómo no lo iba a hacer? –habló con sarcasmo.

-Ya estoy enfrente, te veo arriba.

Y admito que tuve que armarme de suficiente valor para poder siquiera meter la llave en la cerradura, pero la puerta se abrió de golpe y tenía a mi madre, un poco molesta. Mi madre no era de esas que se enojan y ponen cara de estreñidas, no; primero le gustaba oír cómo me sentía y la razón del por qué actué como había actuado, y luego con calma me decía que no tendría que haberlo hecho y blah blah.

Pero su rostro estaba demasiado confundido, y su expresión aún más. Lo que estaba haciendo era hacerme sentir mal, y lo estaba logrando.

-Kate… –pronunció.

-Mamá, si quieres que me compadezca por papá, no lo vas a lograr –solté mientras entré esquivándola y yendo hacía la cocina. Oí como me seguía con pasos lentos cuando se recostó en una pared del comedor viendo cómo rebuscaba en el refrigerador. En ese silencio incómodo me pregunté en dónde estaría metida mi tía, para un poco de ayuda. Calenté un poco de pollo que había en un hermético y lo miré fijamente mientras giraba en el microondas, intentando no darme la vuelta para verle la cara a mi madre.

-En más de algún momento tendrás que verme a los ojos –soltó.

Era casi escalofriante la conexión que teníamos, pero a veces le daba gracias a Dios de que no fuera tan profunda y de ese modo, a veces, y solo a veces, pudiera disfrazar mis sentimientos.

-¿Y qué quieres que diga? –dije sin girarme.

-¿Por qué huiste? –quiso saber con su voz natural llena de duda.

-Yo no huí –bufé.

-¿Y entonces cómo se llama eso que hiciste hace unas horas? –exigió una respuesta, incluso cuando no tenía respuesta para tal pregunta. Se hizo silencio y lo único que lo interrumpió fue el pitido del microondas finalizando su ciclo. –Y aún no entiendo de qué era exactamente de lo que huías, porque tú padre solo…

¿Así que no le había dicho? Ese hecho me enfureció un poco más, pero a la vez me tranquilizó porque no se armó gran escándalo como yo esperaba.

-¿Qué dijo papá exactamente? –pregunté mientras incontrolablemente me giré para ver su rostro. Estaba un poco apagado y ahora ella estaba sentada en las sillas del desayunador.

-Dijo que quería pedirte una disculpa –dijo frotándose las manos. Era increíble que llegáramos a extremos para que mi padre cediera un poco de su orgullo y se disculpara. Mi madre añadió –: Yo creo que se refería a su reacción con Sebastián.

Y bueno, sí. También él tenía que ver con todo esto, pero es que… la verdad era que estaba frustrada. Nunca quise que papá reaccionara así ante la noticia de Sebastián, nunca quise enojarme con Sebastián, nunca quise que esa ida al hotel saliera mal y mucho menos que yo terminara con gran coraje hacia mi padre y a esa típica recepcionista. Y a todo esto, estaba dejando a un lado el hecho de que Martín estaba casi por sobre de mí con tal de que yo me alejara de Sebastián, cosa que aún no lograba a entender del todo bien.

Debido a todo lo que tenía en la cabeza, no pude evitar no suspirar y agachar la cabeza cuando me di cuenta de todo lo que había pasado en unas cuantas horas. Parecía una película de terror, y si en todo caso yo no era el monstro que complicaba todo, entonces sería la cobarde que pudo hacer mucho, pero como huyó… todo se llevó a la ruina.

-¿Por qué huiste, pequeña? –habló mi madre. Y noté que la tenía enfrente de mí con sus manos en mi rostro limpiando varios surcos de lágrimas que caían de mis ojos, ¿era posible que no me haya deshidratado ya?

Pero no hablé, estaba harta de que me preguntaran qué tenía cuando ni yo misma lo sabía. Me alejé y me deshice de sus manos como pude, aún soltando lágrimas.

-¿Por qué huyes, Katherine? –exigió mi madre con tono autoritario, supuse que un poco cansada de ver mucho y no oír palabra alguna.

-¡No estoy huyendo! –Le grité –¿Qué acaso no me ves? ¡No me he ido a ningún lado!

Y de un segundo a otro, tal y como sentí cuando Jasmine lo hizo, mi madre me golpeó la mejilla. Y de la manera en que el golpe dirigió mi cabeza hacia la izquierda, ahí misma me quedé estancada de la conmoción. Mi madre jamás en la vida me había pegado, y ya lo había hecho… ¡y por algo tan pequeño!

Fue casi inevitable que los ojos se me llenaran de lágrimas, y para cuando volví la cara y vi su rostro, ella tenía la palabra “arrepentimiento” grabada en su frente. Tenía los ojos húmedos y se llevó las manos al rostro, tratando de ocultar la vergüenza. Me toqué la mejilla que me había abofeteado y juré que pude sentir como ardor, o algo así. Cuando sentí la punzada, cerré los ojos, dejando que las lágrimas escaparan y cuando los abrí, ella quería avanzar hacia mí…

-Kate…

Estiró una mano, pero como un reflejo me retiré de ella.

-No –susurré con la cabeza gacha y alejándome poco a poco mientras estallaba en llanto –. ¡No!

Y salí de la cocina a toda velocidad hacia mi cuarto, cerrando de portazo detrás de mí. Me tumbé en la cama, sobre las almohadas y empecé a llorar. ¡Es que no era justo! ¿Por qué todo, en este preciso momento, se tenía que sobrevenir sobre mí? ¿Qué acaso Dios no sabía que yo no tenía las fuerzas suficientes para sobrepasar todo esto?

Lloré, grité, estallé, y creo que casi me ahogaba, pero no me importó que media casa me oyera, necesitaba con todas mis fuerzas desahogar toda la frustración que llevaba dentro al tratar de hacer algo bien, algo por el bienestar de todos y que al final saliera patas arriba. Y de pronto, tocaron a mi puerta.

-¿Kate? –dijo Julia, entrando.

-¡No! –grité mientras empujaba de nuevo la puerta y la dejaba a ella afuera.

-Por favor, déjame entrar –suplicó.

-¡Déjame sola! –le pedí entre lágrimas. Y no oí absolutamente nada más. Poco a poco, me fui resbalando por la puerta hasta quedar sentada, y llorando.

La verdad era que no había una manera más patética de verme. Si es que “patética” era la palabra adecuada. Me tumbé en el suelo frío, tal vez así me lograba tranquilizar un poco, o meditar las cosas. Todo estaba tan mal que ni podía enumerar la cantidad de cosas que había arruinado ese día. Había alejado a mi padre de mí, había huido, le había gritado cosas a Martín, cosas que tal vez no tenía derecho a oír, y le había gritado a mi madre que fue lo que había hecho estallar el vaso al haber reaccionado ella de esa forma.

Estaba alejando a todos aquellos que se suponía que se preocupaban de mí, por creer que no lo hacían. Incluso a Julia. Quería meter la cabeza en mis sábanas pero existían dos contras: la primera era que no tenía la fuerza suficiente como para siguiera llegar a mi cama y la segunda era que si me ocultaba en ellas, de la misma manera tendría que salir. El mundo era cruel, pero no escuchaba que las personas se quejaran constantemente como yo lo había hecho tantas veces este día. O aprendieron a no sorprenderse tan fácilmente, o la vida les pegó tan duro que ya aprendieron a levantarse de las tantas repeticiones que han tenido.

Y yo aquí, escondida en mi cuarto. El mundo estaba hecho de pruebas, y estaba hecho para que “valientes” las sobrellevaran, no “cobardes” que huyeran. Huir era de cobardes, y la pura verdad era que yo estaba huyendo.

Hui de cualquiera que haya querido ser la explicación de mi padre, hui de cualquiera que haya sido la razón de Martín para creer que Sebastián no me convenía e incluso había huido de mi madre cuando quiso arreglar e intentar descifrar mis pensamientos, a las buenas. Había huido de todas las oportunidades que la vida me había brindado de saber cosas, de las oportunidades servidas en bandeja de plata, por así decirlo. ¿Cómo alguien en su sano juicio puede huir de algo así?

Si me lo preguntan, a mí, no sabría decirles, pero supongo que el miedo me estaba carcomiendo cada uno de mis huesos. El miedo a que esas oportunidades me cambiaran la vida, pues no quería; estaba satisfecha con lo que la vida me había dado y sabía que cualquier cambio lo estropearía, pero al pensarlo bien… ¡Yo había sido quién lo había estropeado todo desde un principio!

Lo único que le pedía a Dios era que todas aquellas personas a quienes había lastimado, pudieran entender mi cobardía, mi falta de valor, el por qué hui. Una persona como yo no estaba mentalmente capacitada para todo esto, y así lo demostré, derrumbándolo todo. Me dolía porque todos esperaban que madurara, que me comportara como una adulta y mientras yo lo intentaba, mi alma poco a poco se agrietaba y era solamente cuestión de tiempo para que se partiera en pedazos.

Tenía una decisión final hacia todos estos pensamientos: “No huir”. Y así lo iba a hacer, al menos a tratar. Lo primero que quería hacer era hablar con papá, pero eso sería posible hasta en la tarde. Luego, si podría, hablaría con mi madre, le pediría perdón y entendimiento hacía mí. Y por último hablaría con Martín, decisión no tan bien pensada del todo, pero quería sacar ese “alfiler” de mi pizarra de “pendientes”. Me abrumó el miedo por tal vez no querer saber lo que tenía que decirme Martín, o lo que pensaba, pero estaba segura que fuera lo que fuera, mi amor por Sebastián no cambiaría. En estos momentos era cuando él me tenía sujetada a la tierra, cuando más dependía de él. Y así como lo fui pensando, caí en un profundo sueño en donde dominaba la oscuridad. Tendida en el suelo frío respiré acompasadamente hasta la siguiente mañana…

La luz tenue entró por la ventana, haciendo que mis ojos se sintieran pesados, como si no hubiera dormido absolutamente nada. Desperté tendida en el suelo, tratando de respirar un poco antes de levantarme y sentía los ojos hinchados, supuse que había llorado hasta caer dormida. Me vi en el espejo de la puerta y lucía fatal: tenía un poco de máscara corrida por los párpados y los ojos hinchados como lo presentía. Tomé una toalla, aun no muy consciente de la hora, y me dirigí al baño para darme una ducha. En el pasillo me encontré a Julia y no fui capaz de sostenerle la mirada; tal vez era porque mi aspecto era del asco, o porque en realidad me sentía mal al haberla alejado.

-¿Cómo amaneciste? –preguntó ansiosa, casi ignorando lo de anoche.

-Cansada –musité.

-Te ves fatal –replicó en cuanto vio mi aspecto.

-Gracias –forcé una sonrisa –. Oye, lo siento por lo de anoche, es solo que yo…

-Tranquila –sonrió –entiendo que no querías ver a nadie y honestamente, me salvaste pues no tenía ninguna palabra de aliento adecuada.

Su sinceridad parecía avergonzarla, pero a mí me confortó.

-Oye, ¿y mi madre? –pregunté antes de cerrar la puerta del baño.

-No sé nada de ella –se encogió de hombros –, acabo de despertar.

-Está bien.

Me duché queriendo que las gotas quedaran impregnadas a mi cuerpo, que me relajaran no importando qué. Pero sabía que tenía que salir rápido, no tenía consciencia de la hora y todavía tenía que cepillarme el pelo. Salí y me vestí echando una última ojeada en el espejo de mi cuarto. Me sequé el pelo, alborotándolo un poco, pero me quedó esponjado, así que mejor me hice una cola de caballo. Bajé a trompicones las escaleras, con mi mochila en la espalda dispuesta a comer y, si podía, hablar con mi madre. Cuando llegué a la cocina solo me encontré a Lucía tostando un poco de pan.

-Buenos días –exclamó al verme.

-Buenos días –busqué con los ojos en toda la cocina, y no había señales de nadie –. ¿Y mi mamá?

-Sigue dormida –dijo ausente.

Metí el rostro entre las manos, quería echarme a llorar de nuevo, pero tenía que controlarme.

-Me contó lo que sucedió ayer –dijo tratando de empezar una conversación, y cuando saqué mi rostro de mis manos, tenía el suyo muy cerca del mío y sus ojos escudriñándome intensamente. Para evitar la incomodidad, miré hacia el reloj que estaba en la cocina y vi que era tarde.

-¿Esa es la hora? –exclamé mientras ella asentía.

Salí disparada tomando mis llaves de un jalón y saliendo a la carrera. Se me había hecho tarde y no quería retrasarme. Sentí un leve ardor en mi frente y cuando entré al auto, me miré en el retrovisor y noté que no me había puesto una gasa nueva en la herida de ayer. Sentía que la frente me palpitaba y me dolía, pero decidí mejor pedirle una gasa a Louis cuando llegara a la escuela.

Arranqué y traté de controlar un poco la velocidad. Llegué a la escuela más rápido de lo que creí y me dirigí a mi casillero. Luisa y Natalia estaban charlando armoniosamente y cuando me vieron se sorprendieron.

-Kate, creímos que no… –empezó Natalia.

-¡Dios Santo, Kate! –Exclamó Luisa –Tu herida está roja y…

-Lo sé, lo sé –exclamé un poco impaciente mientras abría mi casillero y dejaba mi mochila ahí. Tomé solamente mi libro de Biología y mi cuaderno y unos lápices –. ¿Han visto a Sebastián?

-Vi su auto –respondió Natalia –, pero a él no.

Honestamente no era que me preocupara en gran cantidad, pero quería saber en dónde estaba. Luego vino a mi mente que no tenía Biología con él, pero sí tenía uno libre así que podría verlo ahí. La herida me palpitó de nuevo, y recordé que tenía que ir a enfermería.

-Tengo que ir a enfermería –cerré mi casillero –, ¿las veo en Biología?

Ambas asintieron y me encaminé a enfermería, un poco presurosa. Mi mente estaba totalmente aturdida, no había logrado hacer nada de lo que quería hacer hoy. Primero quería hablar con mis padres, pero ni con mi madre había podido hablar en la mañana así que tendría que hablarle en la tarde, igual que con mi padre. Pero todavía quedaba un cabo suelto: Martín. Podría ir en su busca, pero mi corazón sentía que debía hacerlo sin que los ojos de Sebastián pudieran notarlo. Sí, era como ocultárselo, y honestamente no me sentía bien al ocultarle algo, pero tenía que investigar. Además, era información sobre Sebastián, información que, independientemente de si fuera real o no, tendría gran significado para mí.

Cuando llegué a la enfermería toqué y la dulce voz de Louis me indicó que pasara adelante. Abrí la puerta tímidamente y asomé mi cabeza.

-¡Querida! –Exclamó al verme, me haló hacia adentro y me abrazo –Espero no estés enfadada conmigo por lo de ayer.

-No, no –negué –. Igual, tendría que haberme topado con las preguntas de Sebastián luego de un tiempo y solamente me lo ahorró.

La verdad es que sí estaba un poco enfadada, sí ella no hubiera usado su “plan” para que Sebastián oyera nuestra conversación, no hubiera discutido con él, pero eso ya no importaba porque ya todo estaba bien.

-Me alegro mucho –sonrió cariñosamente –, pero esa herida no se ve muy bien, ¿te has puesto gasas?

-Sí –asentí –es solo que hoy salí demasiado tarde de la casa y no me dio tiempo para poder ponerme una limpia. Por eso vine aquí…

Y deje la frase en el aire en el mismo momento en que ella se levantó de su silla detrás del escritorio y corría hacia una estantería llena de cosas médicas.

-Siéntate y terminaré contigo en cuestión de segundos.

Y eso estaba esperando porque tenía que llegar a mis clases. Y así fue: Louis terminó más rápido de lo que cantaba un gallo, literalmente. Me ofreció un caluroso abrazo de despedida y me envió directamente a mis clases, con órdenes estrictas de no desviarme. Incluso si el obstáculo se llamara “Sebastián”. Llegué justo a tiempo y me senté en mi lugar dos minutos antes de que la maestra llegara.

Cuando entré, pude sentir la mirada fulminante de Jasmine perforando cada uno de los poros de mi piel. El resto de la clase, bueno a ellos no les importaba mucho qué me pasara o qué me dejara de pasar, así que estuve más que todo tranquila. La clase transcurrió con un aburrimiento de tamaño proporcional y mi menté divagó una que otras veces al tocarme la gasa. Mi maestra se acercó para darme una hoja que había entregado el día anterior y para desearme una pronta recuperación, incluso cuando le sorprendió verme en su salón.

Cuando la campana tocó, le pisé los talones a Natalia y a Luisa, quiénes iban para su casillero. Les pedí de favor que me dieran sus cuadernos de Biología y del resto de materias que compartíamos para poder ponerme al día, y lo haría en la hora libre. Sentí como mientras caminaba, Jasmine empujó mi hombro.

-Oye, ¿cuál es tú problema? –le gritó Luisa. Jasmine se detuvo, se giró, pero no regresó hasta nuestro lugar, permitiendo que todos los que estuvieran ahí escucharan.

-¿Por qué no le preguntas a tú amiguita? –soltó señalándome con su cabeza, se rió amargamente y caminó charlando con una compañera.

Ignoré su comentario y seguí mi camino hasta mi casillero, pero estaba cien por ciento segura de que ellas dos no dejarían el tema ahí. Abrí mi casillero y ellas hicieron lo mismo, en silencio. Era solo cuestión de tiempo para que…

-Enserio, no entiendo cuál es su problema –exclamó Natalia.

-Lo que no entiendo yo, es por qué razón tú no has hecho nada –sonó incrédula.

-Y no lo haré –repliqué mientras sacaba mi mochila y metía los cuadernos que me habían dado.

-¿Por qué no? –reclamaron al uniso.

-Porque no –respondí y al ver que ambas se disponían a refutar mi decisión –, y punto y final.

-¿Cómo vas a dejar que ella te trate así? –preguntó Natalia.

-No voy a dejar que me trate de ningún modo –cerré mi casillero –, ella está enfurecida porque Sebastián no le puso atención por ser inmadura y malcriada, y si me rebajo a su nivel sería exactamente lo que Sebastián detesta. Además, no hay nada más gratificante que tu rival sepa que eres feliz.

Y en eso tenía toda la razón. Jasmine estaba ardida, y le ardía verme feliz al lado de Sebastián, y que él también lo fuera a mi lado, por lo que me iba a limitar a ser algo totalmente contrario a ella. Les sonreí a ellas cuando empezaron a decir que si eso era un método de ver las cosas, no estaba del todo errónea.

-Tenemos que ir a Historia –dijo Luisa refiriéndose a ella y a Natalia –, a ti te veo en Química y a ti –se dirigió a Natalia de nuevo –, nos vemos en el almuerzo ¿les parece?

Natalia y yo asentimos y nos separamos, iba en camino a la clase del periodo libre. Tomé mi teléfono cansada de buscar con la mirada y le mandé un texto a Sebastián:

“¿En dónde estás?”

Lo envié y en cuanto levanté la vista, encontré mi primer cabo suelto del día: Martín estaba del otro lado del pasillo hablando con unos amigos y riendo a carcajadas. ¿Y si hablaba con él ahora? ¿Me consideraría muy impertinente? Bueno, no tendría que ir a soltarle mis suplicas para que me dijera todo lo que sabía, y tampoco quería parecer interesada.

“Voy camino al libre. Te veo ahí.”

Leí el texto de Sebastián como si fuera una señal, de que por lo menos tenía que saludar a Martín o algo. Hubiera dado lo que fuera por querer ver mi cara ante tal decisión, pero como impulso, empecé a caminar en dirección a Martín. Poco a poco, todos sus amigos cesaron las risas, menos él, quién por supuesto no me había visto. En cuánto me vio, dejó de reírse y puso cara de pocos amigos; no parecía tener esa expresión ayer en la cafetería.

-Nos vemos luego –exclamaron sus amigos y salieron casi huyendo cuando ya estaba justamente delante de él. Los seguí con la mirada ignorando el hecho de que estaban casi que huyendo de mí.

-¿Qué les pasa? –pregunté retóricamente.

-No sé –habló cortante.

Supuse que estaba molesto debido a mi ida fugitiva de ayer.

-Oye, solo quería pedirte perdón por… -comencé.

-¿Perdón por qué? –me cortó de inmediato, escrutándome los ojos con el ceño fruncido.

-Por haber reaccionado así ayer –admití un poco avergonzada –. No estaba teniendo un excelente día así que… lo siento.

-No importa –musitó.

Y su actitud no cambió. ¿Entonces por qué estaba enojado?

-Oye, ¿hay algo más que te molesta? –me atreví a preguntar.

-¿Por qué lo dices? –desviaba la mirada de vez en cuando, pero me miró a los ojos esta vez.

-No sé –solté intimidada por su mirada –. No eras tan rígido ayer…

Y, como un rayo, la expresión en su rostro cambió. De estar molesto y empurrado, paso a ser un rostro apacible y apenado.

-Lo siento –se disculpó –, es que…

-¿Es que, qué?

-Es que no me siento cómodo hablando contigo aquí, en la escuela –lo confesó en susurros, avergonzado por completo.

-No comprendo –era totalmente la verdad.

-Yo… –comenzó.

-¿Kate? –habló una voz detrás de mí. Me giré y vi a Sebastián, rígido y con cara de pocos amigos – ¿No dijiste que estabas ya en el salón?

Cuando habló, no despegó su mirada de Martín, mas este no despegó sus ojos de mí, mientras yo miraba a Sebastián, pues los sentía clavados en mi nuca.

-Nunca dije eso –escruté.

-Entremos –me rodeó los hombros y casi que me obligó a entrar. Intenté ver por mi hombro, pero solo pude ver a Martín de reojo, quién alzó una mano para despedirse de mí. Hubiera hecho lo mismo si en ese momento no hubiera entrado al salón, arrastrada por los brazos de Sebastián.

No dije ni una sola palabra, pero tampoco quería provocar pelea alguna. Le platiqué de todos los trabajos que tenía que hacer y me dijo que me podría ayudar. Me preguntó por mi herida, y medio jugueteó con la gasa que Louis había colocado con mucho cuidado. Estaba concentrada en la hoja de un escrito, cuando sentí su mirada en mi perfil. Odiaba cuando hacia eso porque no podía concentrarme, y siempre terminaba riéndome, y esta vez no fue la excepción.

Lo vi a los ojos y le sonreí, aunque en su respuesta fue algo tímido, o más bien: reservado. Seguí adelante escribiendo, pero aun sentía su mirada en mí. Usualmente, cuando hacia eso sabía que se debía a que sus pensamientos estaban divagando, y era un hecho de que en ese momento lo estaban haciendo, pero su rumbo era uno totalmente diferente.

-¿En qué piensas? – pregunté luego de tanta duda en mi cabeza.

-¿Estabas hablando con Martín Adams? –preguntó honestamente.

-Sí –admití mientras hacía como quien no quiere la cosa y volvía a mi libro de biología en busca de una página, obviamente lo hice para evitarme algo incómodo.

-¿Hablas frecuentemente con él? –volvió a tocar el tema de Martín.

-¿Eso era lo que tenías en tú mente todo este tiempo? –pregunté incrédula, aunque en realidad no lo estuviera del todo.

-No respondiste –se limitó a contestar.

Ahí se desvaneció mi sonrisa, y todo intento de bromear.

-No –respondí secamente –. Lo conocí ayer. Parece agradable, no sé la verdad… Me comentó que es compañero tuyo en algunas clases.

Me hice la vil y total vaca. Si iba a “investigar” necesitaba buscar información de ambos lados, si Sebastián se ponía tan nervioso ante mi amistad con Martín significaba que había algo, o hubo algo.

-Sí, en algunas –respondió ausente, garabateando en su cuaderno –. Y no es para nada agradable.

Cuando dirigí mi vista hacia él, noté que tenía aferrado el lapicero a su mano tan duro, que ésta casi se quedaba sin sangre que circular.

-¿Así? –Inquirí ignorando ese gesto – ¿Así es en todas las clases?

Y seguí buscando en el libro, “ausente”.

-No sé, la verdad… ni me interesa saber –su tono cambió y los vellos de los brazos se me erizaron –. Kate, no estoy muy seguro de que tu amistad con él sea buena idea… no sabes cómo es…

-Pues tú tampoco –trate de controlar mi tono, de no parecer tan a la defensiva de Martín –, ¿puedes dejar los celos a un lado?

-No son celos –sonó frustrado, como si yo no entendiera qué era lo que quería –, escúchame…

-Mira, si quieres que ya no me acerque a él, dímelo claramente –repliqué mientras empezaba a meter todo a mi mochila, un poco molesta, pero igual faltaban segundos para que la campana tocara de nuevo –, pero no dañes la imagen de un pobre muchacho solo porque sí…

Y me levanté, en parte para hacerlo más dramático: mala idea. Él se paró conmigo y, como era de esperarse, su altura lo hizo sonar más mandatario cuando gritó:

-¡Óyeme, Kate! –estaba casi furioso, sentía que los ojos se le iban a salir de sus orbitas. Me tomó de la muñeca con fuerza y no le importó que todo el salón nos estuviera viendo –Aléjate de él, ¿quieres? –Susurró –Hazlo por mí, ¿por favor?

Sonó absolutamente desesperado, contrariado y un poco exasperado. En ese momento, el maestro de turno llegó hacia nosotros y preguntó:

-¿Algún problema, señorita Johnson? –dijo con los anteojos cayendo por su nariz. ¿Era una broma? Sebastián me tenía sujetada a la fuerza, y su cara parecía de lunático, ¿y así se miraba algo bien? La campana sonó en ese mismo instante y me solté de Sebastián, enfurecida.

-No, ninguno señor –y fulminé con la mirada a Sebastián saliendo del salón, pero en la puerta él me llamó.

-Señor Anderson, ¿puedo robarle unos minutos de su tiempo? –pidió el profesor.

Sebastián maldijo por lo bajo y accedió a quedarse, se lo agradecí tanto y decidí no perder tiempo. Empecé a correr por los pasillos, sin aire, buscando desesperadamente el rostro de Martín. Encontré a uno de sus amigos en su casillero y corrí en su búsqueda.

-Oye –exclamé para llamar su atención.

Su cara se crispó un poco cuando me vio, pero lo disimuló bastante bien incluso cuando no me respondió.

-¿Me puedes decir en donde puedo encontrar a Martín? –cuestioné exasperada.

-¿A Martín? –Parecía incrédulo – ¿Por qué lo quieres ver?

-Eso no te importa –le corté con descortesía –, ¿me podrías decir a qué clase va?

Agachó la mirada, arrepentido de su decisión y habló:

-Está saliendo de gimnasia –musitó.

-Gracias –dije casi lista para echarme a correr.

-¡Oye! –Gritó este sujeto antes de que me fuera –Harías bien si no te involucras con Martín, digo… por su bien.

No entendí muy bien, pero no quería explicaciones. Salí corriendo hacía el gimnasio y me escondí en un pilar esperando a que saliera. Una bola de hombres salieron, todos apestosos a desodorante y de último iba Martín, iba platicando y riendo armoniosamente así que consideré dos veces lo que había planeado, pero enserio yo ya no podía esperar. Tan rápido como pude, lo tomé de la chaqueta y lo halé para el rincón del pilar, haciendo que quedara tan cerca de mí que tuve que contener la respiración, por instinto. Tenía sus ojos verdes tan cerca que si no hubiera estado tan decidida como estaba, hubiera jurado que la cosa hubiera terminado mal ahí.

-¿Qué te sucede? ¿Acaso estás…?

-¿Loca? –Terminé la frase por él –Sí, bastante.

-¿Qué quieres? –exigió saber.

-Necesito que me digas específicamente todas y cada una de las cosas que sabes de Sebastián Anderson…



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¡Feliz año, pequeños saltamontes! :D

Espero su 2011 no haya sido tan desastroso como el mío, y si lo fue tengan fe en que este será un mejor año. Qué mejor manera de empezar el año que publicando, en un símbolo de algo que haré durante todo este 2012 hasta que ustedes digan "Ya no quiero saber nada de esta aburrida historia", ahí es donde dejaré de escribir ;) Y ni ahí, solamente dejaré de publicar y eso.

Les deseo muchísimas bendiciones y una vez más gracias por este año tan hermoso que me dieron, aunque las entradas hayan sido pocas. Les agradezco de corazón, no saben cuanto.

Un minuto de silencio por quienes comienzan clases el viernes... OSEA YO. Juro que me quiero morir enserio.

Hablamos bien en la próxima entrada, porque ando de polizón en la compu de mi papá y ya me corre.

¡Besos y abrazos!


If you're gonna let me see the sun you set.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Obstáculos. Cap. 16

Recomendación músical: None. A veces el silencio es más inspirador que la misma música... u.u aah jajaja no se crean, no me dió tiempo de buscar las canciones porque quería publicar este cap, ¡hoy mismo! Además, creo que ninguna hacía caso sobre ellas u.u *Sentida Mode On* Jajaja no se crean :D

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-Me llamo Martín –extendió su mano.

-Kate –dije mientras estrechaba su mano y le sonreía, mientras él hacia exactamente lo mismo.

-¿Eres nueva por aquí? –me pregunto al cabo de un rato.

-¿Por qué lo preguntas?

Vi la hora en mi teléfono y recordé que Natalia y Luisa me esperaban, pero asumí que esta charla no duraría mucho.

-Nunca te había visto por aquí –dijo mientras se disponía a caminar y yo lo seguía.

-Pues –consideré prudente no decir mi exacta ubicación –debería ser yo quién no te ha visto por aquí a ti.

-Me pareces familiar –dijo escudriñándose las sienes –, creo que vamos al mismo instituto.

-¿Enserio? ¿Al Instituto? –era fácil reconocer, pues era el único instituto que había en la ciudad, los demás eran colegíos y eso. Así que era por eso que ya lo había visto antes en algún lugar.

-Eres Kate Johnson, ¿cierto?

-Sí, sí –me parecía bastante ilógico que él me reconociera y yo no, o tal vez me daba pena.

-La hija de Stuart, el abogado, ¿no? –creo que estaba de más asentir a eso –. ¿La novia del nuevo?

Pero la forma en que pronunció “nuevo” no me simpatizó para nada, lo dijo como si esa palabra le provocara asco o nauseas.

-Sí –reafirmé –novia de Sebastián.

-Ah –dijo como quien no quiere la cosa –está bien.

Se comportó un poco cortante cuando justo recibí una llamada.

-¿Diga?

-¿En dónde estás, Katherine? –habló exasperada Luisa. Solamente me hablaba con mi nombre completo cuando estaba realmente furiosa.

-A unas calles, ya llego –hablé quedamente puesto que el grito de Luisa se oyó hasta donde Martín estaba, y él solo rió. Colgué y metí el teléfono en mi bolsillo trasero.

-Vaya, parece que te esperan –comentó Martín.

-Creo que sí.

-Oye, una pregunta –se atrevió a decir –: ¿el nuevo es muy exigente?

-¿Qué quieres decir?

-Digo, es él quién te estaba preguntando en dónde estás, ¿no? –asumió erróneamente.

-No, claro que no –y mi curiosidad despertó –. ¿Por qué lo preguntas?

-Porque –se miró las manos con temor a lo que yo pudiera pensar –, no sé, es lo que aparenta. Es decir, no habla con nadie en clases y siempre se mantiene solitario.

Fruncí el ceño, pues porque enserio no sabía qué decir. Nunca lo había visto así, siempre asumí que tenía amistades en clases o algo así.

-No me tomes a mal –interrumpió mis pensamientos –, pero creo que aleja a la gente. O creo que la gente le teme a él, no sé.

-Tú estás confundido –repuse mientras me hacía a un lado y me encaminaba hacía mi casa con la esperanza de dejarlo atrás.

-Es Sebastián, ¿cierto? –me gritó sobre los hombros, me detuve y me quedé parada en seco –. Dime si me equivoco.

Regresé solo para verlo a la cara.

-Tú no lo conoces –solté con enojo.

-Créeme, linda –musitó con tono lastimero, como si los recuerdos se estuvieran apoderando de él. De la nada, colocó cuidadosamente un mechón de mi pelo, detrás de la oreja –, lo conozco y te apuesto que hasta más que tú.

-No me interesa saber nada –le repliqué mientras quitaba su mano bruscamente lejos de mi cabello –, y no me digas linda.

Salí de ahí mientras él solo se dedicó a observar mi paso rápido. Crucé la calle y no me molesté en voltear a ver atrás, ni siquiera para ver si me había seguido. Vi el carro de Luisa aparcado en la entrada, y en cuestión de segundos ella y Natalia salieron del carro. Entramos a la casa y no dije ni una palabra, juraba que echaba chispas.

Tiré las llaves en la mesa y fui directamente hacía mi cuarto, gritando y bufando en las escaleras. Quería expresar mi enojo de una manera que no me hiciera llorar y que no me hiciera ver débil.

-¿Qué sucedió? –preguntó Natalia.

Enterré la cara en la almohada mientras Luisa se sentaba a los pies de mi cama y Natalia se sentaba en la silla de mi escritorio.

-Todo está mal, mal, mal, mal –repetí la palabra tantas veces como el aire me lo permitió.

-Saca la cabeza de ahí y habla –ordenó Luisa.

Primero les conté desde el plan de Jasmine, hasta mi descubrimiento de que Louis, la enfermera, era abuela de Sebastián. Luego, de cómo me dolió que Sebastián no creyera capaz a su amiga rubiecita de lo que en realidad había hecho, de mi berrinche y de mi plan de ir a visitar a mi padre. Y también de cómo ese plan había salido tan mal que me arrepentía tanto, comenté de que nunca nos había dicho que venía seguido y lo que había dicho esa zorra de la recepcionista. Y para rematar con broche de oro, lo que ese sujeto Martín había dicho de Sebastián que, aunque no fuera tan importante, me enojó que alguien pudiera pensar así de él.

Y cuando terminé, noté que estaba al borde de las lágrimas y que solamente no estallaba porque tenía que terminar de contar mi relato.

-Espera, espera –habló Natalia –. ¿Estás hablando de Martín Adams?

-No sé ni su apellido –repuse mientras me enjugaba las lágrimas con la mano.

-Creo que es el único Martín que existe en el Instituto –comentó Luisa.

-Pues él está conmigo en mi clase de Español y de Química –Natalia habló quedamente –, y parece agradable.

-Pues es obvio que no lo es –repuso Luisa.

-¿Quieren olvidarse de Martín de una vez por todas? –pregunté exasperada –. Aquí lo que más me duele es el hecho de que mi padre sea casi un completo mentiroso y que Sebastián… ¡agh!

Y me hundí en las sábanas, deseando no poder pensar. De pronto, el teléfono de Luisa sonó y nos espantó a todas por completo. Contestó un poco incómoda.

-¿Diga? –Su semblante se crispó –Sí –no sabía que expresión poner en el rostro –. No lo creo –me pareció extraño y quise saber con quién hablaba –. Entiendes lo que hiciste, ¿cierto? No es algo tan liviano –le hice señas, pero me ignoro –Espera –se puso el teléfono en el hombro mientras nos hablaba –, regreso en un rato.

Salió disparada hacía abajo y no pudimos oír nada más.

-¿Quién crees que sea? –dijo Natalia casi leyéndome el pensamiento.

-No sé –musité mientras me ponía la almohada encima.

-Kate, tranquila –se acercó a mí y se sentó al lado de la cama –. Yo sé que todo puede estar boca abajo, pero hay que aprender a ver que también hay una buena vista de cabeza.

Lo que dijo no tenía mucho sentido, pero a pesar de todo le entendí. Entendí lo que quería decir y el objetivo de su consejo. Saqué mi cara de la almohada y la miré a los ojos.

-Ya no sé nada –repliqué mientras me acercaba a ella y la abrazaba. Ella instintivamente me rodeó con sus delicados brazos y me estrujó contra ella. Ese sentimiento que tienes cuando te abrazan sinceramente me inundó y empecé a llorar. Honestamente ya estaba harta de las malditas hormonas. Cuando de pronto oí que la puerta se cerraba de portazo, ¿a qué hora había sido abierta?

Natalia se separó de mí un poco alarmada, ¿y Luisa? Estaba abajo y no sabía quién diablos había entrado, mi madre no podría ser porque ella no era tan escandalosa, y hubiera empezado a gritar cosas como “Kate, ya vine, ven a ayudarme”. Salí de la cama de un salto y Natalia se quedó a mi lado, avanzamos lentamente hacía la puerta, pero nos detuvimos cuando oímos que dos pares de pies subían por las escaleras. No puedo mentir, estaba asustada hasta los huesos y la expresión en el rostro de Natalia denotaba casi lo mismo. Le dije en señas que se quedara justo detrás de mí y me hizo caso; avancé unos pasos, pero Natalia tomó mi muñeca rogando que no avanzara más, pero me solté y dirigí mi mano hacía la manija de la puerta. Justo cuando la toqué, esta giró y la puerta se abrió bruscamente.

Luisa apareció en la entrada, impactada de que tanto Natalia como yo estuviéramos justo detrás de la puerta. Pero estaba tan impactada que no vi por encima de su cabeza, justo detrás estaba Sebastián con rostro culpable y martirizado, y quién dirigía la vista directamente hacía mí. Todavía no había olvidado cómo me hizo sentir, y el simple hecho de recordarlo me enfurecía más. Luisa se apartó y permitió que él avanzara, pero no vio ningún indicio en mis ojos que lo alentaran así que se quedó parado ahí, viéndome.

Torcí los ojos y, aunque deje la puerta abierta, me fui directamente hacía mi ventana, dándole la espaldas a todos.

-Los dejaremos para que hablen –replicó Luisa. No la miré.

-Pero… -dijo Natalia, me giré en redondo para ver la expresión en su rostro y vi que quería que yo estuviera segura antes de irse. Asentí levemente y ella, a la fuerza, bajo con Luisa a la cocina. Oí como la puerta se cerraba, mientras se hacía un silencio sepulcral solamente interrumpido por la respiración acompasada de Sebastián.

Se acercó poco a poco, pero el sonido de sus pasos sonaban indecisos. Mantuve la vista fija en la ventana, incluso cuando me moría por voltearme y lanzarme a sus brazos, tenía que ser fuerte y tenía que mantener lo que pensaba, me había decepcionado y si yo le importaba tendría que demostrármelo, era eso o terminar. Admito que la última opción debilitó mis rodillas y por poco sentía que caía al suelo.

Y por poco mi fortaleza se rompió cuando él suavemente me rodeó con sus brazos alrededor de mi cintura. Traté de controlarme lo más que podía, y era algo difícil honestamente. Coloco su barbilla en mi hombro, y podía sentir su respiración que me ponía la piel de gallina. Cerré los ojos para poder concentrarme en mi objetivo… pero fue imposible. Me giré y vi sus ojos, y en ese momento juré que nunca lo había visto tan triste, nunca. Ni incluso en el Spring Break, ni cuando los recuerdos abrumadores lo atormentaban. Rodeé su cuello con mis brazos y el rodeo mi cintura con los suyos.

El arrepentimiento era tal en sus ojos, que no podía verlo directamente a ellos por más de cinco segundos así que tuve que girar el rostro y quería soltarme, pero él me lo impidió.

-Mírame –me pidió.

Y obedecí. Lo vi incluso cuando quería resistirme.

-No sabes cuán arrepentido estoy, Kate –susurró –. No quiero perderte, no quiero saber que te lastime y por una estúpida razón.

-Sebastián…

-No soporto la idea de no poder estar junto a ti, Kate –me interrumpió –. Cuando regresé a mi casa me volví loco de tan solo pensar que por no pensar te perdería, regresé corriendo, pero aún así no contestaste. Necesité de una gran tormenta para darme cuenta de lo que tengo… y te tengo a ti.

Y sentía que iba a llorar sobre todo lo que él estaba diciendo, sentía que me estaba haciendo tan feliz con todas esas palabras… y ahí recordé a Martín y las cosas horribles que había dicho… ¿cómo diablos podía decir eso de él?

-Ódiame si quieres, Kate –tomo mi rostro entre sus manos –, pero no me pidas que me separe de ti, porque no lo haré.

Y el tono con que dijo la última frase, fue muy decidido y seguro. Y la verdad es que a ese punto sus palabras ya se habían derretido en mis oídos, y era el momento perfecto para quedarme sin palabras, nótese mi sarcasmo. Me estampé contra sus labios, uniéndolos perfectamente y a ritmo sincronizado. Me apegó más a su cuerpo mientras que yo no oponía resistencia, enrede mis dedos en su cabello mientras él se entrelazaba a mi cintura. De un modo tan inesperado, alzó mis piernas en sus brazos, algo así como cuando los esposos recién casados se dirigen a su dormitorio, pero mi cuerpo era bastante torpe, así que no salió tan “romántico” como se pensaba. Del intento inútil, fue imposible no reírme y Sebastián también se rió, era lindo cuando se reía.

Me llevó a la cama, mientras yo nunca despegué mis ojos de los suyos. Vi un poco de inseguridad, pero quería que esos recuerdos que a veces lo frenaban se disiparan tan pronto en cuanto supiera la seguridad que yo tenía en el momento. Atraje sus labios a los míos y aunque al principio eran rígidos, poco a poco se suavizaron y estaban llenos de vida. Sus manos tenían un serio viaje por todo mi cuerpo, y honestamente ahí fue donde mi inseguridad me abordó hasta el tope. Beso mi cuello torpemente, pero en realidad en vez de causar cualquier otro efecto en mí, me dio cosquillas y empecé a reírme como loca. Él se apartó y me vio mientras me reía, así que no hizo más que acostarse a mi lado y reírse conmigo.

-Nunca sale como lo planeo –confesó entre risas.

Me giré para verlo, y él hizo lo mismo.

-Lo sé –admití –, pero la única manera en que llegue es que no lo planees.

Y era cierto, se dice que los mejores momentos no se planean, y tampoco se forjan así que por mi parte ya había dejado de intentar y cuando se diera la oportunidad, pues se daría.

Me recosté en su pecho por un largo rato, mientras mi cabeza subía y bajaba al ritmo de su respiración, cuando recordé a Martín. Incluso aunque había cosas más importantes, me había dejado intrigada lo que había dicho de Sebastián, pero tenía miedo de preguntárselo…

-Luisa me comentó que fuiste a ver a tu papá –rompió el silencio, mientras acariciaba mis brazos.

-Fue un completo desastre –y en una oración se reducía todo. Sabía que no se iba a quedar tranquilo hasta que le comentara toda la historia, pero no estaba de humor para hacerlo y él se dio cuenta.

-Entiendo –dijo con su aliento tan cerca de mi rostro, que pude sentir como despeinaba mis pestañas.

-Pero también paso otra cosa…

-¿Cuál? –quiso saber. Así que Luisa no le había dicho nada de Martín, bastante considerado de su parte aunque hubiera preferido que sí lo hubiera hecho.

-Cuando venía de regreso del hotel, me encontré a un muchacho del instituto, se llama Martín Adams –y en el momento en que mencioné su nombre, su cuerpo se puso rígido.

-¿Y hablaste con él? –preguntó tratando de manejar su tono.

-Pues no mucho –mentí. Honestamente, una parte de mí quería esconder todo eso que había dicho Martín, porque era más que obvio que no era cierto. –, solo me pareció bastante extraño que él si me recordara, me dijo que íbamos al mismo instituto y te juro que yo no tenía ni idea de que él existía.

No dijo nada, por lo que me puse un poco nerviosa. ¿Por qué le afectaría a él que hablara con Martín? ¿Acaso iba a decirme algo que él no quería que yo supiera? Solamente me apretó hacía su cuerpo, y no quise ser una aguafiestas y traer de nuevo el tema, pero estaba más que claro que en algún momento lo traería para discutirlo más, me quedé con algunas dudas igualmente.

Pensé en tal vez hablar con Martín, saber que era lo que sabía sobre Sebastián y tal vez creerle, o tal vez no. Pero era increíble el miedo que sentía, temía encontrar verdades que hubiera preferido que se quedaran ocultas, temía saber cosas que me hicieran desconfiar de Sebastián, o que incluso me hicieran temerle. Lo medité todo tan rápido, y mientras conspiraba contra mis sentimientos decidí que no podía estar ahí, con Sebastián, sabiendo que tal vez todo era mentira…

Y ahí fue donde mi cabeza enloqueció, no estaba segura de si lo que Martín había dicho era del todo verdad, tal vez era un sujeto que no le agradaba a Sebastián y ya. Y honestamente, alejarme de él no sería lo conveniente. Y no lo haría, lo amaba… y quería estar con él, pero mi cabeza estaba tan atormentada que mejor salí de la cama y bajé hacía la cocina. No me molesté en ver si Sebastián me seguía, quería bajar y despejarme un poco la cabeza.

Cuando bajé, vi a Natalia viendo televisión y a Luisa con la cabeza metida en el refrigerador.

-No hay nada bueno de comer ahí –repuse y sorprendí a Luisa, quién por la sorpresa se golpeó en la parte de arriba del refrigerador.

-¿Bajaste? –Natalia se acercó a mí.

-¡No! –Repuse sarcásticamente –Solamente soy una ilusión.

-Ja, ja –rió falsamente Luisa –Qué chistosa.

Me fui al sillón con Natalia y recosté la cabeza un rato, cuando oí los pasos en las escaleras. Las tres dirigimos la mirada hacía ellas y Sebastián puso cara de duda, aunque luego se rió y todos seguimos en lo mismo. Como a los quince minutos, la mamá de Natalia llamó preguntando si ella se encontraba con nosotras, al parecer estaba histérica y lo lamentábamos por ella, aunque ya había aprendido a sonreírle a cosas como esa. Luisa se fue también puesto que tenía que ir a dejar a Natalia a su casa y no se iba a molestar en regresar.

Sebastián estaba sentado en el sofá mientras yo buscaba algo de comer cuando mi madre, mi tía Lucía y Julia entraron por la puerta escandalosamente con varias bolsas colgando de sus manos.

-Hola, Sebastián –saludaron cada una mientras subían las escaleras. Él me miró pero yo hice de la que no vi, así que se acercó hacía mí.

-Me tengo que ir –me susurró mientras me abrazaba.

-¿No te puedes quedar un poco más? –supliqué.

-No puedo –parecía bastante apenado.

-Está bien –lo acompañe hasta la puerta, tomando su mano.

-¿Te veo mañana en el Instituto? –preguntó cuando abrió la puerta y salía hacía el umbral.

-Creo que sí –musité mientras me paraba de puntillas para besarlo –. No te vas a librar de mí tan fácil.

-No planeo hacerlo –susurró. Me sonrió y se fue alejando poco a poco, cruzando hacía la calle en donde él vivía.

Entré y cerré la puerta, quería saber qué diablos habían comprado las mujeres de la casa y subí las escaleras. Todas estaban reunidas en el cuarto de mi madre.

-¿Qué has estado haciendo, Kate? –habló con sospecha ésta última mientras se quitaba la chaqueta.

-¿A qué te refieres?

-Todo por aquí está muy limpio, y ni hablar de tu cuarto –seguía sorprendida, y no estaba entre mis planes comentarle sobre lo que había sucedido, tanto con Jasmine como con papá.

Lucía y mi madre bajaron, y estaban hablando sobre algo que había ocurrido. Consideré prudente contarle aunque fuera un poco de la historia a Julia y mientras lo hacía, ella no salía del asombro.

-Tú nada más tienes que decirme quién es esa tal Jasmine y yo me encargo –replicó con un tono de rudeza fingido –, aunque debe ser fácil, una rubia oxigenada e hipócrita.

-No, no, no –me dirigí hacía la ventana de mi cuarto –, era por eso exactamente que no quería que Sebastián se enterara y ya ves cómo terminó todo.

-Pero arreglaron las cosas, ¿no? ¿O quién estaba abajo cuando venimos era un holograma?

-No seas tonta –reí mientras me sentaba en la orilla de la cama, pensativa –, pero entiendes mi punto. Y ahora muchísimo menos quiero comentar lo de papá.

Ella se acercó y siempre daba a entender que cuando no decía nada era porque no sabía qué decir, y honestamente el silencio era mejor que las palabras.

-Es que tú no sabes cómo me dolió saber que ha estado cerca quién sabe por cuánto tiempo –se me llenaron los ojos de lágrimas y la garganta se me cerró –. ¿¡Y luego él habla de “apartarlo de su vida”!?

-Mira, Kate –me sujetó por los hombros –, lo que necesitas ahora es calmarte y respirar. Culparte o atacarte con preguntas no es lo más sabio ahora. Comprendes eso, ¿verdad?

Asentí con la mirada gacha, odiaba que tuvieran que ponerme los pies sobre la tierra alguien más que no fuera yo… un poco egoísta lo sé, pero al final siempre terminaba agradeciéndoselo a la persona que lo hacía, en este caso: Julia.

-¿Quieres un té? –Preguntó, pero luego saltó de la cama hacía la puerta y afirmó, sin ningún signo de pregunta –: Necesitas un té.

-De canela, por favor –le sonreí.

-Ahorita vengo –y salió disparada hacía las escaleras.

Y miré el techo. Así es señoras y señores, Kate Johnson está mirando el techo, reí mientras la estúpida imitación de un narrador golpeteaba mi cabeza una y otra vez. Como si fuera toda una loca riéndome por nada, salí de la cama y abrí la puerta porque decidí que quería bajar. Pero no se oía nada, solo se oía un silencio sepulcral y me preocupe. Salí de mi habitación cerrando la puerta y bajando directamente, pero oí la voz de Lucía que estaba realmente enfadada, pensé que estaría reprendiendo a Julia, pero ella nunca le hablaría de la forma en que lo hizo, parecía que a la persona a quién se dirigía le causaba asco.

-¿Qué estás haciendo aquí? –exigió saber.

¿Y mi madre? ¿Dónde estaba? De nuevo se hizo un silencio horrible.

-Dime, Stuart, ¿qué haces aquí? –Lucía se controló solo porque sabía que debía hacerlo. Y el mundo entero se vino encima de mí. ¿Papá estaba aquí? ¿Qué quería?

En ese momento, retrocedí en las escaleras y caí de sentón, para mi suerte no proferí ningún sonido, de lo contrario realmente estaría frita.

-Hola Celeny –habló papá, ignorando por completo a mi tía. ¿Y mamá? No podía ni imaginar la expresión en su rostro, sabría que tendría que ser una calmada, pero por dentro sabía que estaba destrozada.

Y otra vez: silencio. Oí unas pisadas que subían las escaleras y me espanté y poco a poco fui subiendo de espaldas, sintiendo temor en mi rostro, pero cuando quién subía las gradas apareció me tranquilice un poco.

-Kate, ¿qué haces aquí? –susurró Julia un poco confundida y aturdida.

Puse mi dedo índice en mi boca, indicándole que hiciera silencio. La arrastré hasta mi cuarto en cuestión de segundos y cerré la puerta con cuidado.

-¡Tu padre está aquí! –exclamó sorprendida.

-¿Y crees que no me he dado cuenta? –pregunté sarcásticamente exasperada.

-Quiere hablar contigo –repuso Julia.

-¡¿Qué?! ¿Eso dijo?

-No –Julia estaba paseándose por toda la habitación y me ponía cada vez más nerviosa –, pero lo imagino. Nunca se han peleado en gran magnitud como ahora, ¿cierto?

Y tenía razón. Pero si hablaba con él, o si incluso lo miraba, me derrumbaría. La herida que me había causado seguía fresca, tal y como los recuerdos en mi cabeza. Y a esos recuerdos se le sumaba la ira y el enojo… y no terminaba nada bien.

-No voy a hablar con él –afirmé. Estaba tan segura de eso de cómo me llama Katherine Johnson.

-¿Así? ¿Y cómo lo vas a impedir? –quiso saber Julia –. Si lo que quiere es hablarte, no tarda tu madre o la mía en venir a buscarte, Kate. ¿Qué harás? ¿Huir?

Y como si la respuesta cayera del cielo, puse sentir cómo se me iluminó el rostro cuando ella propuso la última opción, y como si leyera mi pensamiento, Julia rápido agregó:

-Debes estar loca –exclamó en negativa.

-¡Claro que sí! –y no perdí segundo en pensarlo, tomé mi suéter y mientras me lo ponía le dije –: Iré a dar una vuelta por el vecindario, me iré en carro no te preocupes. Cuando me busquen, tú te harás la vaca y cuando Stuart se haya ido, me mandas un texto y así ya puedo regresar.

-¿Y qué te dirá tu madre? –preguntó preocupada.

-De eso me ocupo luego –me paré en la puerta –. Lo que me preocupa ahora es alguien más. ¿En dónde están?

-Cuando me vine estaban en la cocina, pero… -y no le di tiempo a terminar. Salí sigilosamente del cuarto, bajando las gradas y era correcto, estaban en la cocina. Mientras avancé hacía la puerta, oí como Stuart empezaba su charla un poco incómodo.

-Por si no sabían, Kate vino a visitarme hoy al hotel.

-¿Estás en la ciudad? –preguntó atónita mi mamá. Pobre, pero yo sabía cómo se sentía.

De lo decepcionada que estaba, olvidé no hacer ruido al cerrar la puerta y, aunque ya estaba afuera, oí como en la cocina se estremecían y cómo mi tía Lucía le gritaba a Julia para que bajara.

-¡Maldición! –solté mientras empezaba a correr, ni tiempo me daba para arrancar el carro pues oí una pisadas que se dirigían hacía la ventana y se miraban que el auto no estaban, ¡Oh, Dios!

Corrí mientras miraba hacia atrás para asegurarme que el plan había funcionado, cuando de repente me topé con la espalda dura de alguien y caí al suelo. Pude sentir que mi obstáculo no sufrió vestigio alguno, y me dije que realmente necesitaba dejar de ver hacia atrás.

-Oye, lo siento. No te vi –dijo una voz familiar – ¿Tú?

Y para cuando me levanté y pude verle el rostro, me fue inevitable no torcer los ojos.

-¿Tú otra vez? –reclamé.

-Oye, yo soy quién debería estarse quejando –replicó.

Oí cómo alguien se aproximaba en pasos, por lo que me arrastré junto con él hacia un restaurante que había ahí cerca. No podía dejarlo ahí, expuesto y siendo evidencia; si alguien le preguntaba si me había visto, por lo peculiar el respondería que sí y les guiaría en mi dirección haciendo exactamente lo opuesto a lo que yo tenía planeado. Si yo me hundía, él se hundía conmigo.

-¿Por qué siempre estás huyendo de alguien o algo? –preguntó sarcásticamente por lo bajo mientras yo sacaba la cabeza y me aseguraba que no había nadie siguiéndome el rastro. Pero era solamente un señor de traje paseando a su perro.

-Falsa alarma –suspiré mientras trataba de que mi respiración se acompasara un poco.

-No me has respondido –insistió –. ¿Qué acaso no te dedicas a otra cosa que estar huyendo? Y a todo esto, ¿de qué huyes?

-Créeme, esto de “huir” –entoné las comas en el aire –no se me da muy bien.

No quería ser descortés, pero tampoco le iba a explicar el gran drama que tenía en casa. Aparte, me recordé a mí misma, se suponía que no quería hablar con ese sujeto quién inventó reverendas barbaridades de Sebastián, pero me tenía que asegurar que si venían en mi busca, no se lo toparían y no revelaría mi posición. ¡Santo Dios! Empezaba a sonar como general o algo por el estilo.

Nos quedamos unos minutos sin decir nada, afuera del restaurante, y no me atreví a decir nada. Si bien podría pasar media hora no me importaba, solo necesitaba un lugar, no muy lejos de casa para pasarla.

-Esto va contra mis principios –habló Martín con voz ronca –y me estoy helando aquí afuera. ¿Te parecería bien tomar una taza de café conmigo? ¿O tienes que volver a huir?

Su broma no causaba gracia, pero al mismo tiempo sí. Sonreí y acepté, solamente era una taza de café y yo estaba necesitada de cafeína. Entramos al restaurante y nos sentamos en una mesa para dos. Martín ordenó un Capuccino, mientras que yo un Caramell Macciato. En cuanto el mesero se fue, el silencio sepulcral reinó entre nosotros, y solamente fue interrumpido por mis pensamientos y esto conllevó a lo que dije:

-¿Por qué dijiste que era contra tus principios invitarme a una taza de café haya afuera? –pregunté.

Honestamente, no era la clase de preguntas que se le hacía a un desconocido que quieres conocer, pero el punto era que yo no quería conocer a Martín. Sentí cómo Sebastián se puso rígido al mencionar su nombre, por lo que significaba que, independientemente de lo que Martín estuviera diciendo sobre él, ellos dos no se simpatizaban.

-Porque me prometí nunca querer entablar una amistad contigo –habló como si estuviera diciendo cualquier cosa, como si estuviera comentado el resultado del último partido de su equipo de futbol favorito.

Me pareció desconcertante por un lado, puesto que no le conocía, pero luego quise saber más.

-¿Y por qué? ¿Qué acaso te he hecho algo malo?

Y no respondió.

-Martín –empecé.

-No, Kate –repuso –. Nunca me has hecho algo malo.

-¿Entonces?

Parecía que mi impaciencia por saber sobre el tema lo desesperaba, parecía que estaba luchando con algo que él había luchado hace mucho tiempo, pero en silencio.

-Mira, Kate, yo no debería estar hablando contigo. Quiero decir, esto no… -empezó.

-No –le interrumpí –, mira tú: si estás evitándome por Sebastián déjame decirte que estás mal. Independientemente de lo mal que ustedes se lleven o de lo indiferente que se traten, a mí no me importa. No me voy a meter en sus asuntos, ¿sí? No veo cuál es el problema.

Me quejé y quejé, mientras él solamente me observaba, lo cual sentí al principio como un poco perturbador, pero luego ignoré.

-No estoy diciendo que quiera ser tu amiga, particularmente –continué –, pero tampoco es para que me trates con tanta indiferencia.

Y él se rió, como si le estuviera contando un chiste.

-¿Qué es tan gracioso? –exigí saber.

-Tienes la misma actitud que tenías esa noche –soltó desviando la mirada. Desviando la mirada, de mí.

-¿Qué noche? –Estaba un poco confundida –Martín, ¿de qué hablas?

Y luego como si todo hubiera cobrado sentido, se incorporó en su asiento y me vio fijamente cuando habló.

-¡Claro! Por eso es que no me recuerdas… -parecía más como si estuviera hablando consigo mismo – Cómo serías capaz de recordar algo si estabas ebria…

-¡¿Ebria?! –me espanté de la sola palabra. Sí, no era una santa, pero tampoco era una pérdida. La única vez que me había puesto así fue para… En ese momento me helé por completo – ¿Qué quieres decir?

-No me recuerdas, ¿cierto? –insistió viéndome directamente a los ojos. Y me di cuenta que tenía unos ojos verde/azules.

-No, para nada –pero eso no me importaba, necesitaba saber cómo supo del Spring Break.

-Por eso es que no recuerdas lo que hizo Sebastián –dijo mientras parecía encontrarle sentido a todo.

-¿Qué diablos quieres decir? –exigí casi con lágrimas en los ojos. Se alarmó porque no quería que hiciera una escena en medio del restaurante. Pero gracias a Dios, estábamos casi al fondo.

-Kate, Kate, tranquila –dijo tomándome las manos –. Mírame a los ojos.

Y vi sus ojos. Mientras trataba de descifrar realmente de qué color eran, un recuerdo me azotó la cabeza. Ahí estaba yo, un poco subida de tragos, en la barra que estaba instalada en la playa en dónde era la última fiesta del Spring Break. Justo antes de que Sebastián se acercara a hablarme. Yo estaba charlando armoniosamente con el bar ténder, pero no de la manera en que cualquier facilona lo haría, sino de una forma amigable. El rostro de éste era un poco borroso, pero cuando poco a poco me fui acercando pude ver sus ojos. Unos ojos que no sabía si eran verdes o azules, los podría llamar verde/azules…

Y sofoqué un grito. Abrí los ojos como platos. Tenía esos mismos ojos delante de mí. Martín. Él estaba ahí, en el Spring Break. Y me daba por ignorante sobre todo lo que paso esa noche, si es que sabe realmente lo que paso esa noche. Martín era el bar ténder…




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¡Feliz Navidad a todas! Okno, es ¡Feliz Noche Buena! Je. Quería publicar hoy para desearles una excelente Navidad rodeada de felicidad con sus familiares :D [Los agradecimientos por estar conmigo, en lo personal, los pondré para año Nuevo]

De todos modos, no falta la entrada en dónde no agradezca y esta no será la excepción. ¡Miles de gracias! Aún no entiendo como siguen aquí, cosillas, pero igual. Les tengo un profundo cariño, porque solamente ustedes leen mis locuras y mis incoherenciadas.

También le agradezco a todas las que comentaron el cap anterior, aunque solo fueron cuatro, me sacaron las sonrisas. Y, Nahara, ya extrañaba ver tus comentarios. Gracias por eso tan lindo que dijiste :')

One last thing, tengo nuevo twitter. Me aburrí del otro. Siganme :D @IamDreaming_

Bueno y no me pondré más cursi solo porque es muy temprano para eso. Pasensela increíble, las quiero, las amo. <3


Love will be echo in your ears.

martes, 13 de diciembre de 2011

Decepción 2x1. Cap. 15

Recomendación musical:
Si no las quieren descargar, busquenlas en Youtube, pero enserio estas sí son indispensables, aún más la última. Ya les marqué en donde entra cada canción:

  • Trouble - Coldplay.
  • On Melancholy Hill - Gorillaz
  • Creep - Radiohead

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-Aquí “Trouble – Coldplay”.

Me golpeé la cabeza contra el suelo, y sentí como por cada segundo marcado en el reloj se me volvían más pesados los párpados. No me quería sumir en una oscuridad profunda, pero… me estaba arrastrando hacía ella; era su presa y, raramente, me encontraba sin salida…

Abrí los párpados de golpe, sintiéndome más mareada de lo que esperaba. Vi las paredes blancas y sabía que estaba en la enfermería, lo que no sabía era que tenía a la enfermera justo a mi lado, por lo que me asusté y salté en mi mismo lugar, sofocando un grito ahogado.

-No te asustes querida –me tranquilizo la enfermera –, no quiero que se te vuelva a subir la presión.

¿Se me subió la presión? No tenía ni idea de qué había ocurrido luego de mi fallido intento por evitar parecer más tonta encerrada en el baño. Fruncí el ceño cuando un repentino dolor de cabeza me invadió y cuando pude tocar mi frente, sentí una venda pegada con adhesivo, eso debía haber sido el líquido que había sentido. Estaba tan confundida y conmocionada que apenas y podía articular palabra alguna.

-No recuerdas lo que paso, ¿cierto? –inquirió la enfermera con voz dulce.

Avergonzada, negué lentamente.

-Pobre chiquilla –musitó mientras me acarició la coronilla de la cabeza –, te explicaré: asumo que entraste al baño y bueno, esa historia no me la sé tan bien, pero comenzando el segundo periodo unas amigas tuyas venían acompañadas de Sebastián, quien te traía en brazos, diciendo que te habían encontrado inconsciente en el baño. Tu amiga chiquita, creo que se llama Natalia… y la otra, ellas no quisieron hablar hasta que Sebastián se hubiera ido, lo cual costó muchísimo porque se negaba a dejarte sola, luego lo reprendí y le dije que igual no te ibas a despertar en un buen tiempo así que yo lo llamaría en cuanto lo hicieras. El punto es que Natalia y tu otra amiga…

-Luisa –suspiré.

-Si ella, bueno… me comentaron que tuvieron que pedirle a algunos integrantes del equipo de futbol que tumbaran la puerta, porque estaba con llave y fue una horrible sorpresa encontrarte a ti en el suelo y ahí fue cuando llamarón a Sebastián. También me comentaron que les habías mandado un mensaje diciéndoles que en realidad sí te habías quedado encerrada en el baño… pero honestamente, Kate… yo no te creo.

-¿Por qué no me cree? ¿Cree que hice esto a propósito? –hable entrecortadamente debido a mi respiración agitada.

-Nunca fue mi intención darte a entender eso –se disculpó –. Me refiero a que no creo que te hayas quedado encerrada en el baño, más bien creo que te encerraron.

Mi pulso se acelero. ¿Es que acaso ésta mujer era adivina? Cualquiera en mi lugar estaría dispuesta a delatar a Jasmine, y para ser honesta ganas no me faltaron, pero la moral me habló y no quería tener más problemas con ella, no más de los que ya tenía. Había desarrollado en mí una mentalidad de “perfil bajo” para poder sobrevivir a la primaria y a la secundaría, y lo había hecho de maravilla… hasta que apareció la preparatoria y me puso retos contra esa mentalidad, pero yo haría lo que fuera por mantenerla, no era de las que disfrutaba toda la atención en mí.

-¿Qué le hace creer eso? –insinué precavidamente.

-Solo dime Kate, ¿quién se encerraría por querer en un baño? –Lanzó la pregunta capciosa –Y más cuando eres claustrofóbica.

Me sorprendí que supiera todo eso relativamente de mí.

-Solo dime si estoy en lo cierto –pidió.

Y la verdad es que su petición no iba más allá de mis límites, y ella solo pedía que corroborara su sospecha.

-Sí –asentí en susurros.

-¿Quién lo hizo, querida? –dijo tan maternalmente posible, que pude jurar que vi como se le humedecían los ojos.

-No me pida que le diga –pedí –. Es complicado.

-¿Más complicado que esto? –soltó señalándome con sus manos arrugadas. Supuse que mi estado era bastante “complicado”.

-No lo sé –respondí mientras me sentaba en la camilla –, pero ya de por sí es bastante complicado el hecho de que alguien me haya encerrado. Entiéndame, no quiero verme involucrada; lo que menos me gusta es el drama.

-Tienes razón, chiquilla –dijo mientras se frotaba las manos nerviosamente y se dirigía a la puerta –. Espero y hagas que él lo entienda.

-¿Quién…? –repuse confundida mientras ella abría de par en par la puerta, la cual no había estado cerrada en todo ese tiempo. Sebastián tenía pinta de preocupado y molesto, abrí los ojos sorprendida porque eso quería decir que él había escuchado todo… y lo que me tensó fue que tendría que explicarle… o algo por el estilo.

-¿Usted supo que él estaba ahí? –pregunté horrorizada, con sentimientos de traición que punzaban mis costillas.

-Lo vi llegar justo cuando estábamos hablando –aceptó avergonzada –y no dije nada. Lo siento, Kate.

-¿Ella está lista? –preguntó Sebastián sombríamente, yo sabía que él sabía que no era mi intención contarle el problema original… y de alguna manera me las iba a ingeniar para no contarle la verdad, en serio que era muy innecesario.

-Sí, sí –asintió la enfermera que, de pie, al lado de Sebastián parecía su abuelita. Rebuscó en un botiquín y me entregó unas aspirinas –. Por si tienes dolor de cabeza.

La anciana habló con la cabeza gacha y no me vio a los ojos. Sabía lo que había hecho y sabía en el problema en el que me había metido. Sebastián avanzó hacía mí y me tendió la mano para bajarme de la camilla, sin dirigirme palabra alguna. Él se quedó quieto mientras yo avancé tímidamente hacía la puerta, giré sobre mí misma para ver qué lo demoraba.

-Gracias, Louis –la abrazó tiernamente y beso su coronilla, y ella correspondió a su abrazo de la misma manera; había algo que no entendía todavía.

-De nada, hijo –le respondió.

Y eso era. Louis, la enfermera, se miraba como la abuelita de Sebastián porque en realidad sí era la abuelita de Sebastián. Fue inevitable para mi rostro expresar sorpresa cuando ella me dirigió la mirada una vez que Sebastián se había apartado de ella y me rodeaba con sus rígidos brazos.

-Cuídala –le ordenó Louis a Sebastián cuando salimos de la puerta.

Éste último me llevó hacía mi auto en silencio, no se molestó en proferir sonido alguno y estaba más que claro que yo iba a romper el silencio. Y justo así fue el camino hacía mi casa, incluso cuando me moría por preguntarle que qué había hecho con su auto, o si lo había dejado en el instituto, o si lo iría a traer luego y si era así, cómo se iría. Frustrada como estaba, me limité a morderme la lengua y a tratar de no marearme. Jugueteé dos que tres veces con la gasa y la venda que tenía pegada a la frente para cuando me di cuenta que ya habíamos llegado y una especie de miedo me inundó el cuerpo en cuanto Sebastián haló del freno de mano. Se desabrochó el cinturón y yo hice lo mismo. Me pregunté si se quedaría en el auto o si saldría en ese mismo instante.

-¿Quieres hablar sobre eso? –preguntó hablando toscamente.

-¿Sobre qué? –mantuve la vista fija en el retrovisor de mi puerta.

-Sobre el hecho de que casi mueres en el instituto en ese intento de…

-¿Intento de qué? –lo desafié viendo sus ojos –. ¿Realmente crees que todo esto ocurrió a propósito? No exageres, fue solo accidente. Soy torpe, muuuuuuy torpe –dije alargando la palabra –, soy descoordinada, y aún más. Y si crees que esto fue un “intento de llamar la atención”…

Me interrumpí a mi misma porque estaba llegando al punto de querer llorar, odiaba ser tan malditamente emocional.

-¿Entonces qué fue? –exigió saber.

-Toda mi vida –traté de tragarme las lágrimas y demostrarle mi punto –he odiado ser el centro de atención, no me gusta. He mantenido un “perfil bajo” durante toda mi vida por algo, y todo estaba bien…

No habló, pero vi en su rostro que necesitaba que yo terminara esa frase. Me hundí en mi asiento de la frustración y bufé antes de hablar.

-Y que mi “enemiga natural” –entoné las comillas en el aire –aparezca no lo hace más fácil.

-¿Tu enemiga natural? –bufó como si fuera chistoso –. Oye, espera… ¿Estás hablando de quién te encerró en el baño?

Asentí cuidadosamente viendo la larga calle que se extendía por enfrente de mi vista.

-¿Quién fue? –quiso saber.

-Es mejor si no lo sabes…

-¿Cómo que es mejor? –Enloqueció –No puede ser mejor, Kate. Mírate. ¿Crees que es fácil para mí verte así?

Sus palabras eran tan ciertas que dolían, la verdad era que ni a mí me gustaba verme así.

-Jasmine –susurré.

-¿Qué? –preguntó atónito.

-Ya me oíste –era fastidioso repetir las cosas.

-¿Jasmine? –Parecía realmente confundido – ¿La nueva? ¿Mi amiga?

El modo en que entonó el “mi amiga” me dio nauseas.

-Sí… ¡Jasmine! –Me extralimité a no gritarlo, pero estaba enojada –La rubia, la hipócrita… ¡Ella!

Su rostro se confundió y trato de que se cabeza procesara todas las cosas lo más rápido posible.

-¿Estás segura? –Preguntó de nuevo y yo torcí los ojos –Pudo haber sido una confusión…

-¿Una confusión? –Bufé sin poder controlarme, debido a que sus palabras me dolieron –. ¡Me amenazó, Sebastián! Luego me pegó una bofetada, me lanzó contra el piso, huyó y me encerró. ¿Qué de eso es confuso para ti?

Honestamente, no quería que Sebastián supiera. Implicaba a una de sus “amigas” y estaba segura de que ella había hecho su parte de “dos caras” para sacarme ventaja, y lo había logrado. Estaba furiosa con Sebastián porque no me creyera a mí, según él, “la luz de sus ojos”. Blah. Aunque por un lado, él no tenía tanta culpa puesto que Jasmine, repito, habría hecho su trabajo lavándole el cerebro… ¡Pero igual! Me costaba demasiado entender que no me creyera a mí.

-¿Y sabes algo? –agregué al notar que se quedó absorto en sus pensamientos. Busqué a tientas en mi chaqueta y tomé la llave con fuerza –Si todavía te sientes confundido, ¿por qué no vas tú a preguntarle a ella?

Escupí la pregunta con todo el sarcasmo posible que mi voz pudo denotar, salí del auto dando un portazo mientras Sebastián me gritaba desde adentro y maldecía por lo bajo al tratar de abrir su puerta, pero ésta no tenía seguro y él pensando que sí lo tenía, se lo puso… lo que me hizo ganar tiempo y correr hacía la puerta de mi casa, estaba a metros cuando oí a Sebastián gritándome sobre los hombros. Abrí tan rápido como pude y oí como el “Kate” estaba aún más cerca. Cerré la puerta y lo dejé con la palabra en la boca. Me recosté de espaldas a la puerta mientras oía como Sebastián la golpeaba desesperado, me deslicé hasta el suelo y empecé a llorar. Tiré mi mochila por algún lugar y junté mis piernas para esconder la cara entre ellas y sollozar quedamente sobre los gritos de Sebastián alarmantes.

En cuestión de unos veinte minutos, Sebastián se rindió y no pude oír nada más. Después de una “grave conversación con la puerta” que incluía algo como “Kate, si no me abres tendré que tirar la puerta”, “Ábreme, Kate. Te lo pido”, “Lo siento, mi amor” ó “Tu padre está a unas solas calles y no me cuesta ir a buscarlo”.

Admito que con la última frase introdujo cierto miedo en mí. Él era tan capaz de ir a buscar a mi padre y alertarle de la situación, pero luego recordé que él estaba furioso conmigo, y si lo estaba conmigo era más que seguro que también lo estaba con Sebastián, así que él no se podía dar el lujo de irlo a buscar si se le daba la gana, incluso aunque se tratara de mí. Y cuando él lo pensó, maldijo por lo bajo, pero yo aún lo pude oír.

De pronto, un rectángulo se deslizó por debajo de la puerta. Tenía escrito algo con la letra de Sebastián en él, me deslicé rápido para leerlo:

-Al parecer, no me vas a abrir. Esto no se va a quedar así, Kate. Dejé las llaves de tu auto en el contacto, te llamaré más tarde. Por favor, contesta. Te quiero…

Era casi imposible que alguien me dijera que me quería con semejante berrinche que acababa de hacer. Pero ahí estaba escrito. Suspiré profundo y me puse de pie para aplastar mi ojo en el típico hoyito que estaba en la puerta. Sólo podía ver mi carro… y nada más. Abrí la puerta con cuidado y saqué la cabeza. Vi hacía la derecha: nada, vi hacía la izquierda: la espalda de Sebastián confundida con las de muchas más personas. Se agarraba la cabeza con las manos y justo cruzó hacía la cuadra en dónde estaba su casa.

Me sentí un poco culpable, pero tenía una parte de mí sabía que había hecho lo correcto, porque sí había hecho lo correcto ¿cierto? Necesitaba consultarle a alguien todo esto, caminé hasta la sala que era por donde había terminado mi mochila y saqué mi teléfono. Tenía que llamar a Luisa para contarle, pero no era ni medio día así que ella tendría que estar en el almuerzo con Natalia. Y en serio, necesitaba hablar con ella… o con Natalia. Fui a sentarme a las gradas mientras escribía un texto para Luisa: “Cuando acaben las clases, ven con Natalia. Tengo mucho que contarles”.

Y ahí, sentada como estaba, me puse a pensar en muchas cosas, principalmente en lo que Sebastián había dicho. O más bien, en lo que no había dicho, en todo en lo que él no me había creído y hasta en sus “amenazas”. Y como un rayo, una idea cruzó mi mente: él dijo que mi padre estaba a unas calles, y yo pensé en que él estaba furioso conmigo… ¡Tenía que ir a hablar con mi papá!

-Aquí “On Melancholy Hill – Gorillaz”.

Me levanté de un salto de las escaleras y abrí la puerta decidida, luego vi el reloj que estaba en la pared y marcaban las once de la mañana. ¿Qué? ¡No podía ser tan temprano! Cerré la puerta un poco decepcionada e hice cuentas, mi padre estaría en su habitación del hotel sí mucho a las dos de la tarde así que tendría que encontrar qué hacer para ir a las dos en su busca.

Subí las escaleras rápido y entre eso me tropecé, pero subí directamente a mi cuarto. Siempre que no quería pensar, me gustaba entretenerme con algo, lo que fuera… y en ese momento solo podía ver el gran desastre que inundaba mi habitación. Me entretuve una hora entera arreglando mi cama, ordenando viejos cuadernos, viendo anuarios y aunque me pareciera una eternidad el tiempo que había usado, era aun muy temprano así que seguí con el cuarto de mamá. Me volví una maniática total, pero deduje que no tendría que hacer mucho esfuerzo ya que me acababa de golpear la cabeza. En ese momento consideré una buena idea tomar una ducha, así que lo hice. Me sequé el pelo y baje un poco hambrienta, tenía ya solo una hora que esperar lo que fue cierto alivio. Encontré una nota en la mesa cuando me acerqué:

“Kate, fui con Julia y Lucía al centro comercial. De nuevo. Lo siento. Te deje un poco de lasaña en el refrigerador. Te amo.

Torcí los ojos mientras arrugaba el papel en mi mano y caminaba hacía el refrigerado, era la segunda vez en la semana que iban al centro comercial. El hecho no era que fueran y compraran cosas lindas, la cuestión estaba en que lo hacían mientras yo estaba en la escuela. Julia estaba en la universidad y estaba en una especie de receso, esa era la razón por la que se la pasaba en la casa todo el día fastidiando a mi tía Lucía para que hicieran algo, puesto que ella se aburría demasiado rápido.

Cuando calenté mi “almuerzo”, medio lo toqué. Estaba ansiosa viendo el reloj de la cocina y viendo como los minutos transcurrían con una lentitud desesperante. Me decidí a que no pasaría ese tormento, agarré mi plato y me fui hacía la sala a ver un poco de televisión para distraer la mente. Cambié de canales a una velocidad sobrenatural y me detuve en una película romántica clásica: “Orgullo y Prejuicio”. Honestamente, amaba a Jane Austen y esa era mi obra favorita. Terminé de ver la película, pero ya la había visto varias veces antes solo que ahora la diferencia era que yo terminé cubierta de lágrimas, creo que las hormonas me afectaron más de lo debido.

Con los ojos hinchados, vi el reloj y entré en pánico. Ya eran casi las tres. Tenía que agradecerle a esa película que me había quitado la preocupación, pero ahora por el apuro no encontraba mis llaves. Subí a mi habitación para buscar si no estaba en mi suéter y lo único que encontré fue el papel bien doblado con la letra forzada y las palabras dolidas de Sebastián; “dejé tu llave en el contacto”, recordé.

Salí disparada hacía la entrada y me dirigí a mi auto, aunque no sabía si debía caminar o no. Lo pensé muchísimo y abrí la puerta del coche solo para sacar las llaves y disponerme a caminar. Un poco de aire fresco me haría bien y la verdad era que entre más me tardara, mejor. Sí, sí, lo sé, estaba desesperada porque llegara la hora, pero no sabía qué decir y dispuse que en el camino lo descifraría. Está bien, ¿y qué le diría en todo caso? Mi cabeza daba vueltas mientras doblaba la esquina, me toqué la frente del lazo derecho y sentí una punzada en mi herida cubierta por la venda. Gracias a Dios la había cambiado después del baño, sé que mi Stuart me pediría muchas explicaciones, pero trataría de limitarme a ir a lo que iba, o le iba a inventar algo. Sentí algo tan horrible cuando mis pensamientos se enfocaron en la razón por la cual tendría que haber una charla… iba a pasar todo esto por Sebastián, y él no estaba aquí.

Me molesté demasiado que Sebastián se pusiera del lado de Jasmine, y por un lado… ya lo veía venir. Por eso era exactamente la razón principal por la cual lo quería dejar afuera de esto, hablando también que el asunto no tenía nada que ver con él… en teoría. Porque Jasmine había hecho todo eso porque no había logrado engatusar a Sebatián, y me quedaba claro. Aún así, no cabía la forma de que él pudiera estar de su lado, y eso fue algo que me había dolido muchísimo.

Me sequé una lágrima en cuanto entre al vestíbulo y me dirigía hacía la recepción. La recepcionista tecleaba a gran velocidad con sus uñas pintadas de color rojo intenso. Me acerqué esperando a que levantara la vista del documento que leía profundamente con el ceño fruncido. Tamborileé los dedos sobre el escritorio y ella continuó ignorándome:

-¿Disculpe? –carraspeé.

Ella me miró por encima de sus gafas cuando habló:

-¿Se te ofrece algo?

-Eh, sí. ¿Me podría decir en qué habitación se hospeda Stuart Johnson?

-Esa información es clasificada –dijo mientras volvía a teclear a velocidad sobrehumana.

-Usted no entiende –dije tratando de no enfadarme –, él es mi padre.

-¡Já! –se mofó torpemente –Stuart Johnson no tiene hijos –me miró de reojo como si estuviera viendo algo podrido –, y menos hijas. Nunca nos lo ha comentado, y eso que me incluyo entre el círculo de amigos que frecuenta cuando viene a Los Ángeles.

Sentí algo en mis costillas, como una punzada.

-¿Y viene seguido? –pregunté ausente.

-Varias veces al mes –siguió tecleando despreocupada –, y siempre se queda aquí en este mismo hotel. Por eso te digo, niña, que si Stuart tuviera hijos, ya lo hubiera mencionado.

-¿Te habló de su esposa? –repuse.

-¿Ex-esposa? –Me miró por un milisegundo y luego volvió a lo suyo –Sí, nos comentó del divorcio y todos pudimos ver qué realmente le afectó, pero honestamente él debería continuar con su vida; es joven, exitoso y, aquí entre nos, bastante atractivo. Qué tonta fue su ex-esposa.

Quería propinarle un golpe a esa recepcionista más de lo que se merecía, pero me controlé. Aunque mi boca no.

-Pequeña zorra –susurré por lo bajo.

-¿Qué dijiste? –habló ella alterada.

-Nada –solté mientras marcaba el número de mi padre un poco molesta. O dolida. Esa mujerzuela tenía claras intenciones con mi padre, pero yo rechazaba la idea de imaginar a mi padre con otra que no fuera mi madre, simplemente no podía imaginarlo. Y que mi padre nunca haya comentado sobre mi existencia me hacía sentir pequeña e incluso insignificante en su vida. Y la verdad era que era más o menos así. Por eso exactamente había querido hacerle saber sobre Sebastián, y que él reaccionara de la forma en que lo hizo complicó todo. Y que ahorita estuviera furiosa con Sebastián me estrujó mucho más el corazón…

-¿Diga?

-¿Papá? –dije sofocando las lágrimas.

-¿Kate? –no pudo ocultar su asombro.

-Papá, dime el número de tu habitación –me giré para que la recepcionista no oyera –. Estoy en el vestíbulo.

-Trescientos seis –musitó sin expresión alguna en su voz.

-Subo enseguida –y colgué. Me dirigí hacía la recepcionista para hablarle –. ¿En qué piso quedan las habitaciones trescientos?

-En el sexto –afirmó sin mirarme, luego razonó y me miró –, ¿por qué?

-Porque ahí está mi padre –dije mientras guardaba escandalosamente mi teléfono para que se diera cuenta de que había hablado con él –. Ya sé el número de su habitación, pero de todos modos gracias… aunque mi padre fue más útil. Con permiso.

Y me alejé viendo como su rostro se crispaba del enojo. Presioné el botón del elevador una vez, luego otra y luego otra, como si la simple idea de presionarlo lo haría llegar más rápido. Cuando se abrieron las puertas, esperé a que la multitud bajara y a que otra multitud subiera… y de último yo. El botones nos preguntó a cada uno que piso y mientras subíamos no podía alejar la vista de la mini pantallita que está ubicada por encima de las puertas de éste mismo.

-Aquí “Creep – Radiohead”.

El elevador se detuvo en el piso seis y salí de él, igual que un señor que vestía un traje y una señora con un vestido pomposo. Ellos salieron sabiendo lo que buscaban, mientras que yo me quedé parada y oía como las puertas del ascensor se cerraban detrás de mí. Por un momento me arrepentí de haber ido al hotel, pero me armé de valor y busqué la habitación trescientos seis. Cuando la encontré, me quedé pasmada mientras veía el número ahí clavado en la puerta, sentía que se adhería más y más a ésta y… estaba perdiendo la cabeza.

Toqué dos veces con los nudillos esperando ver su rostro alegre que ponía cada vez que me miraba, pero solamente me encontré con un rostro vacío de emociones e indiferente a mi presencia.

-Pasa –habló con voz ronca mientras no me dirigía la mirada. Entré con temor de que hubiera alguien ahí porque escuchaba voces, pero era solamente el televisor. Mi padre tenía una camisa de vestir, de las que siempre usaba cuando se iba a trabajar, arremangada debido a que estaba cocinando. Me sorprendió ver que la habitación era bastante grande que hasta cocina tenía incorporada. Mi padre estaba teniendo un intento de cocinar pasta, tenía varias salsas de bolsita a un lado de la estufa y tenía unos espaguetis en una olla.

-¿Desde cuándo cocinas? –repuse mientras me reía en un intento de hacer más agradable el ambiente.

-Desde siempre –dijo un poco menos frío –. Lo que pasa es que tú nunca me diste la oportunidad de demostrarlo.

Sonó como algún pensamiento que tenía reprimido dentro, lo ignoré mientras me acercaba a la refrigeradora para sacar una cebolla y ayudar a hacer la salsa. Busqué un ajo, una tabla de picar y un cuchillo.

-¿Qué haces? –me preguntó él confundido desde la hornilla donde vigilaba los fideos.

-Te ayudo, ¿qué no ves? –agregué un poco de sarcasmo, puesto que él lo adoraba viniendo de mí. Sonrió curvamente y me gocé del “gran” avance que habíamos hecho.

-Y, ¿cómo estuvieron las clases hoy? –preguntó sin dirigirme la mirada.

Buena pregunta, el hecho era que no había ido a ninguna clase el día de hoy por la misma razón por la cual tenía una venda en la cabeza.

-En realidad, no fui –admití –. Bueno sí fui, pero tuve que regresar…

-¿Por eso? –dijo señalando con su paleta mi venda.

Asentí.

-¿Qué te paso? –quiso saber. Y aquí era donde tenía que inventar mi coartada en general.

-Pues, veras: iba corriendo para la clase de Biología que tenía al primer periodo, y pues admito que iba un poco tarde, pero no tanto. Cuando pasé cerca del baño, no noté que estaba mojado y me resbalé y me golpeé la cabeza. Quedé inconsciente por un periodo entero.

Agregué la última frase para hacerlo ver más interesante, pero su rostro denotó un poco de preocupación.

-¿Tarde, eh? –Dijo concentrándose en los espaguetis –Tú nunca llegas tarde…

Dejó la frase en el aire, y mientras yo terminaba de picar el ajo y sacaba una cacerola dije:

-Hay una primera vez para todo.

-Apuesto que ese chico, Sebastián, tuvo que ver en todo esto –lo soltó de lo más normal, mientras que a mí la sola pronunciación de su nombre me punzaba el pecho.

-Pues no –miré sus ojos para que viera la sinceridad de los míos –, en realidad él ya estaba en su clase cuando eso pasó y fue él quien me trajo a la casa…

Pero él estaba viendo lo que yo hacía, y me detuvo.

-Así no hago yo la salsa –frenó mi muñeca justo cuando iba a dejar caer la cebolla.

-Papá, sé que así no la haces tú, pero va a quedar…

-Así no la hago yo –repitió.

Me molesté. Me solté de su puño y tiré la cebolla por toda la tabla de picar y aun así cayó al piso, solté el cuchillo y volví a meter la cacerola en su lugar.

-Está bien –grité –, como quieras.

Me alejé de él y fui a la sala a apagar la televisión puesto que ya estaba harta de hacer charla e iba a ir al punto.

-Oye, ¿por qué lo apagas? Ese programa…

-No me importa tu programa –solté –. Vine a hablar, y eso haré.

-Si esto es sobre Sebastián no creo que valga la pena hablarlo porque…

-¡Claro que vale la pena, papá! –Exclamé –Aun no comprendo por qué reaccionaste de esa manera el sábado…

-Cuando tengas a un hijo que te excluye de tu vida, hablamos –me interrumpió bruscamente casi gritando las palabras. Fue como una bofetada para mí, puesto que me estaba echando en cara que lo mío con Sebastián estaba mal, y también porque se sentía herido… por mí.

-¿Excluirte de mi vida? –pregunté como si me hubieran dicho algo absurdo, y en realidad lo era –Yo no te quiero excluir de mi vida, papá. Te dije de Sebastián porque quería que estuvieras al tanto de que soy feliz, que mi vida está bien… Además –sabía que me iba a arrepentir de lo que iba a decir, pero no me pude frenar –, ¿quién es el que excluye a quién?

-No comprendo –frunció el ceño.

-Hablas de excluir cuando ¡tú mismo nos excluyes a nosotras, papá! –Noté que estaba casi gritando – ¿Por qué nunca nos habías dicho que venías seguido a la ciudad?

Su cara se crispó y evito por completo mi mirada.

-¿Y aun, papá, hospedándote en este hotel, a unas calles de nosotros? –mi tono nunca cambió, pero era cierto: era lo más absurdo que había tratado de asimilar hasta el día de hoy.

-Kate, yo…

-Si era por mí mamá, de acuerdo –traté de comprenderlo, traté de entender que tal vez no quería verla todo el tiempo puesto que estaba en el proceso de “olvidar y superar” –, pero si tampoco hiciste el intento de verme a mí, que soy tú hija… ¡Entonces no me vengas con que te excluyo de mi vida!

Salté del banquillo en donde estaba sentada, y corrí a la puerta mientras la cerraba de portazo detrás de mí y corría hacía el ascensor. Escuché mi nombre por detrás, pero las lágrimas lo silenciaron. Para mi suerte, el ascensor estaba abierto y solo iba una pareja. Entré con las lágrimas desbordándose, pero me limité a no verlos. Me observaron por unos segundos y luego bajaron en el piso cuatro. Recosté la cabeza sobre la pared del ascensor sin importarme que los surcos de lágrimas se vieran.

-¿Se encuentra bien? –preguntó el botones preocupado, un anciano con cara llena de amor.

Negué con la cabeza, porque tenía miedo de que se me quebrara la voz, pero… Ya estaba yo ahí, llorando en público debido a que estaba realmente cansada, ¿en qué otro modo me podría ver más débil?

-Hoy no fue mi día –dije susurrando.

-Ánimo, linda –sonrió el anciano inspirando tanta ternura –. Cuando llegas a mí edad, te arrepientes de todas las lágrimas que derramas y de todas las oportunidades que no viste.

-El problema es –suspiré –que no le encuentro ninguna oportunidad a todo esto.

-Eso, querida, es algo que solo el tiempo revela –me sonrió y las puertas se abrieron.

-Gracias –exclamé y hubiera dado lo que fuera por quedarme ahí, en donde me sentía bien.

Salí del ascensor al vestíbulo y traté de no ver a la recepcionista, porque tenía los ojos rojos. Mi teléfono vibró en mi bolsillo y juré que si era mi padre, tiraría hasta el aparato. Pero era Natalia.

-¿Diga?

-¿Kate, en dónde estás? –oí a lo lejos la voz de Luisa.

-¿En donde están ustedes?

-Enfrente de tú casa –habló Natalia –llevamos quince minutos tocando y nadie abre.

En todo lo que hablaba me detuve a metros de la puerta, cuando oí que mi padre gritaba desde atrás mi nombre, salí disparada.

-Ya voy –le grité al teléfono y colgué.

Salí corriendo y esquivé a varias personas que me injuriaron cosas inentendibles. Podía oír a mi padre seguirme, pero sabía que no iba a lograr seguirme el paso. Aceleré un poco y pude ver la esquina y sabía que ahí ya estaría a salvo porque estaba a unas cuantas calles de mi casa. No me quise arriesgar a mirar atrás, siempre se me había enseñado que eso era debilitar tu posición… o algo así. Pero al estar cerca de doblar la esquina, no pude evitar y volteé. No vi absolutamente nada porque en ese momento, alguien se impactó con tanta fuerza conmigo… que caí al suelo, y la otra persona igual. Me golpeé la cabeza en el mismo lugar que ya me había lastimado en la mañana, pero me preocupaba más que mi padre me alcanzara.

Cuando pude ver bien quién era mi obstáculo, observé que era un chico. Cuando se paró me di cuenta que era alto, de cabello castaño oscuro, un poco pálido, ojos claros y su rostro estaba confundido, yo podía jurar que lo conocía de algún lugar, pero no recordaba y no quería utilizar mal mi tiempo. Me ofreció su mano para poder levantarme.

-Gracias –dije mientras me ponía en pie y seguía dispuesta a salir disparada.

-Oye, venías hecha una bala –exclamó con voz ronca, profunda… una bonita voz.

Me molestó que el sujeto este buscara plática cuando yo estaba tratando de “huir”.

-Ese era el plan –repuse alejándome lentamente, para que no se viera descortés, pero lastimosamente mi sentido del horizonte viró y me tambaleé. Este muchacho me sostuvo por los brazos y lo hizo hasta que pudiera tener buen equilibrio.

-Oye, deberías esperar un momento si es que quieres seguir en la carrera –esbozó una sonrisa y yo le respondí con una tímida. Giré en dirección hacia la calle del hotel y no vi a nadie, bueno sí… vi a muchísima gente, pero no estaba mi padre ahí. Y ya que ya no estaba ahí, decidí despreocuparme un poco y caminar tranquilamente hacía mi casa.

-Tienes razón –suspiré cuando sentí una punzada fuerte en mi cabeza, pero no la toqué por miedo a llegar a obtener más atención de la debida con este sujeto.

-Me llamo Martín –extendió su mano.

-Kate –dije mientras estrechaba su mano y le sonreía, mientras él hacia exactamente lo mismo…


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¿Les gustan los caps así de largos? ¿O regreso a la misma cantidad? Diganme :c

Bueno, ustedes no tienen ni idea de lo *inserte sentimiento de alegría infinita aquí* que me hicieron al leer sus comentarios, enserio chicas. ¡Son lo maximo! Gracias a todas y a cada una porque enserio me dieron muchísimas motivaciones y razones para seguir escribiendo y para sacar el cap rapidín. Siempre les agradeceré que me apoyen de esta manera y... ¡ay por Dios! ya me puse cursi... Y hablando de eso, la parte en donde Kate mira "Orgullo y Prejuicio" y llora desconsoladamente fue real... bueno, en parte: me pasó a mí hace unos días, y hoy en la mañana también. La están pasando seguido en el cable y la primera vez que la vi sí me eché unas lágrimas que ¡ja! mi mamá pensó que algo serio me había pasado, pero esa película me enamora... o/ manita arriba a quién le pase lo mismo.

-Chicas, otra cosa... leyendo los comments me quedó así como que "Ow, ella es una hermosa." Pero cuando llego al final, me quedo en que la hermosa chica que comentó se llama "Anónimo" -.- ironía porque hay como tres que se llaman así por aquí. Así que no sé si serían hermosas y dejarme su nombre, así cuando gane algún premio yo no tenga que decir: "Le agradezco a Anónimo 1, Anónimo 2 y a Anónimo 3" Okaay, no se crean x)

-One last thing, Anónima (la chica que cree que yo escribo en The Reneesme Cullen Story): Yo no soy la escritora, yo solo soy amiga de la escritora. :D

Bueno, creo que eso es todito, las quiero infinitamente.

-Majo.García.


Quiero que comprendas que sin tí, yo no soy yo.